Formión, Terencio

[Phormio]. Comedia de Terencio (1859-159 a. de C.) inspirada en el Marido adjudicado de Apolodoro, escrita y representada en 161. Su título procede del nombre del protagonista, un parásito astuto y enredón.

Fedrias y Antifón son primos, hijos de dos hermanos, Cremes y Demifón, los cuales, antes de salir de viaje, habían confiado los dos jóvenes a su esclavo Getas. Éste, no pudiendo oponerse a las aventuras de sus señores enamorados y prefiriendo por su parte favorecer sus enredos, ha inten­tado en vano procurar a Fedrias las treinta minas que necesitaba para rescatar a una flautista a quien ama, y ha conseguido hacer casar a Antifón con la bella Fanio, mu­chacha sin dote. En realidad, Formión, pa­rásito entendido en leyes, ha descubierto una ley por la cual Antifón, unido a Fanio por lazos de parentesco, debe o dotarla o casarse con ella. Y Antifón, no teniendo disponibilidades financieras, se ha visto obligado, aunque con todo entusiasmo, a hacer de ella su esposa. En este punto re­gresan los padres. El matrimonio de An­tifón con una muchacha sin dote escanda­liza al viejo Demifón, el cual, teniendo otros proyectos acerca de su hija, ahora se decla­ra dispuesto a pagar lo que quiera a For­mión con tal de que se calle. Pero el cap­cioso parásito amenaza con un nuevo pro­ceso en el momento en que Demifón eche de su casa a los jóvenes esposos.

Entretanto, llega el hermano de Demifón, Cremes, al cual su hijo Fedrias, respaldado por el es­clavo Getas y por el inagotable Formión, preparan una trampa para sonsacarle las treinta minas que necesita para el rescate de la flautista. Entonces se descubre que Cremes, a pesar de estar casado, en Ate­nas, con la fiel y celosa Nausistrata, había tenido en Lemnos una hija natural, Fanio, la misma que, por fortuita coincidencia, ha­biendo ido a Atenas, se había casado con su primo Antifón. Cremes ignora todo esto, y aunque era precisamente aquel matrimo­nio el que él deseaba y había combinado hacía tiempo con su hermano, se queda desconcertado al conocer el matrimonio de su sobrino. Decide por lo tanto, de acuerdo con su hermano, intervenir y, llamando a Formión, le suplica disuelva el matrimonio. Formión acepta con tal de que se paguen como dote de la muchacha treinta minas, que servirán para el rescate de la flautista. Pero, cerrado el trato, Cremes se entera de que Fanio es su hija, y que el casamiento de circunstancias es precisamente el que él había deseado. Helo aquí ahora, cambiados los papeles, oponiéndose a la disolución del matrimonio y exigiendo al mismo tiempo que le sean devueltas las treinta minas.

Pero Formión, que por miedo de Getas ha logrado enterarse del verdadero origen de Fanio, y de la infidelidad de Cremes, se lo comunica a Nausistrata; y estalla un es­cándalo familiar. Pero, calmada la cólera de la esposa, todo acaba bien: los cónyuges se reconcilian: Antifón se casará con Fa­nio; Fedrias tendrá las treinta minas para su flautista; Getas será perdonado, y For­mión, el parásito, ganará con ello un opí­paro banquete. Igual que otras comedias de Terencio, ésta se desenvuelve en torno a las recíprocas relaciones entre dos mundos: el de los jóvenes y el de los viejos, mundos que aquí aparecen singularmente distancia­dos y comunicándose sólo por medio de un personaje tan lleno de significado como el parásito Formión. Esta vez no es un criado enredón y temerario el llamado a dar mo­vimiento a la acción con su bufonesco jue­go de coros imprevistos, sino una figura socarrona y consciente que eleva la mentira y el enredo a la categoría de valores efec­tivos y reales entre dos mundos que buscan tímidamente su verdad. He aquí, en efecto, de una parte, la ardiente pasión de Fedrias por una flautista, y el honrado amor de Antifón por la humilde Fanio; por otra, la preocupación, llena de sensatez, del vie­jo Demifón por el porvenir de su hija, y la no menos prudente de Cremes por su paz conyugal: todo esto es humano y conmo­vedor, es vida en acción, animosamente desplegada en el campo de la existencia cotidiana. Y, con todo, un secreto afán agita las diversas actitudes y les impide conciliarse; aquella vida sencilla descubre en sí misma su propio tormento que la sofoca y entristece: para encontrar la paz será me­nester que un glotón ingenioso y sin escrú­pulos se ponga de por medio y, jugando’ con los diversos contratiempos de los per­sonajes, cree un equilibrio artificial entre lo mejor que éstos tienen. La ironía, detrás de la risa, está acongojada; una vez más Terencio contempla el pequeño mundo bur­gués al que tanto quiere, y saca a la luz del sol la absurda y silenciosa tragedia de cada día, destinada a ser fin de sí misma y a encontrar humildemente en sí misma su justificación.

F. Della Corte