Comedias Bárbaras, Ramón del Valle Inclán

Con este nombre se designan tres obras de don Ramón del Valle Inclán (1865-1936), tres obras llamadas comedias por su estructura teatral (diálo­gos, jornadas, etc.), y bárbaras por el ven­daval de pasiones violentas que las con­mueve, dándoles un tono de desolada gran­deza Las tres forman una serie iniciada en el año 1907 con Águila de Blasón, sigue en el 1908 con Romance de lobos y se termina muchos años después con Cara de plata (1922), aunque en realidad esta última sea la inaugural de la trilogía. Las Comedias bárbaras se nos presentan hoy como un es­calón claro en la evolución lingüística del genial escritor, escalón que conduce de la fase pulcramente, estudiadamente modernis­ta de las Sonatas al grito sangrante y dolo­rosamente caricaturesco de los esperpentos. El cuidado de la prosa, regaladamente me­dido, típico de las Sonatas, lo encontramos en las Comedias bárbaras, en las numerosas apostillas y acotaciones de valor escénico o introductorio. Los personajes, en cambio, hablan como era de esperar. Voz de la pa­sión, tumultuosa y bronca, desgarrada y pa­tética. Inútil aplicar criterio alguno a este español admirable, que brota de las bocas de los personajes condicionado solamente por la propia condición psicológica, en trance de constante exaltación individual, siempre.

Las palabras más triviales, las menos co­rrectas, la fraseología más soez y plebeya se transmutan sorprendentemente, ahondan­do cada vocablo su propia vida, en una se­mántica contorsionada. Siempre, detrás de cada giro lingüístico, detrás de cada expe­dición al misterio del alma de cada hablante, se exhibe una realidad sombría, atormenta­da, sin que su aliento dramático impida ver la caricatura en ocasiones. El personaje cen­tral es don Juan Manuel Montenegro, el mayorazgo gallego que ya en las Sonatas sale alguna vez, aunque no sea más que para apalear a un escribano entre paso y paso de sus nobles y retiradas horas. Le siguen su mujer, doña María Soledad, una vaga som­bra de mártir dulzura en vivo contraste con el huracán del marido; las concubinas, sobre todo Sabelita, ahijada del matrimonio, una suave ternura rubia y enamorada que se desliza temblorosa entre el griterío de los demás, camino del suicidio. Y los hijos del noble matrimonio: don Pedrito, don Rosen­do, don Manso, don Gonzalito, don Farruquiño, don Miguel, nobles por el nacimiento, bandidos perfectos por las acciones, domi­nados por la avaricia y el sacrilegio. Unos hijos que de la confusa grandeza del padre no heredan más que la vertiente de los vicios. « ¡Yo engendré seis hijos que son seis ladrones cobardes!», grita don Juan Manuel a la esposa aterrada. Sobre esta familia en franca degeneración, pasan ráfagas de locu­ra, de crimen, de lujuria, asaeteando al lec­tor con un permanente escalofrío. Se ve avanzar hacia la muerte al personaje desde el primer instante, con su acompañamiento de pecado, de reto a los poderes divinos y humanos: « ¡Aquí le tienes! En el arte de mal vivir un maestro, y el hacha del ver­dugo suspendida sobre la cabeza.

Este mal­vado que tengo por hijo medita mi muerte, y para absolverme de mis pecados, caído del cielo vienes, bonete. Públicamente mis culpas confieso. Soy el peor de los hombres. Ninguno más llevado de naipes» de vino y mujeres. Satanás ha sido siempre mi patro­no. No puedo despojarme de vicios. Me abraso en ellos. Nunca reconocí ley ajena para mi gobierno. Saliendo a mozo, maté a un jugador por disputa de juego. Violenté la voluntad de una hermana para hacerla monja. A mi mujer la afrenté con cien mu­jeres. ¡Éste he sido! ¡Cambiar no espero! De milagros y santos arrepentidos pasaron ya los tiempos. ¡Dame la absolución, bone­te!» Un fondo macabro de suicidios, de muerte, de espectacular contraste entre la lujuria desenfrenada y el fúnebre barboteo de una momia puesta a hervir en un cal­dero, el espectáculo de la Santa Compaña cruzando la noche estremecida, etc., con­tribuyen a dar su belleza espectral a este desencajado vivir agonizante de la familia Montenegro. Pero el gran hallazgo literario de las Comedias bárbaras es la incorporación al arte de Valle Inclán de una Galicia inte­gral, no real, sino intuida. La Galicia que arrastra su lacería y su pena de vivir por las romerías y los caminos, la Galicia supers­ticiosa y de húmedos cruceiros. Mendigos, peregrinos, curanderos, echadoras de cartas, oscuras mujerucas, chalanes, etc., se mue­ven sobre un fondo gallego. Un fondo donde el verde risueño de los prados se contorsiona también para ponerse a tono con el patético desvivirse de los héroes. Una Galicia que en oleadas violentas ahoga a los cinco hijos malvados del linajudo señor al final de Ro­mance de lobos, final de estremecedora be­lleza.

El leproso envuelto en llamas, última figura que resta en pie después de la tre­menda tragedia, es esa Galicia transfigurada, santificada casi, levantada repentinamente sobre el escarnio y la queja anteriores. Las Comedias bárbaras, ya en la puerta del es­perpento, asombran por su desmesurada vo­luntad de hermosura, de quevedesca lima del lenguaje. Con ellas, Valle Inclán se in­corporó plenamente a las grandes preocu­paciones espirituales de su generación, entre las que estaba, en primer lugar, la vuelta al pueblo de España como objeto literario.

A. Zamora Vicente