Diálogos de los muertos, Luciano de Samosata

Obra satírica griega de Samosata, que vivió en el período del neosofismo siendo también él sofista (hacia 125-185 d. de C.). Comprende treinta breves diálogos, todos ellos auténticos, según la mayoría de los críticos actuales, y perte­necientes al grupo de composiciones más extensas del mismo autor, que tienen por fondo el más allá tal como podía concebirlo una inspiración alegremente satírica sobre la base de la mitología griega.

En ellos apa­rece el Averno poblado de sombras viles o ilustres, cuyos breves lances. tienen por objeto demostrar la vanidad de las ambiciones humanas, desde las riquezas de Creso, Sardanápalo (diál. II) o Mausolo (diál. XXIV) hasta la belleza de Helena (diál. XVIII) o de Nireo (diál. XXV), las adulaciones de los falsos siervos o amigos (dial. V, VI, VII, VIII, XI), la jac­tancia de los filósofos o de los impostores (diál. I, XVI, XX). Los protagonistas de las diálogos son ora personajes míticos, Eaco (dial. XX), Tántalo (dial. XVII), Quirón (dial. XXVI) y Nireo (XXV), y trinidades como Hermes (IV, XVIII, XXII etcétera) y Plutón (II), ora héroes como Aquiles (XV), Ulises y Ayax (XXIX), ora personajes históricos como. Mauso­lo, el ilustre tirano de Halicarnaso (XXIV), Escipión y Aníbal (XII), los filósofos Só­crates (XXI), Menipo (II, III, X, XII, XXVIII, etc., v.) y Diógenes (I, XIII, XIV, XVI), ora simples hombres fuerte­mente caracterizados, como los aduladores Damón, Carino y Tersión, ávidos de la herencia de viejos ricos sin prole (V, VI, VII, IX, XI).

La sátira se dirige especial­mente contra las divinidades y los perso­najes famosos, privados del esplendor y la magnificencia tradicionales, sátira maldi­ciente que corroe y disgrega toda aureola mítica para exaltar la feliz indigencia de los cínicos: Hermes y Caronte se nos des­criben como vulgares trabajadores, el uno mercader, el otro barquero (dial. IV, XXII), mientras Aquiles envidia tristemente (XV) la suerte de un humilde labriego, y Helena no es más que un cráneo lastimoso (XVIII). El único personaje que se salva es Menipo, que puede considerarse como el pro­tagonista de la obra, el hombre que, se­gún los dictámenes de la escuela cínica, no ha buscado en la vida más que el co­tidiano plato de habas y el capote raído.

La miseria de la muerte no le asusta por­que no es mayor que la que le ha rodea­do en vida; le exalta, por el contrario, el miedo de los demás, y hay, en la risotada con que comenta esta tragicomedia de ul­tratumba, algo de siniestro que parece traernos el eco de una Grecia que ya no es más que pura dialéctica y árida garru­lería en el drama de su decadencia. Lu­ciano, como pensador, no se revela en esta obra como en el resto de sus escritos, muy profundo; su ironía fustiga la vida y las creencias de su tiempo, sin distinguir en­tre las apariencias y la realidad de las cosas, y sin proponer por su parte ningún sólido sistema religioso, filosófico o moral.

Pero como artista y escritor ha creado un género literario lleno de vida y color, que atraerá a muchos e importantes imitadores, incluso modernos, entre los cuales, además de Fontenelle, veremos a Gozzi y a Leopardi. La forma del diálogo se deriva en parte de la comedia y en parte del diá­logo filosófico: Luciano ha sabido fusionar estos dos elementos en uno, al que nunca falta el garbo, la agudeza y la vivacidad de las situaciones, la dialéctica ágil e inge­niosa ajustada en gran manera a las suge­rencias imprevistas, y una pureza de len­guaje y de estilo que no se encuentra en ningún otro escritor de la época y que le hacen acreedor a ser colocado al lado de los mejores escritores áticos de la edad clási­ca. [La primera traducción, parcial, es la de Franzisco de Enzinas (Lyon, 1550), que contiene cinco diálogos de Luciano, y la segunda la de Francisco de Herrera Mal- donado (Madrid, 1621). La mejor traduc­ción moderna es la de Federico Baraibar, en Obras completas, 4 vols. (Madrid, 1889- 1890)].

C. Schick

*Justamente famosa es la imitación que de los Diálogos de los muertos hizo Bernard Le Bouvier de Fontenelle (1657-1757) en los homónimos Dialogues des morts, publica­dos en 1683. La obra va encabezada con una carta, a modo de prefacio, dirigida a Luciano en los Campos Elíseos, en la que se rinde homenaje al ilustre escritor satírico y a su genial idea de hablar a los vivos por medio de los difuntos. Aun trabajando sobre el mismo «plano» de su «modelo» —tan grande era la estima que le mere­cía—, el escritor francés muestra gran ha­bilidad en la presentación de nuevas situa­ciones con los contrastes y las discusiones de sus muertos.

El moralizar, en el sentido vivaz y casi jocoso de la palabra, resulta aquí un eficaz desarrollo de encuentros inesperados y extraños para el lector. No­tables sobre todo son los diálogos entre muertos de distintas épocas, en el contras­te de pensamiento y de acción. Así, Augus­to y Aretino sobre el tema de las alaban­zas, Safo y Laura sobre el amor, Sócrates y Montaigne sobre la virtud de los anti­guos y de los modernos, y otras conver­saciones por el estilo. También entre los contemporáneos resulta fina y sabrosa la sencillez de los enfrentamientos; por ejem­plo la cortesana Friné muestra al gran Alejandro que ella ha hecho más «con­quistas» que él y Carlos V dice a Erasmo que el poseer finura de ingenio (otra bro­ma, esta vez autoirónica en el propio autor) es siempre un acontecimiento, y de los no menos fatales.

En estos veinticuatro Diálogos, en los que aparecen inesperada­mente Séneca, Cosme de Médicis, Marga­rita de Austria, Rafael, Cortés y otros per­sonajes distintos por arte y condición, serpentea un espíritu burlón y desenvuelto, signo en todo caso de un ingenioso sistema de considerar las cosas. No hay que olvi­dar la manera con que Fontenelle, que en las Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (v.) había de revelar pronto su amor a la verdad aun a través de la divulgación esmerada, hace sentir su interés por la vida en aquella misma sonrisa con que lo mira todo. Así, en el diálogo entre Artemisa y Raimundo Lulio, hace notar cómo la ciencia no consigue nunca sus qui­meras, pero no obstante no hay que cansarse nunca en buscarlas, porque, si no logra su fin verdadero, recoge en el camino otros conocimientos siempre útiles. Como conti­nuación natural de la obra debe añadirse el Juicio de Plutón (v.), que cierra las con­versaciones satíricas de los muertos, y hace pensar, por el tono vivaz de la narración, en los Avisos del Parnaso (v.) de Boccalini, y, por el conjunto de los diálogos, al me-nos por el pretexto de las aproximaciones y de las reflexiones, en las Obritas mora­les (v.) de Leopardi.

C. Cordié

*La Acción fue de nuevo recogida por el arzobispo francés François de Salignac de Lamothe Fénelon (1651-1715) en la obra Dialogues des morís, publicada en 1712. Escrita para educación del joven duque de Borgoña, de quien el insigne prelado era preceptor, ilustra con bastante acierto hechos y figuras salientes de la historia, constituyendo la viva lección del maestro que quiere inspirar al discípulo el amor al pasado. Dialogan Confucio y Sócrates, Platón y Aristóteles, Coriolano y Camilo, y otros espíritus célebres; de tiempos más recientes, Luis XI y el cardenal La Balme, el condestable de Borbón y Bayardo.

En una esfera de alta espiritualidad, estos per­sonajes y otros igualmente famosos, en el reino de las sombras, van trenzando razo­namientos sobre la virtud y la felicidad, sobre el amor de la patria y sobre el sen­timiento de la gloria. Toda figura, en el decir de Fénelon, pierde su característica histórica para rodearse de un halo de fá­bula, con el propósito de brindar princi­pios morales, nobles y humanos, y de edu­car en la nobleza del espíritu y en la idea del deber. Pisístrato dice, por ejemplo, que el tirano no querría nunca ser dueño de su ciudad, pero que una vez elevado al poder teme siempre perderlo; así Leónidas dice a Jerjes que es más noble dolerse por la derrota de los persas en Salamina que recrearse en la cúspide del poder.

Así Richelieu expone a Mazarino la necesidad de no desviarse de lo justo en la política, y Enrique IV dice a Mayenne que el valor hace la grandeza de ánimo; así el amor a la patria es ensalzado tanto por Camilo como por el valiente caballero Bayardo; no hay que dirigir nunca las armas contra el propio país. Las mismas referencias a los coloquios de personajes como Carlos V y Francisco I, son un incentivo para reco­ger del pasado un elemento significativo que ayude al presente, casi como unas hue­llas de acción a seguir. El valor de la obra, más que en la representación ideal del pasado, reside en las consideraciones humanas y cristianas que engalanan los coloquios y elevan a los interlocutores a una esfera de dulce contemplación de la ver­dad.

La adaptación de la historia a la men­te del augusto adolescente permite a Fé­nelon expresarse con aquel candor y aque­lla suavidad sentimental que hacían que Luis XIV le definiese como el carácter más quimérico de su reino; pero muchas veces la obra adquiere un tono moralizador que la debilita. La contextura primitiva fue poco a poco reelaborada; y sólo en 1730 le fueron añadidos algunos diálogos, finos y delicados en sus consideraciones sobre el arte y su función en el mundo, entre Parrasio y Poussin, y entre este último y Leonardo.

C. Cordié