Adán

El tema del primer hombre, arro­jado del Paraíso Terrenal a consecuencia del pecado original, es, de entre los rela­tos bíblicos, el que ha brindado mayor nú­mero de motivos al arte y a la leyenda.

Ya el episodio del Génesis (II, 4; III, 24), desde los primeros tiempos se acompañó de buen número de apócrifos, de los que deri­van los llamados Libros de Adán del si­glo I y otros escritos no canónicos en latín, griego, armenio, etc. En la Edad Media son frecuentes las referencias a la caída del primer hombre en la apología patrística, en la teología musulmana y en la literatura hagiográfica y devota.

*      Una de las primeras obras es el Libro de Adán [Adamgirkh], poema armenio de Araquel, obispo de Siunik (1250?-1320). Compuesto de 1200 estrofas, canta la caída de la primera pareja humana, precediendo así a la obra de Milton. Tras la descripción del Paraíso Terrenal, de las maravillas de la creación y del engaño de la serpiente, al que sigue el lamento por la caída, el poe­ma adquiere un carácter más meditativo que descriptivo, tratando de la guerra que ha de hacer el hombre contra el mal, del juicio que hará Dios, de los testigos eternos, de la Pasión y de la Resurrección de Jesucristo como medios de justificación. El canto ilu­mina así la caída del hombre con las consi­deraciones sobre los orígenes y con las con­secuencias del pecado. La materia del poema está representada mediante descripciones, diálogos, reflexiones, enseñanzas, que, si bien deshacen la unidad del conjunto, ase­guran su variedad. El arte de Araquel es muy sencillo, inspirado sobre todo en las descripciones, siempre pulcro en las imá­genes y en la lengua. Trad. francesa de Archag Ciobanian (París, 1918).

E. Pecikian

*     También el teatro religioso se inspiró en el tema y la obra más notable es la Repre­sentación de Adán [Jeu Adam o, con más fidelidad al único manuscrito del texto, Re­presentado Adae], publicada por primera vez por Victor Luzarche, con el título Adam, drame anglo-normand du XII siécle (Tours, 1854), y después por otros. Es el drama en lengua vulgar más antiguo que haya lle­gado hasta nosotros. Anónimo, se remonta a mediados del siglo XII; lingüísticamente pertenece al territorio anglonormando; consta de 1.300 versos y es divisible en tres partes, más un sermón final. La primera y la segunda, añadiendo al relato del Génesis, ampliaciones apócrifas, narran respectiva­mente el pecado de Adán y Eva y la muer­te de Abel; la tercera hace desfilar, con sus profecías, una serie de personajes conside­rados vaticinadores del Redentor: Abraham, Moisés, Aarón, David, Salomón, Balaam, Daniel, Habacuc, Jeremías, Isaías, Nabucodonosor. Esta tercera parte descubre el ver­dadero carácter de la composición, a la que es bastante impropio hacer tomar el nombre de Adán; en realidad se trata de una va­riante de la «Procesión de los Profetas», tema muy popular en la Edad Media, según atestigua también la historia de las artes figurativas, y a menudo tomado como moti­vo por el drama litúrgico. El tema proce­de, como es sabido, de un sermón pseudo- agustiniano, muy declamatorio («Vos inquam convenio, o Judaei», etc.), que, ar­gumentando contra los judíos que niegan la naturaleza mesiánica de Jesucristo., evoca trece antiguos profetas de la misión divina de Cristo. En esta representación, Adán y Abel son considerados como los primeros nuncios de la venida del Mesías; y esta condición es justamente el enlace entre las dos primeras partes del drama con la ter­cera. El texto, provisto de minuciosos avisos técnicos para los actores, señal de una con­ciencia teatral ya madura, mueve quizás con excesiva rapidez la acción, pero tam­bién con agudas finezas psicológicas, con evidente estudio de viveza y verdad y, so­bre todo, especialmente en la escena de la tentación de Eva, con una gracia de idioma en la que se refleja la edad de oro del «román courtois».

S. Pellegrini

*      En España es notable la comedia religiosa de Lope Félix de Vega Carpio (1562-1635). La creación del mundo y pri­mera culpa del hombre. Se divide en tres jornadas y representa con sugestiva breve­dad de tríptico, la creación del mundo y el pecado de Adán, del que deriva la herencia de la Muerte en el género humano. La pri­mera jornada representa la creación, la caída de Adán y la aparición de la Muer­te; la segunda el fratricidio de Caín, o sea la Muerte que nace de la sangre inocente; la tercera la muerte de Caín, a manos de Lamech, es decir la expiación mediante la sangre culpable. Los tres cuadros, super­puestos con técnica voluntariamente arcai­ca, tienen una sequedad estilizada y una sobriedad expresiva, insólitas en el teatro de Lope.

*      La narración bíblica inspiró al tratadis­ta de Derecho Natural Hugo Grocio (Huig van Groot, 1582-1645) la tragedia juvenil Adamus exsul (La Haya, 1601) que revela la profunda cultura humanista del autor y sus intereses teológicos, pero no su genia­lidad.

*      También de los «misterios» medievales deriva la representación sacra en cinco actos, con fragmentos cantados, Adamo, de Giovambattista Andreini (1578-1654), estre­nada en 1613. El drama bíblico, recogido por la fantástica inspiración de un actor de la «commedia dell’arte», como fue Andreini, reviste carácter espectacular que no carece de cierta grandiosidad, de solemnidad in­cluso. Los tres primeros actos representan los momentos de las vicisitudes del primer hombre: la creación, la tentación y la cul­pa entre tumultos de diablos y cantos de ángeles que se alternan con suntuosidad ba­rroca. El cuarto y el quinto, de carácter más alegórico y coreográfico, muestran a Adán y a Eva asustados por las diabólicas apariciones del Hambre, de la Sed, de la Fatiga, de la Desesperación y de la Muerte, y tintados por las lisonjas de la Carne y del Mundo. Pero resisten. En vano Luci­fer (v.) trata de persuadir a Adán para que se una con la Carne y en vano del Palacio del Mundo surge un coro de doncellas que ^tientan a Eva con riquezas deslumbra­doras*. El Arcángel San Miguel con sus coros de Ángeles desbarata las tropas infernales, alineadas contra el hombre y contra Dios, y las empuja al abismo. Y con un coro an­gélico de alegría acaba el asunto que, en los últimos actos, está llevado con un ritmo de obra coreográfica. Los ecos del Adamo de Andreini tuvieron resonancia, incluso fuera de Italia, en un período en que el teatro italiano era teatro europeo; pero está fuera de lugar pensar que esta represen­tación inspirase a Milton, como se afirmó, su Paraíso perdido (v.).

U. Dettore

*     El Adamus de Grocio fue recogido por el gran poeta holandés Joost van den Von- del (1587-1679), en la tragedia homónima Adán desterrado [Adam in Ballingschap], publicada en 1664. El autor continúa en cierto modo su primera tragedia de asunto bíblico Lucifer (v.): el príncipe de los de­monios deja el infierno para espiar a Adán y Eva, quienes unidos saludan con su canto al sol naciente y alaban a Dios, mientras un coro de ángeles celebra las maravillas de lo creado. Gabriel, Rafael y Miguel, que han descendido del cielo, admiran las be­llezas del Edén y Rafael corona a Adán y a Eva en el día de sus bodas. Lucifer y Asmodeo se consultan sobre el modo de convencer a la primera pareja para que pruebe el fruto prohibido y deciden que Belial tome la forma de una serpiente que tentará a Eva. Cuando Adán se aleja para rogar a Dios, Belial se acerca a Eva y la convence de que tome y coma el fruto. Adán al principio se indigna, luego él mis­mo cede a la tentación. Lucifer y^ Asmodeo triunfan, pues desde ahora el género hu­mano está en su poder. Mientras Adán des­esperado reprocha a Eva la funesta desobe­diencia, llega Uriel y los arroja del Edén.

El Adán desterrado entra en el conjunto de obras qus» desde el Adamo de Andreini has­ta el Paraíso perdido de Milton, estuvieron inspiradas, en el siglo XVII, por el antiguo drama bíblico. Se caracteriza, sin embargo, por una religiosidad que se revela sobre todo en la representación de la vida de la primera pareja en el momento que prece­de a la culpa, en la poesía de su humildad y de su obediencia, motivos fundamentales en la práctica religiosa según el escritor holandés.

H. Henny

*    El motivo bíblico ha inspirado también La muerte de Adán [Der Tod Adams], tra­gedia en tres actos, en prosa, de Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), publicada en 1757 y nunca representada. Por otra par­te no había sido escrita para el teatro, pues como dice el autor en el prefacio sólo in­tentaba reducir a forma dramática la tra­gedia del primer hombre que siente sobre él la fatal consecuencia de su primera cul­pa. El ángel de la muerte anuncia a Adán que está a punto de sonar la hora fatal y él excava su tumba junto a la de Abel. Para hacer más cruel su dolor y su terror, entra en la cabaña del moribundo, Caín, o sea el desesperado, que impreca contra quien le ha dado el ser, hasta que se calma también en la solemnidad del momento y perdona al padre, como el padre le ha per­donado ya. En este perdón, como en la bendición de Adán a los hijos y a los hijos de los hijos de las infinitas generaciones de hombres que poblarán la tierra, aparece ya el sentido bíblico de la esperanza. Una com­paración con la Muerte de Abel (v. Abel) de Gessner, muestra las distintas direccio­nes del sentimentalismo del siglo XVIII que en Klopstock, superando la tonalidad idíli­ca, tiende a profundizar en sentido reli­gioso.

G. Federici Ajroldi

*      En la iconografía son célebres el fresco de las catacumbas de San Jenaro en Nápoles (siglo II), las representaciones de las catacumbas romanas (siglo III), el sarcófa­go de Jimio Basso (Grutas Vaticanas, si­glo IV), las numerosas miniaturas medieva­les (Biblia de Carlos el Gordo, etc.); los bajorrelieves de Jacopo della Quercia y los recuadros de Miguel Ángel en la Sixtina.