Épodos de Horacio

[Epodon líber]. Co­lección de 17 poesías de carácter en principio satírico, escritas por Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.) entre los años 42 y 31.

El verdadero título debería ser Yambos, pero los antiguos, observando la métrica de las estrofas dísticas de las diez primeras composiciones, donde a cada senario le si­gue un cuaternario yámbico o épodo, lla­maron a la colección libro de los ápodos o más brevemente Épodos. El orden en que están dispuestas las poesías no es cronoló­gico, sino métrico; las últimas seis están compuestas por versos variados y distintos unos de otros.

I: «A Mecenas», que en el año 31 estaba en Brindis esperando zarpar con Octavio contra Antonio y Cleopatra. Horacio quiere seguir a su amigo, no por­que su presencia pueda serle de algún ser­vicio, sino porque aun en medio de los peli­gros, con él se sentirá más seguro: la com­posición sirve de prólogo a la colección y respira lealtad y amistad.

II: «Contra el usurero Alfio», que, el día de los idus, cuan­do los deudores vienen a restituirle su dine­ro y a satisfacer los intereses, se enternece pensando en la vida tranquila y rústica del campo, canta sus alabanzas y jura en su corazón abandonar por ella la vida de la ciudad; pero, apenas recogido su dinero, no piensa ya más que en nuevos medios de hacerlo fructificar; amable sátira contra las aspiraciones a la vida campestre, suscitadas por la lectura de la poesía bucólica y geór­gica virgiliana.

III: «A Mecenas», que, ha­biendo invitado al poeta, le había obsequia­do con un banquete a base de ajo; el ardor que Horacio siente es burlonamente compa­rado a un veneno, al calor canicular y por fin a la vestidura de Neso, en la cual ardió Hércules: todo ello es un juego en el que el simulado enojo pronto se disipa.

IV: «Contra un liberto», que, aprovechando la revolución política y social, había llegado al grado de tribuno; la indignación que suscitan su vista y sus ostentaciones queda en simple tema de crónica y anécdota sin llegar a ser poesía.

V: «Contra Canidia», una hechicera napolitana, que es represen­tada en el acto de atormentar a un niño que ha secuestrado, para obtener un filtro de amor que ha de propinar a un viejo; tres brujas concurren a esta operación: idilio lúgubre, escrito contra la mujer una vez amada, ahora despreciada y objeto de burla, que frecuentemente aparece en la poesía horaciana como maga, maestra en filtros de amor y venenos.

VI: «Contra un maldiciente» que calumniaba a los inermes y a los débiles, pero no se atrevía a atacar a Horacio, sabiendo de sobra cuál era la violencia de sus yambos; poesía de socie­dad con alegorías y alusiones veladas a personalidades del mundo literario.

VII: «A los ciudadanos romanos», que, después de haber gozado de una breve época de paz, reanudaron las luchas civiles en cuanto se hubo dado muerte a César; la imprecación contra las guerras, el ansia de una paz du­radera y el presentimiento de nuevas cala­midades que deben caer todavía sobre la ciudad fundada con la sangre del fratrici­dio de Rómulo, son motivos político patrióticos que a menudo reaparecen en la lírica horaciana.

IX: «A Mecenas», que durante la guerra contra Cleopatra había permane­cido en Roma. El poeta le pregunta cuándo se podrá finalmente beber festejando la victoria, de la cual le parece ver claros presagios; él ha elegido ya su partido polí­tico, el de Mecenas y Octavio, y dirige sus sinceros augurios al vencedor de Accio.

X: «Contra Mevio», el poetastro, que criticaba los escritos de Virgilio y Horacio. El autor le desea un viaje que termine en naufragio; quizá se trate de una partida imaginaria, pero son reales el antagonismo y la encar­nizada polémica literaria, que evoca a los yambógrafos griegos.

XI: «A Pettio», a quien Horacio confiesa que, vencido por el amor del efebo Licisco, ya no puede escri­bir versos; documento de la juventud irre­flexiva y licenciosa de Horacio, el cual, según dice, alterna indiferentemente el amor de los efebos con el de las muchachas.

XII: «Contra una vieja cortesana», insacia­ble de placeres, a la que Horacio dirige los más crueles ultrajes e injuriosos vituperios evidente y exagerada imitación de Arquíloco.

XIII: «A los camaradas de armas», que beben bajo la tienda, la víspera de la ba­talla de Filipos, para alejar el frío otoñal y la angustia; es sabiduría el sacar partido de estas pocas alegrías que la vida ofrece, entre tantas calamidades; esta composición es uno de las primeros, si no el primero, de los épodos horacianos en el orden del tiem­po, ya que fue compuesto, al parecer, en el año 42.

XIV: «A Mecenas», para excusarse de que se haya interrumpido su pro­ducción poética; pero el amor de Frine le abrasa y le impide escribir; tema ligero, tratado jocosamente.

XV: «A Neera», que le había jurado fidelidad, pero luego se había entregado a otro. Quienquiera que sea éste, por bello, sabio y rico que sea, no debe ignorar que también a él le tocará en suerte ser abandonado por Neera; el amargo reconocimiento de la traición queda mitigado por el pensamiento de la futura venganza.

XVI: «A sus conciudadanos», que de nuevo toman las armas para luchas fra­tricidas, entre los años 42 y 38. Ahora, después de las fracasadas ofensivas de paz entre Antonio y Octavio, volvían a arder focos de incendio. Roma era realmente una ciudad maldita, y había que huir de ella; ¿por qué no navegar hacia las Islas Afortunadas, donde jamás había llegado la maldad de los hombres con su secuela de desgracias y calamidades? Es un momen­to de desaliento y amargura, a causa de los acontecimientos políticos; pero el conoci­miento y la amistad de Mecenas pondrán definitivamente fin a esta desesperación.

XVII: «Contra Canidia», a la que Horacio finge pedir perdón para que lo acepte de nuevo, pero ella contesta indignada que para Horacio no tendrá jamás piedad. La palinodia de los yambos precedentes cierra la colección juvenil de los poemas satíricos, de los cuales Canidia es la mujer que sale más maltrecha y escarnecida. No llevan me­jor parte otros personajes de la sociedad romana de los años 41 a 31, como el poe­tastro Mevio o el usurero Alfio. A veces las personas reales están disfrazadas con nombres supuestos: las mujeres Frine y Neera, el adolescente Licisco; a veces no se les nombra, pero en un ambiente reducido, político y literario, no debía ser difícil identificarlos: un liberto, una maldiciente, una vieja ramera.

Dos veces, en los epo­dos VII y XVI, el poeta, presagiando su misión de vate de la patria, entona cantos políticos, dirigidos a sus conciudadanos, vi­tuperando las guerras civiles. Pero quien más que nadie aparece en los ápodos es Mecenas (I, III, IX, XIV); ora es el amigo a quien se dedica fiel y rendidamente la colección entera, ora el huésped que ha querido gastar una broma de mal género a su amigo; ora es el representante de Octa­vio en Roma, que aguarda el anuncio de la victoria de Accio; ora es el confidente al que se hace partícipe de las penas de amor. Tales son los mordaces yambos, de Horacio, que acusan todavía demasiado el carácter juvenil, la tentativa de sátira san­grienta (ajena a la índole de Horacio, subs­tancialmente afable y reposada) y el ejerci­cio estilístico de imitación de los modelos griegos. Pero, aparte de las invectivas, en total seis, los otros once poemas son el preludio de las Odas (v.), cuyos elementos esenciales, amor, amistad, patria, están ya anunciados, aunque no desarrollados.

La fatigosa monotonía del metro y el peso de la tradición yámbica perjudican a menudo a los Épodos, dificultando la posibilidad de lograr elevación lírica. [La primera versión castellana es la traducción en prosa del doctor Juan Villén de Biedma en Obras (Granada, 1599). La traducción del P. Ur­bano Campos en el Horacio español (León, 1682) muchas veces reimpresa contiene solo doce epodos. Modernamente las únicas ver­siones^ completas y fidedignas son la tra­ducción en verso de don Javier de Burgos en Poesías (Madrid, 1819-23) reimpresa en 1844 y la de Guzmán Salinas en Obras completas (Madrid, 1909-1910) reimpresa en 1924.]

F. Della Corte

Traducir a Horacio se ha convertido casi en una especie de ligera enfermedad moral. (Sainte-Beuve)