La Mujer Romantica y el Médico Homeópata, Riccardo Castelvecchio

[La donna romantica e il medico omeopatico]. Comedia en cinco actos de Riccardo Castelvecchio (Giulio Pullé, 1814-1894), estrenada en 1858.

La comedia nos presenta al conde Pomo, un hombre de bien que, después de haber se­guido el sentido común durante cincuenta y dos años, con el más sereno optimismo, es puesto a prueba por una singular aven­tura. Su segunda esposa, la joven y agra­ciada Irene, está enferma; dominada por una profunda melancolía y una languidez mortal pasa la vida entre suspiros y la­mentos, rechazando todo consuelo del ma­rido. Solamente halla reposo en su inex­plicable mal con la lectura de las novelas francesas más apasionadas y con la presen­cia del joven caballero Ascanio, el cual, mientras corteja a Irene con repetidos sus­piros, aspira, con un entusiasmo mayor, a la rica dote de su hijastra Camilla.

La en­fermedad parece contagiosa, porque tam­bién Vespina, la camarera, suspira y de­clara a su marido, el bueno de Marco, que el matrimonio es la tumba del amor. Asi­mismo, Camilla, espejo de la inocencia, cae en el pesimismo y rechaza la mano del caballero Ascanio, asegurando a su padre que preferiría morir antes que convertirse en esclava de un hombre. Por fortuna, el conde halla a un ingenioso médico, el doc­tor Nuvoletti, joven elegante y genial, que emite el diagnóstico de la enfermedad: romanticismo contraído por el uso de la literatura malsana. Para curar a Camilla le basta conquistar, sin gran trabajo, su amor. Vespina se curará con los celos que siente por la cocinera, que amenaza sustituirla cerca de Marco.

Con Irene, en cambio, in­tentará un tratamiento homeopático; eli­minada la asistencia del caballero, desem­peña él un papel de amante fatal de la condesa, induciéndola a una fuga nocturna del domicilio conyugal, oportunamente des­cubierta por el marido, separación de la culpable y un proyecto de suicidio común. Pero Irene no se decide a correr tantas aventuras y termina requiriendo el socorro del esposo, renunciando a todo romanticis­mo. La comedia, que guarda relación con la corriente goldoniana filtrada a través de las experiencias de Bon, es una de las mejores que Castelvecchio dio al teatro.

E. C. Valla