Los Caprichos de Mariana, Alfred de Musset

[Les caprices de Marianne]. Comedia en dos ac­tos de Alfred de Musset (1810-1857), publi­cada en 1833 y representada en 1851. Celio ama sin esperanzas a Mariana, esposa del viejo gobernador Claudio. Se confía a su amigo Octavio, primo de la mujer, astuto, escéptico y fantástico, que le ofrece sus ser­vicios: Celio acepta, no sin un levísimo punto de sospecha. En un principio, tam­poco Octavio triunfa; por el contrario, Ma­riana advierte a su marido para que vigile; luego, cuando el joven le dice que Celio ama a otra, parece despechada y le busca para volver a hablarle. En cuanto, su mari­do le prohíbe hablar con Octavio, ella le en­vía a buscar, le dice que ya no será severa con los enamorados, pero también le hace comprender que le preferiría a Celio. Adver­tido por Octavio, éste va enmascarado al pie del balcón de Mariana, en la oscuridad, para hablarle de su amor. Ella, que sabe que su marido ha dispuesto a dos espadachines vigilando, grita: «Huye, Octavio». Celio se cree traicionado por el amigo y es muerto con este dolor en el corazón. Cuando Ma­riana sabe que Octavio no ha muerto, qui­siera entregarse a él, pero él sólo piensa en su amigo y la rechaza. Es una de las joyas más finas del teatro mussetiano: en un Nápoles shakespeariano del siglo XVI, donde sin embargo Celio recuerda los versos leopardianos de Amor y Muerte, se desarrolla el eterno asunto, el trágico juego del amor, expresado en períodos de prosa alada e in­tensa, donde la fuga romántica se ciñe a acentos casi racinianos. Mariana es la mujer dispuesta a querer a quien no la quiere; en el apasionado Celio y en Octavio, escéptico, incapaz de amar, Musset ha colocado las dos caras de su alma: una madre tiernísima hace más lastimoso el destino de Celio. Lo gro­tesco apenas insinuado del marido, y el inagotable ingenio de Octavio, nada quitan a la esencia de esta auténtica tragedia.

V. Lugli