El Enamorado de la Abuela, Giacinto Gallina

[El moroso de la nona]. Comedia en dos actos y en dialecto veneciano estrenada en 1875. Es una de las comedias de más éxito de este au­tor, aunque no una de las más felices.

El gondolero Momolo Paneti, movido por su segunda mujer, Bettina, se decide a ingre­sar en un hospicio a su anciana madre, Rosa. A ello se oponen los nietos Marieta y Nane, este último también gondolero y muy afectuoso con su abuela. Nane en­cuentra en su góndola, en la que acaba de transportar al rico señor Bortolo, una cartera con seiscientas liras y quisiera devolverla, pero su madrastra le da a enten­der que es éste el iónico medio de con­servar en casa a la abuela; Bortolo, que sospecha haber perdido la cartera en la góndola de Nane, va a verle. Y en casa de Momolo encuentra a su nieto Cario, el cual, de acuerdo con la abuela Rosa, está pidiendo la mano de Marieta. Irritado por la desaparición de la cartera y la locura de su nieto, enamorado de una muchacha del pueblo, Bortolo se aleja profiriendo amenazas.

La abuela le ha reconocido: cincuenta años atrás los dos se amaron, al igual que ahora Cario y Marieta, y sólo la obstinación de los padres de Bortolo pudo frustrar una pasión que casi llegó a ser tragedia. Rosa le manda llamar y le habla: el pasado resurge lentamente. Nane regre­sa victorioso de las regatas. La cartera es devuelta, se reconoce la honradez de los dos gondoleros y se aprueba el amor de los jóvenes. Rosa se quedará tranquila en su casa.

La comedia es una de las que señalan el paso de la inspiración goldoniana a la más original producción de Ga­llina: el tiempo sufre una inversión de perspectiva, por la que el pasado subs­tituye al presente en la función de dar sentido y valor a cosas y sucesos. Vuelven a aparecer en ella los ancianos de Goldoni, algo ariscos y sin embargo protecto­res de los enamorados; de todos modos, junto a la figura tradicional de Bortolo, se perfila la de la abuela Rosa, tipo nuevo, en el que la vejez femenina se estremece de patéticos afectos y, abandonando el mundo de las suegras, afirma ventajosa­mente el de las abuelas.

U. Dèttore