Rinconete y Cortadillo, Miguel de Cervantes Saavedra

Una de las más perfectas entre las Novelas ejem­plares (v.) de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), compuesta entre 1601 y 1604. Se conoce una segunda redacción con variantes puramente formales hallada en un manuscrito perteneciente al cardenal Niño de Guevara.

Por el camino que de Castilla conduce a Andalucía, dos mucha­chos vagabundos, Rincón y Cortado, se en­cuentran en la puerta de una taberna, se reconocen de la misma pasta y luego de decirse mutuamente con española gravedad su nombre y profesión (tramposo el uno, cortabolsas el otro), deciden hacerse ami­gos y consagran su alianza desbancando a un incauto mozo de muías que se hace admitir como tercer personaje en la parti­da de cartas que ellos juegan. El mozo de muías, aun sin conocer las tretas de los dos muchachos, se propone quitarles el dinero perdido, pero los dos picaros no vacilan en echar mano a las armas. Acogidos a una tropa de gente que va a Sevilla, según su costumbre sangran la valija de un fran­cés que viaja con el grupo.

Al llegar a la ciudad, después de un paseo rápido por la misma, como para comenzar se convierten en mozos de plaza y Cortado inaugura su nuevo oficio robándole la bolsa a un sa­cristán. Pero otro muchacho que observa la escena, Ganchuelo, les advierte que para robar en la plaza de Sevilla es menester pasar por la aduana del señor Monipodio (v.), esto es, inscribirse en los registros del hampa sevillana. Acompañados de, Ganchuelo, que les instruye acerca de los ritos y los estatutos de la honorable asociación, sobre las ramificaciones de alguaciles, rufianes, mendigos y escribanos, los dos muchachos se presentan a Monipodio, que los examina y los acoge en la cofradía, con los nombres de Rinconete y Cortadillo, y les exime del noviciado reglamentario. Mientras se ce­lebra la promoción de los nuevos reclutas, un alguacil viene a pedir la bolsa del sa­cristán, y Cortadillo la entrega y merece por parte de Monipodio el apelativo de «el bueno».

Los muchachos toman parte des­pués en una cena ofrecida por las mujeres a sus encubridores, interrumpida por la en­trada de la ramera Cariharta, que viene a quejarse de los malos tratos que le da el rufián Repolido. Monipodio promete jus­ticia y las damas se complacen con la Ca­riharta por las pruebas de afecto recibidas de su Repolido; y cuando éste se presenta, y, ofendido por la actitud irónica de los demás rufianes, está a punto de provocar una pelea, la Cariharta se arroja a sus bra­zos presurosa y suplicante. Monipodio, des­pués de apaciguar a los contendientes, y resuelta la pendencia con un caballero que se niega a pagar a la asociación el precio de una cuchillada inferida a un criado en lugar del amo a quien estaba destinada, asigna sus tareas a los afiliados, mandando que lea Rinconete unas «Memorias de las cuchilladas que se han de dar esta semana» y un «Memorial de agravios comunes, con­viene a saber: redomazos, untos de miera, clavazón de sambenitos y cuernos, matracas, espantos, alborotos y cuchilladas fingidas, publicación de libelos, etc.»; distribuye des­pués las herramientas y, luego de dar su bendición a todos, los convoca para el do­mingo siguiente.

Esta novela es una de las más felices de la colección, y su autor re­vela de lleno en ella su sentido del color, su don maravilloso de dar relieve a la realidad por humilde que sea, y hacer de ella poesía. Sus tipos están caracterizados con una riqueza de trazo y una profundi­dad psicológica que sólo halla comparación en la gran pintura de Velázquez. Cervantes se detiene en subrayar con su ironía la deformidad de un mundo que, perdida toda ley moral, se rige por su instinto. Pero, a pesar de que la hipocresía halla su conde­na en el natural asombro de los protago­nistas ante el espectáculo de los ladrones que rezan el rosario por turno cada sema­na, que no roban en viernes ni tienen con­versación el día del sábado con mujeres que se llamen María, la sonrisa del autor parece brotar de una conciencia serena que observa y no juzga.

C. Capasso

Corre por las páginas de Rinconete una intensa alegría, un regocijo luminoso, una especie de indulgencia estética, que depu­ra todo lo que hay de feo y de criminal en el modelo y sin mengua de la moral lo convierte en espectáculo divertido y chis­toso. (Menéndez Pelayo)

De la misma manera que Velázquez en sus cuadros de asuntos más bajos y mise­rables alza una dignidad de estilo y de luz, Cervantes vierte también espiritualidad de expresión, de atmósfera viva sobre los tipos desgarrados y los rincones humildes. Las palabras, los detalles hacen lo mismo que el aire, la luz, los contornos en el pintor. (A. Valbuena Prat)