El Barón, Leandro Fernández de Moratín

Obra del comediógrafo espa­ñol Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), estrenada en 1803. Dentro del sistema teatral del autor, tiene algo de las comedias de figurón de los últimos representantes de la escuela calderoniana. Esta comedia fue plagiada por un tal Andrés de Mendoza en La lugareña orgullosa, obra olvidada muy pronto. El Barón es una comedia en dos actos, en buen verso, cuyo asunto queda reducido al afán de una ricacha de pueblo, Illescas, que se llama la tía Mónica, de ca­sar a su hija, previamente enamorada y prometida al joven Leonardo, con un tipo que se hace pasar por barón y que con sus embustes ha conseguido de la tía Mónica que le aloje en su propia casa y se empeñe en casarlo con Isabel, su única hija. Menos mal que Leonardo es un hombre de volun­tad no dispuesto a ceder ante la tonta ma­nía de su futura suegra, y que Isabel no abandona a Leonardo, y que hay un herma­no de la tía Mónica, don Pedro, que se da cuenta del manejo del pretendido barón y dispone las cosas de modo que éste cae en un lazo y se descubre como lo que es: un rufián. Tampoco queda en el aire la pueblerina presuntuosa, pues todos los aconte­cimientos le enseñan que su vanidad fue la que arrastró a todos al suceso. Obra ágil, graciosa, con siete personajes tan sólo, muy bien movidos, se lee con gusto y no pesaría en los escenarios si algún joven director tu­viera el acierto de reponerla. El autor, que empezó su vida siendo oficial de joyería, era hijo de don Nicolás; aficionado al es­tudio y a las letras, asistía a las tertulias literarias madrileñas a que concurría su padre. Como secretario de Cabarrús fue a Francia; protegido por Godoy viajó por el extranjero, presenciando acontecimientos políticos de suma trascendencia. Ante la in­vasión francesa tomó partido por el rey José que le nombró bibliotecario mayor, y en la Biblioteca implantó, acaso, el sistema de cédulas sueltas que vió en la de Parma. Terminada la guerra pasó a Francia nueva­mente, viviendo en Montpellier, Burdeos (1821), yendo a morir en París.

C. Conde