Narraciones al Estilo Alemán, Paul Ernst

[Geschichten nach deutscher Art]. Recopi­lación de breves relatos del escritor alemán Paul Ernst (1866-1933), publicada en 1928. De las numerosas recopilaciones análogas del autor (Historias de comediantes y pica­ros, 1927; Historias de amor, 1929; Narra­ciones románticas, 1929; Historias entre el sueño y la luz del día, 1930; Historias ale­gres, 1930), sólo difiere por los argumentos, que se basan exclusivamente en la vida o en acontecimientos de la historia alemana, mientras en las demás recopilaciones el am­biente extranjero, especialmente italiano, francés o eslavo, alternan, sin distinguirse con relieve particular.

Desde el punto de vista estético, las novelas parecen inspi­radas todas ellas en el gusto e ideal de poesía que Ernst se creó en los años de primera madurez, al traducir y estudiar a los novelistas italianos del Trecento y tam­bién del Quattrocento (v. Cuentos italianos antiguos y Camino hacia la forma). A la tendencia general de la narrativa alemana a perderse en efusiones líricas o entregarse a un vago errabundeo fantástico, opuso entonces el ideal de una narración «cohe­rente y lineal, sólida en su estructura inter­na y ceñida en la forma». Y en treinta años de actividad creadora, aun a costa de aislarse de la literatura de su época, mantuvo realmente su propósito.

Rápida y breve como una «broma trágica o cómica» y a la vez rica en motivos y desarrollos; sacada de una saga antigua o de una noticia de periódico, de la biografía de un gran poeta o de un «canto popular», de una ob­servación personal de la realidad o de un motivo de leyenda, de la impresión de una sonata de Beethoven o de un «Volkslied», en todas sus novelas la materia, sea cual sea, está elaborada y plasmada consciente­mente, según dicha aspiración a «una in­transigente pureza de forma». El equívoco surgió cuando dicha exigencia, en busca de argumentos que tuviesen «algo de par­ticular o de sorprendente», se encontró con la novela corta de Kleist, que tiene casi siempre como núcleo originario una «anéc­dota».

Pero en Kleist la anécdota es sólo un «incidente» que hace estallar todo un desarrollo de fuerzas internas en estado de alta tensión; y cada novelita termina adap­tándose de un modo nuevo y completamen­te especial, según la experiencia interna que el poeta expresa. En cambio, en el fondo de la inspiración de Ernst está sobre todo el «placer de narrar», contemplar re­flejada en un mundo de fantasía la «múl­tiple variedad de la vida»; y en su obra la anécdota continúa siendo anécdota, que puede ser inteligente, aguda, interesante, pero presenta siempre, con más o menos argumentos, un idéntico modo de compo­sición: después de un desarrollo más o menos ceñido, desemboca regularmente en un «agudo» final imprevisible o difícilmen­te previsible.

Algunas veces, cuando la ma­teria de la narración es más sencilla — de tono ligero como un chascarrillo, o bien de tono realista-burgués sin doble fondo — se determina una fusión más estrecha entre la materia y la forma, pero más a menudo —y especialmente en las obras de mayores empeños — la armonía de la composición permanece exclusivamente externa, algo deseado e impuesto desde fuera, algo «lite­rario».

En la primera de las Narraciones al estilo alemán, en el espacio de siete pá­ginas, ocurre que el hermano de un ca­pitán del ejército se casa contra la volun­tad de su padre con una pobre muchacha, se enrola como soldado raso junto a su hermano, llevando consigo a su mujer, de la que tiene un hijo; luego transcurren al­gunos años y se reconcilia con su padre. Pero en aquel preciso momento, al volver a casa, se encuentra ante su hermano que intenta abrazar a su mujer, y naturalmente se lanza contra él y le hiere: una «noveli­ta» que termina en «crimen»; pero una y otra cosa no son, en realidad, sino un ca­mino hacia lo que más importa al autor: el «final».  El capitán arrepentido, antes de perder las fuerzas, firma una hoja de li­cencia para su hermano, con el fin de que no caiga bajo las leyes del tribunal mili­tar; y entonces, incluso la mujer que antes le había rechazado, le venda las he­ridas.

La novela está escrita para dicho “final», lo mismo que sucede, por ejemplo, con la narración más larga de la colección.  «La casamentera»: la viuda de un ministro, encontrándose en dificultades económicas, se aprovecha de sus relaciones sociales para redondear su modesto presupuesto con la combinación de algún matrimonio; pero cuando intenta el gran golpe con la here­dera más rica, la condesita María A., el hombre en quien se fija — un forastero ele­gante que se hace pasar por el conde Espinas-Belgioioso y es, en cambio, un vulgar aventurero — empieza seduciendo a su propia hija y, como ésta quiere casarse con él, le resulta más cómodo desembarazarse de, ella envenenándola; parece que eso basta­ría, pero no es así. La moribunda, antes de morir, acusa al seductor; los periódicos co­mentan el hecho, interviene la «justicia» e incluso el nombre de la pobre condesita, que no sabía nada de todo ello, es aludido. La condesita no puede resistir a la idea del escándalo; arranca un grueso cordón de seda que sujetaba una cortina, forma un lazo, lo sujeta a un gancho y se ahorca.

Del mismo modo, con un suicidio no menos inesperado, termina la «Historia de vida provinciana» que, en muchos otros aspectos, es una de las mejores: el señor Lichtlein y su hermana han pasado su vida en la tienda y para la tienda; sus negocios han marchado bien hasta que una compañía de cómicos de la legua llega a la ciudad; entonces sucede que el señor Lichtlein se enamora de la primera actriz; la hermana que, según dice, «se ha sacrificado por él», se ofende y va a ofrecerse como criada a un consejero de tribunal; de nada sirve que Lichtlein no pueda casarse porque la actriz ya tiene marido, ni que la hermana no pueda colocarse porque la anterior co­cinera no se va: la antigua armonía ha desaparecido y no puede restablecerse; ninguno de los dos se fía del otro: la her­mana esconde su dinero cada día en un lugar distinto; una noche el señor Licht­lein oye un ruido y se dirige a la buhar­dilla; piensa que quizá su hermana ha ido a coger una salchicha; pero encuentra, col­gada del gancho de las salchichas, a su pobre hermana: ¡se ha ahorcado! Incluso en las novelas de Boccaccio se encuentran «hechos inesperados e ingeniosos», pero con la soberana ingenuidad de su genio cada «ingeniosidad» se hace natural.

Ernst no consigue tanto. Y su tentativa de conducir la novelística alemana por nuevos caminos narrativos, modernizando algunos aspectos de la narración italiana antigua, cierto que ha tenido alguna importancia historicoliteraria; pero la poesía que consigue crear es sobre todo la que espontáneamente brota en particulares episodios de vida burguesa y popular, a los cuales la trama de las narraciones mayores sirve de base.

G. Gabetti