Comedia en dos actos y en prosa de don Leandro Fernández de Moratín (1760-1828). Fue estrenada en el Teatro del Príncipe el 7 de febrero de 1792. Tuvo el autor algunas dificultades para el estreno por ser sabido entre las gentes de teatro que se trataba de una sátira literaria contra el teatro del tiempo, y señalarse personas que pudieron servir de modelo a los personajes. En la Advertencia que Moratín puso al frente de la primera edición (1792) protesta de tales supuestos. «Esta comedia — dice — ofrece una pintura fiel del estado actual de nuestro teatro; pero ni en los personajes, ni en las alusiones se hallará nadie retratado con aquella identidad que es necesaria en cualquier copia, para que por ella pueda indicarse el original.» Pese a esta protesta, desde el primer momento se señalaron las personas a que aludía, y era la principal don Luciano Cornelia, disparatado dramaturgo, muy en candelero en aquellos días, de sistema literario (si tenía alguno) totalmente opuesto al de Moratín.
Sabemos por testimonio de éste que Cornelia acusó a La comedia nueva de libelo difamatorio y logró entorpecer los trámites para la representación, que se efectuó al fin en la fecha dicha por la compañía de Ribera. Un autor novel (Cornelia) va a estrenar una comedia, El gran cerco de Viena, y en el café (el de la Fonda de San Sebastián) se espera con gran ilusión el estreno que a más de la fama ha de proporcionar recursos pecuniarios al autor y facilitar la boda de su hija con don Hermógenes (Cristóbal Cladera), delicioso pedante en el que Moratín crea uno de los personajes cómicos más graciosos de nuestra escena. El fracaso previsto sume a todos en la mayor consternación y remedia la situación don Pedro, asistente al café, hombre de fortuna, entendimiento y corazón que tras pronosticar el fracaso remedia sus consecuencias protegiendo a la familia del dramaturgo. La comedia puede servir de modelo de sátira literaria; ha sido traducida al francés, italiano y alemán, y dentro de su línea intencional no creo que se encuentre, en castellano, ninguna que la supere.
J. M.a Cossío

