Los Viajes de Gulliver, Jonathan Swift

[Gulliver’s Travels]. Novela satírica, en prosa, de Jonathan Swift (1667-1745), escrita después de 1720, publicada en 1726. El volumen salió anónimo, aunque se sabía que su autor era Swift. Su publicación se rodeó de mis­terio; se cree que Alexander Pope (1688- 1744) entregó el manuscrito al editor, Motte, por el raro procedimiento de echarlo contra la puerta de su casa desde la ventanilla de un coche público.

La obra se compone de cuatro partes. En la primera Lemuel Gulliver, médico en un buque mercante, narra su naufragio en la isla de Lilliput, cuyos habi­tantes tienen seis pulgadas de estatura, y todo en la isla está en relación de una pulgada a un pie en comparación con las cosas humanas. La magnitud es el único elemento modificado, pero basta esta alte­ración para hacer considerar las cosas hu­manas- desde otro punto de vista: pues ¿cómo podrán los hombres dejar de recono­cerse en Lilliput como en un espejo que empequeñece? Sus pequeñas proporciones dan, a las luchas civiles de los liliputienses, a la pompa de su emperador, a la guerra contra sus vecinos de allende el canal, un aspecto grotesco. Las flechas de los lili­putienses, como alfileres, no penetran en el chaleco de Gulliver, que tirando de una cuerda se lleva a remolque toda la armada de Blefuscu. Los que llevan tacones altos y los que los llevan bajos, la disputa sobre si los huevos hay que romperlos por uno u otro extremo (disputa en la que perecie­ron noblemente mil ciudadanos), parecen algo absurdo; pero los partidos políticos y las sectas religiosas inglesas pueden consi­derarse directamente aludidos.

En la se­gunda parte, Swift invierte su anteojo, y he aquí que todo se hace gigantesco: los habi­tantes de Brobdingnag, a cuya orilla llega Gulliver, son altos como campanarios, y todo lo demás está en la misma proporción. Gulliver, que tenía en la palma de su mano al secretario de asuntos exteriores de Lilliput, llega a ser ahora el juguete de una niña de nueve años, que lo pone en la cuna de sus muñecas, sobre una cómoda para que no se lo coman los ratones. El rey, tras explicarle Gulliver las costumbres, los usos, las condiciones políticas y las institu­ciones inglesas, resume sus impresiones de este modo: «De lo que entiendo de su rela­ción, no puedo menos que concluir que la mayoría de vuestros indígenas es la más perniciosa raza de gusanos que la natura­leza permitió que se arrastrara por la super­ficie de la Tierra». En las dos últimas par­tes de los Viajes, el misántropo Swift, que hasta aquí nos pareció un humorista casi sereno, se desenmascara y su sátira se hace amarga y acerba.

La tercera parte narra una visita a la isla volante de Laputa, y al cercano continente con la capital de Lagado. Aquí la sátira se dirige contra los filósofos, escritores e inventores: hay uno que lleva ocho años tratando de sacar rayos de sol de una calabaza, otro que del hielo saca pólvora, etc. Los sabios de Laputa están tan entretenidos con sus especulacio­nes que en los asuntos comunes se compor­tan como bobos. En la isla de Glubdubdrib, es decir de los Brujos, evoca las sombras de los grandes hombres de la Antigüedad, y por las contestaciones a sus preguntas se entera de que el mundo ha sido engañado por unos escritores sobornados que atribuyeron a los cobardes las mayores hazañas de gue­rra, a los tontos las más sabias decisiones, a los aduladores la sinceridad, a los trai­dores a la patria virtudes romanas, a los ateos la devoción, a los sodomitas la casti­dad y a los espías la veracidad. Los Struldbrug, una raza dotada de inmortalidad, se revelan como los más infelices de los hom­bres, ya que no saben cómo acabar con el aburrimiento que les proporciona la vida. Por fin, en la cuarta parte, describe el país de los sabios caballos Houyhnhnm, cuyas virtudes hace contrastar con la vida bestial de los asquerosos Yahoo, hombres degene­rados.

La obra es el cuadro fantástico de una terrible acusación contra la humanidad en­tera, cuya sátira alcanza su cumbre en los Yahoo. La vehemencia de la acusación hace de los Viajes de Gulliver, especialmente en la cuarta parte, una obra sombría y pode­rosa, de contornos duros y geométricos, sin ningún halo de poesía. Swift cuenta con el estilo más modesto de este mundo las aven­turas más fantásticas y las cosas más enor­mes. Por un destino irónico la obra maestra de este genio de la ironía, que no aguan­taba la proximidad de los niños, fue descendiendo de sátira contra la humanidad a clásico de la risa para los niños. [La pri­mera traducción española es la de Máximo Spartal (Madrid, 1793-1800). a la que siguie­ron varias traducciones anónimas del fran­cés (Barcelona, 1831) y otras. Posterior­mente apareció la versión de S. G. M. (Barcelona, 1883) y modernamente la de Javier Bueno (Madrid, 1921) y la de A. Fuentes (Barcelona, 1934). Trad. catalana de J. Farran i Maioral (Barcelona, 1920)].

M. Praz

Todo lo que hice para llegar a ser famoso lo hice únicamente por falta de un gran título y de un gran patrimonio, para que me tratasen como un lord los que admiran mi ingenio; con razón o sin razón, lo mismo da. Y así la fama de hombre de talento y de gran doctrina ocupa el lugar de una cinta azul o de un coche de seis caballos. (Swift)

…obra tan nueva y singular, que llenó a los lectores de una emoción mezclada con alegría y estupor. Se buscó con tanta avi­dez, que subió el precio de la primera edi­ción aún antes de imprimirse la segunda, la leyeron ricos y pobres, cultos e iletra­dos. Por cierto tiempo la crítica, asustada, no supo qué decir; a un libro escrito con abierto desprecio de la verdad y de la nor­malidad no se supo aplicar ningún criterio de juicio. Pero cuando se empezó a distin­guir, la parte que gustó menos fue la que describe la Isla Volante, y la que dis­gustó más debió de ser la historia de los Houyhnhnm. (Johnson)

Gulliver es a menudo un escarnecimiento frívolo o desesperante que envuelve en la mayor abyección a la especie humana y no le deja, para volverse a levantar, ni la virtud ni la ciencia. (Villemain)

Por lo que se refiere al humorismo y a la acción de esta famosa fábula, creo que no hay nadie que pueda leerla sin admi­rarla. Por lo que atañe a la moral, me pa­rece horrible, vergonzoso, indigno de un hombre; y por grande que sea el Decano, aunque sea un gigante, digo que no ten­dríamos que aprobarle. Algunos de mis lec­tores quizá no hayan leído la última parte de Los viajes de Gulliver; a ellos quisiera recordar el consejo del venerable Mr. Punch a las personas que están a punto de ca­sarse, y decir: «No lo hagáis…». Su risa sigue ofendiendo vuestros oídos a un siglo y medio de distancia. Estaba siempre solo; solo, rechinando de dientes en la oscuri­dad, menos cuando la dulce sonrisa de Stella resplandecía para él. Cuando también ésta desapareció, el silencio y una noche abso­luta se cerraron sobre su cabeza. Un genio inmenso; una tremenda caída y una horri­ble ruina. Me parece un hombre tan grande, que pensar en él es para mí como pensar en la ruina de un imperio. Tenemos mu­chos otros grandes hombres para recordar; pero ninguno, creo, tan grande y tan som­brío. (Thackeray)