La divertida historia de John Gilpin, William Cowper

[The Diverting History of John Gilpin], Se trata de una famosísima balada que el poe­ta escribió en 1781 en condiciones excepcio­nales. Fue publicada como anónima en el «Public Advertiser», después en un opúscu­lo, y por fin en el volumen La tarea (v.), en 1785. John Gilpin es un honrado co­merciante que tras de muchos años de fa­tigas, quiere concederse un día de reposo, y toma un carruaje en el que se acomoda toda la familia, excepto él mismo, que ca­balgará al lado. Cestos y espuertas están ya junto a la esposa y a los hijos, cuando lle­gan tres clientes, por lo que John Gilpin, se ve, pues, obligado a descabalgar.

Después se dan cuenta de que la mujer ha olvidado las botellas de vino; las ata a los flancos de la silla, monta en su cabalgadura, y andando. Pero John Gilpin no ha montado jamás, y hételo juguete del caballo que sale a galope. Gilpin grita, se aferra a la crin, se encorva sobre el cuello del ani­mal, pierde su sombrero, su peluca, su capa; las botellas se rompen dejando una estela roja en el camino, los perros ladran detrás, la gente sale a las puertas a pre­senciar lo que creen una carrera con pre­mios. El jinete inexperto pasa así como un rayo ante la taberna donde la mujer le contempla estupefacta, y el caballo le lleva a la cuadra de su dueño, quien gene­rosamente presta una nueva peluca y un sombrero a Gilpin, que vuelve a partir a galope.

Cuando la mujer le ve volver a pa­sar, siempre agarrado a las crines del caba­llo y sin posibilidad de detenerse, manda detrás a un muchacho, prometiéndole una buena propina si le devuelve a su esposo. Uno detrás de otro van Gilpin y muchacho a la escapada, y la gente grita: ¡«ladrón, ladrón»!, hasta que acercándose el mucha­cho, logran entre los dos detener a la im­petuosa cabalgadura. Y alegremente termi­na el canto. Esta inimitable balada reveló el carácter bromista de William Cowper pese a su alma enferma. La sencillez del es­tilo, la elegancia, heredada de los mejores clásicos y la pureza de la versificación, con­vierten la obrita en un clásico de la litera­tura amena.

M. Navarra