La Fénix de Salamanca, Antonio Mira de Amescua

Comedia del dramaturgo español Antonio Mira de Amescua (1574-1644), representada hacia el 1630. La Fénix (la maravilla) de Salamanca es la bella viuda Doña Mencía, que con los vestidos- de Don Carlos y con ayuda de su fiel sirviente Leonarda, también vestida de hombre (Caramillo), sigue a su amado Don Garcerán, que la ha dejado sin despedirse siquiera. Lo encuentra en Madrid, en trance de batirse en duelo para proteger la fuga de un caballero, el conde Horacio, que ha solicitado su ayuda para sustraer a la bella Alejandra de los requerimientos de su viejo tío, el capitán Don Beltrán y de su hermano Don Juan, que querría ca­sar a su hermana con el canoso pariente. La intervención del falso Don Carlos evita el duelo. Entonces, una vez conocida la lealtad de Don Garcerán, que abandonó a su amor por estar casado, pero ahora es viudo y pobre como una rata, Doña Mencía, que espera el momento de descubrirse, se va a casa de Alejandra para inducirla a calmar al belicoso viejo, decidido a vengar la afrenta sufrida. La imprevista llegada de Don Beltrán y de Don Juan, obligan a que Doña Mencía vista de nuevo sus vestidos femeninos.

Entonces se enamora de ella Don Juan, y Doña Mencía se vale astutamente de sus transformaciones para llevar a buen puerto su matrimonio con Garcerán y el de Alejandra con Horacio, mientras que el viejo capitán debe resignarse a la voluntad del Papa, que le niega la dispensa para casarse con su sobrina; también Don Juan queda solo y burlado. Alrededor de esta li­gera intriga, triunfa una airosa y fresca descripción de la vida madrileña con su color local, su galantería preciosista, su código caballeresco, su desconfianza y sus prejuicios, la bribonería de los hosteleros y las malicias de los sirvientes. La nota cómica, con el falso Caramillo obligado a dormir con Solano, el criado de Don Garcerán, que tiene ya sospechas acerca del verdadero sexo de aquél, no desemboca nunca en la grosería ridícula del «gracioso». Los disfraces de Doña Mencía van sosteni­dos por un juego escénico de calculada mesura, gracias al cual la acción se des­envuelve clara y deliciosamente, a la vez que le hace más ligera una versificación armoniosa y límpida que hace considerar la comedia a Valbuena como una obra maestra en su género.

C. Capasso