Barnaby Rudge, Charles Dickens

Novela de Charles Dickens (1812-1870), publicada en 1841, como parte de El reloj de Maese Humprey [Master Humprey’s Clock], narración que servía de marco a las demás y que luego quedó descuidada. Es la primera de las dos novelas históricas de Dickens (para la otra, v. Dos ciudades) y se desarrolla tenien­do como fondo los tumultos antipapales de Gordon de 1780. El argumento toma su pun­to de partida de un misterioso delito acaeci­do veinticinco años antes: el asesinato de Reuben Haredale, gran terrateniente. Su hermano Godofredo Haredale, católico, es enemigo de sir Juan Chester, cuyo hijo Eduardo está enamorado de la sobrina de Haredale, Emma; pero los respectivos pa­dres, a pesar de su odio, se ponen de acuer­do para impedir el matrimonio. Tienen lu­gar los tumultos de Gordon, fomentados se­cretamente por el turbio Chester. La casa de Haredale es incendiada y Emma raptada. Eduardo salva la vida a Haredale y Emma, y obtiene su consentimiento para la boda.

Durante los tumultos aparece de nuevo el asesino de Reuben Haredale, el intendente Rudge, padre de Bernabé, el cual, nacido el día después del crimen, a causa de la impresión de la madre al enterarse de la culpabilidad del marido, nació idiota. Rud­ge había vestido con su traje a otra víctima que había arrojado a un estanque. Rudge, descubierto al fin, paga su culpa. Haredale mata en duelo a Chester. La obra, que pre­senta una marcada influencia de las Cár­celes de Edimburgo (v.) de Scott, es una complicada novela de tipo gótico, notable especialmente por la descripción de los tu­multos que aterrorizaron Londres durante varios días, por algunas escenas londinenses (las tortuosas callejuelas, la vetusta Posa­da de la Cucaña [Maypole Inn]), por la pa­tética figura de Bernabé, por el vigoroso cerrajero Gabriel Varden con su irascible mujer y su hija Dolly, una coqueta, por el diminuto Simón Tappertit con su ambicioso corazón de visionario, y una legión de per­sonajes de menor cuantía entre los cuales tenemos a Grip, el cuervo de Bernabé. En cambio, no es más que una caricatura ab­surda la siniestra figura de sir Juan Ches­ter, con la cual Dickens se proponía sati­rizar al famoso lord Chesterfield (1694- 1773), cuya mentalidad era de las que Dickens no podía comprender.

M. Praz

En este libro el lector sagaz, si esto no le ocurrió en uno de los anteriores, topa con una tal cantidad de humorismo que le ha de recordar tanto a Shakespeare como a Aristófanes. (Swinburne)