A Cristo Crucificado, Antonio de Rojas

El soneto A Cristo crucificado, que comienza «No me mueve, mi Dios, para quererte», es, sin disputa, el más bello de los sonetos re­ligiosos escritos en español, y también el más divulgado. Se imprime por primera vez, en 1628, en la Vida del espíritu de Antonio de Rojas, y hacia 1634 ó 1638 lo agre­gó fray Miguel de Guevara, mejicano, al manuscrito de su Arte doctrinalpara aprender la lengua matláltzinga. El soneto es anónimo, aunque se ha atribuido a San Ignacio de Loyola, Santa Teresa, Lope de Vega y Guevara. La bibliografía en torno a este célebre poema es extraordinaria, lo mismo que su difusión en lengua española y en traducciones. El carácter del poema es místico y en él se exalta y justifica el amor a Cristo crucificado. Por medio de la medi­tación se llega a la contemplación y al puro amor. Del realismo de la contemplación («muéveme el ver tu cuerpo tan herido») se ahonda en la meditación y el alma se acerca a la unión. El poema, como ha ob­servado Spitzer, está sabiamente construido en tres grados: a) No me mueve a quererte, mi Dios, ni el cielo ni el infierno; b) Sólo tu amor me mueve; c) Y aunque no hubiera cielo ni infierno, lo mismo «que te quiero te quisiera».

El soneto está relacionado con la doctrina del beato Juan de Ávila en su Audi, filia, con la escuela italiana de los spirituali y la del puro amor de Dios que floreció en la Francia de Luis XIII. También presenta contactos muy estrechos con las teorías sobre el amor divino de San Bernardo (De diligendo Deo) y sobre todo con la literatura mística de Santa Catalina de Siena, como han visto Montoliu, Bataillon y Asensio. Spitzer, a quien se debe un brillante análisis de la estructura interna y formal del soneto, lo estudia como un «ejercicio espiritual» al modo de los de San Ignacio, puesto que interviene el cuádruple desarrollo psico­lógico exigido en los mismos. El anónimo poeta, que parece cercano a la generación de Garcilaso, logró una pequeña obra be­llísima y llena de personalidad, aunque los pensamientos no fuesen originales. Quizá lo que le presta su raíz mejor —aparte de su contenido de «amor desinteresado» — sea ese fervoroso acercarse a Cristo con una plegaria en la que nada se pide y se ofrece todo. («No me tienes que dar porque te quiera») Las imitaciones, fuentes, elogios, traducciones y difusión del soneto han sido estudiados con todo detalle por la Sister Cyria Huff en su tesis doctoral The sonnet «No me mueve, mi Dios…» (Washing­ton, 1948).

J. M. Blecua