El Sócrates Imaginario, Ferdinando Galiane

[Il Socrate immaginario]. Comedia de Ferdinando Galiane (1728-1787) y de Gian Battista Lorenzi (1719-1807), musicada por Giovanni Paisiello (1740-1816) y estrenada en Nápo­les en 1775. Parece ya bien sentada que la idea y la trama general de la obra son de Galiane, y la redacción de Lorenzi, el cual, sin embargo, trabajó siempre en contacto con Galiane. La idea inicial como declaran explícitamente los autores en el prefacio, es cervantina: a don Tammaro, hombre acomodado de Modugno, la lectura de cier­tos filósofos le ha trastornado el cerebro; cree ser un nuevo Sócrates (v.) y conforma toda acción suya al modelo socrático y as­pira hasta a la socraticísima consagración del orinal que la esposa del filósofo griego le arrojó a la cabeza. En su mujer, doña Rosa, halla don Tammaro una Xantipa en toda regla; Calandrino, su camarero, es Simias; su barbero, el maestro Antonio, es Platón. En torno a este tema desarrollado con ingeniosa y burlesca felicidad se en­trelazan los episodios de los amores suspi­rantes de Hipólito por Emilia, hija de don Tammaro, y Calandrino por Cicla, hija del maestro Antonio. La comedia se concluye con alegre final: Sócrates bebe la famosa taza de cicuta, que en realidad no es más que un somnífero: don Tammaro despierta de su largo sueño completamente enmen­dado y desciende de esta manera al mun­do de la normalidad; Calandrino se ca­sará con Cicla e Hipólito con Emilia. La comedia, de sabrosísimo brío en su diálo­go, es toda jocosas exageraciones caricatu­rescas por la mezcla del elemento fantásti­co y el real, socrático: mezcla fresca, es­ponjosa, en comparación con la cual, sin embargo, la referencia de sus autores a la obra maestra de Cervantes resulta despro­porcionada. El Sócrates imaginario, origi­nado por una ocurrencia burlona, se agota en la caricatura y en la carcajada que la acompaña: es obra sin repliegues, ni dobles fondos, ni trabazón; maliciosa y placentera, pero limitada. En el Sócrates la sociedad napolitana advirtió inmediatamente la ca­ricatura de un docto y vanidoso abogado, don Saverio Mattei, infatuado de helenismo, y socrático ciento por ciento en soportar las rabietas y los desafueros de su con­sorte Giulia Capece Piscitelli.

D. Mattalía

*    La música de Paisiello está compuesta según las costumbres de la ópera bufa na­politana: recitativos, arias, dúos, cuartetos, concertantes. La vivacidad de movimiento escénico de la comedia ofrece al músico la ocasión de dar variedad al tono de la inspiración melódica, que pasa con gran movilidad de lo cómico y caricaturesco a lo gracioso y a lo blando sentimental. De ello se originan escenas de mucho efecto, como el final del primer acto, que se des­envuelve en la bodega donde Tammaro suele dar sus lecciones y donde, después de la enfática coronación del maestro por sus discípulos, ocurre la irrupción de los demás personajes, con el consiguiente es­cándalo y algazara. Su música es un alternarse de coros, danzas, momentos líricos solísticos (como el aria patética de doña Rosa) que expresa vivazmente el pande­monio de la trama. En el primer acto se encuentra también un dúo de bajos (don Tammaro y maestro Antonio) sobre los versos «Sa che sa, se sa, chi sa, / Che se sa, non sa se sa: / Chi sol sa che nulla sa / Ne sa piü di chi ne sa» («Sabe que sabe, si sabe / Quien sólo sabe que nada sabe / Sabe más que quien sabe»), en que el juego cacofónico de palabras es tradu­cido musicalmente en una especie de canon bufonesco un poco plebeyo. En la décima escena del segundo acto, que representa la gruta en que Tammaro va a consultar a su demonio, es de señalar un coro de Fu­rias, visiblemente modelado sobre el Orfeo (v.) de Gluck (que se había representado en Nápoles un año antes que El Sócrates imaginario), que ofrece un carácter de tra­gicómica parodia, y tragicómico es también el final del segundo acto en que se entona una fingida marcha fúnebre a don Tamma­ro. Estos y otros fragmentos forman un conjunto musical vivo y sabroso. En 1926 El Sócrates imaginario fue vuelto a repre­sentar en Roma. En la producción de Pai­siello esta obra representa un fruto juvenil no privado de méritos pero de limitada im­portancia, ya que la inspiración del músico tarentino era más apta para asuntos tiernos y melancólicos, como Nina o La loca por amor (v.) y la Bella molinera (v.).

F. Fano