Seis personajes en busca de autor, L. Pirandello.

No existen divisiones en actos y escenas, sino dos interrupciones aparentemente casuales

Mientras una compañía dramática ensaya El juego de cada cual, de Pirandello, aparecen en escena misteriosa­mente seis personajes: el Padre, la Madre, la Hijastra, el Hijo y dos niños. Éstos, explica el padre, tienen su ori­gen en la fantasía de un autor que, no obstante, no ha sabido o no ha querido darles vida en una obra de arte; sin embargo, se mueren de ansia por expresar su propio drama y quieren que los actores lo representen.

Y su dra­ma es éste: la Madre, después de haber dado a luz al Hijo, se enamoró del secretario del padre, una criatura modesta y sencilla como ella. El Padre se hace a un lado, y de la nueva unión nacen tres hijos. Al cabo de muchos años el Padre, ignorante de todo, se encuentra a la hijas­tra en una casa de citas: la relación incestuosa es evitada sólo porque aparece de repente la Madre, trastornada por el doble horror de encontrar en ese lugar a su hija, y con su legítimo esposo. El Padre, avergonzado, acoge en su casa a toda la familia: pero se crea una situación insos­tenible.

El Hijo se encierra en un hosco mutismo; la niña cae en la bañera y el muchacho, que la ha estado viendo morir sin intervenir, se mata con un revólver. El director de la compañía, muy a su pesar, está fascinado por la ma­teria teatral que se le propone: pero aquí se crea el se­gundo drama de los personajes. Éstos no se reconocen en la función de los actores: sólo ellos son capaces de re­presentar, o mejor vivir, la tragedia, que es después de todo su propia realidad: una realidad que se repite en la eternidad del arte.