La Pipa de Kif, Ramón María del Valle Inclán

Colección de estam­pas tragicohumorísticas, en verso, obra del gran escritor español don Ramón María del Valle Inclán (1869-1936), publicada en 1919. Los sentidos del poeta vuelven a ser infan­tiles y el mundo tiene una gracia matinal, el humo de su pipa «da su grito azul» y a su conjuro se animan una serie de situacio­nes grotescas, descritas con un lenguaje exageradamente modernista, con palabras y rimas violentas.

Por esto en «¡Aleluya!», escrita en versos pareados que a menudo no son más que refranes grotescos, y que el autor llama «versos funambulescos», ima­gina la reacción de los críticos y autores de la vieja manera:  «Cotarelo la sien se rasca,/ pensando si el Diablo lo añasca./Y se san­tigua con unción/el pobre Ricardo León./ Y Cejador, como un baturro/versal leseo, me llama burro». En cambio, «Y se ríe Pérez de Ayala,/con su risa entre buena y mala./ Darío me alarga en la sombra/una mano, y a Poé me nombra». Y Valle Inclán sigue con un encendido elogio al arte de Rubén y se propone seguir y presentarnos las es­tampas grotescas «al compás de un ritmo trocaico,/de viejo gaitero galaico».

La pri­mera estampa es el «Fin de Carnaval», vi­sión caricaturesca del entierro de la sardina. con toda la tristeza del tiempo: «Con ritmos destartalados/lloran en tropel,/mitrados en­sabanados,/mitras de papel». La segunda, «Marina norteña», con el gato melancólico paseándose por el anaquel de las botellas, el paisaje gris de la bruma, de filiación impresionista y modernista, como dice bien Valle Inclán: «La triste sinfonía de las co­sas/tiene en la tarde un grito futurista :/de una nueva emoción y nuevas glosas/estéti­cas, se anuncia la conquista».

En «Bestia­rio» se presentan una serie de retratos de animales que se relacionan duramente con personajes o símbolos, así la jirafa: «¡Arquitectura bizantina/imposible de razo­nar,/de la divina/silueta de Sara Bernhardt!».

El ambiente de feria, con toda su tristeza y melancolía, aparece en «El circo de lona»: «Saluda en la pista/el famoso artista/Hercole-Barrista :/medalla de Siam./ ¡Y sale la blonda/Enriqueta, oronda,/pecho­na y redonda,/bailando el can-can!». Valle Inclán sabe sorprender lo más trágico de estas situaciones sin que por ello deje de poner muchas veces una nota elegiaca: «¡ Circos! ¡ Cantos olvidados / de fabulosas edades!/¡Heroicos versos dorados/de Alcibiades!».

La estampa más extensa es «El jaque de Medinica», con la pintura del me­són, del pueblo, de la infanzona doña Estefaldina, tipo de soltera beata («Doña Estefaldina nunca fue casada…/Doña Estefaldina odia a los masones,/reza porque mengüen las contribuciones,/reprende a las mozas si tienen galán»), del reo y de su ejecución. Esta estampa termina con el «romance de ciego», «El crimen de Medi­nica», de gran valor plástico, casi de ballet; no en vano el autor invoca el nombre de Solana: «Un bandolero— ¡qué catadura!—/ cuelga la faja de su cintura,/Solana sabe de esta pintura». No faltan las visiones estili­zadas de paisaje tan propias de Valle Inclán, así en «Vista madrileña» («Pueril y lejana,/tañe una campana/su rezo monjil./ La tapia amarilla,/color de Castilla,/da un reflejo hostil») y en «Resol de verbena» («Tornóse el ocaso de fuego,/los nardos un­gieron la tarde»). Sigue «La tienda del her­bolario», un canto a las virtudes de las hierbas («Verdes venenos!/¡Yerbas letales/de paraísos artificiales!»).

Finaliza con una estampa, «Rosa del sanatorio», canto a los efectos del cloroformo. Valle Inclán no perdona nada para conseguir sus efectos: dislocación de acentos, rimas violentas y duras, nombres sugestivos, hipérboles, etc. La obra toda tiene un carácter profunda­mente grandguignolesco.