[La preghiera]. Poesía en dialecto milanés, en sextinas, de Carlo Porta (1776-1821), escrita en 1820. Doña Fabia Fabion De-Fabrian ha invitado a cenar al reverendo Padre Segismundo, y antes de la comida lo edifica con el relato de un acto magnánimo que ha llevado a cabo.
Un viernes de marzo se había dirigido a hacer sus oraciones a San Celso, pero cuando se disponía a apearse de su carroza, retrocediendo para no chocar con un sucio borracho, recibió «un golpe tan grande, de la portezuela» que «cayó por tierra hecha una pelota», entre las risas de los chiquillos que pululaban a su alrededor. Siempre grave y digna, se levantó, hizo una seña para que la siguiese su camarero y entró en el templo, donde se arrodilló, ofreciendo a Dios la humillación que a ella, «nacida en el ambiente distinguido de la más alta nobleza», le habían infligido aquellos plebeyos. «Queriendo luego acompañar con hechos las palabras, para que tuvieran mayor peso, y mezclar un poco “d’éclat” a la mortificación», nos cuenta doña Fabia, «vuelvo a la entrada de la iglesia, y dirigiéndome a aquellos pordioseros en tono de confidencia, les pregunto: —Buena gente, ¿cuántos sois? — Somos veintiuno, Excelencia— me respondieron. —¡Cáspita!, sois muchos, replico: ¿Veintiuno? No es posible. Anselmo: da un cuarto a cada uno de ellos».
Doña Fabia es la pariente próxima de la marquesa Travasa (v.), y (v. El nombramiento del capellán) las dos poesías se completan. Travasa es el prototipo de la alta aristocracia lombarda, autoritaria, para la cual incluso él sacerdote es un subalterno pagado para administrar las cosas ultraterrenas; doña Fabia es más santurrona y pertenece al género de aquellas damas de la sociedad «negra» que se recreaban rodeándose de religiosos, abriendo a sus palabras su pequeña inteligencia y a su apetito una mesa suculenta; pero en el fondo una y otra están henchidas de altanería y orgullo; de este substrato nacen aquellas obras maestras que son, en una poesía, el discurso del mayordomo y el de la marquesa, y en la otra, la oración, modelo de impiedad cristiana. Respecto a la lengua, Porta, que dominaba toda la gama de su dialecto, abandona en esta ocasión el milanés sabroso y rudo que empleó en las Desgracias de Juanito Bongee y en el Lamento del marqués patizambo, y emplea una mezcla de milanés e italiano, floreado con palabras francesas, que todavía hoy constituye un lenguaje típico de aquel mundo, y que confiere a las dos poesías un sabor peculiar de humorismo y verdad.
F. Federici

