Casina, Plauto

[La sorteada]. El título de esta comedia de Plauto (2559-184 a. de C.) es dado por la joven (La hija del acaso), por cuya posesión echan suertes padre e hijo, rivales en amor. La niña había sido reco­gida y criada por Cleóstrata, hasta la edad de dieciséis años. Pero, ahora, el marido y el hijo de Cleóstrata han puesto los ojos en la muchacha y cada uno la querría para sí. Para eludir la vigilancia de la esposa y madre, piensan uno y otro casarla con su criado; el padre, con su intendente; el hijo, con su escudero Calino. Aun cuando Cleós­trata esté de parte de su hijo, el padre con­sigue predominar, pues confiada la elección a la suerte, y habiendo salido vencedor, es­tablece que las bodas se realicen con su in­tendente. La esposa y el hijo no se rinden y maquinan un engaño: el escudero Calino, disfrazado con los vestidos nupciales que había de ponerse la muchacha, ocupa el puesto de ella en el rito nupcial; pero des­pués, cuando el viejo y el marido intenten darle pruebas de su cariño, se descubrirá como hombre y les dará una paliza. Para que no falte el alegre final, la muchacha será reconocida como hija natural de un vecino y se casará con el joven enamorado dejando burlado al viejo.

Es ésta una de las más licenciosas comedias de Plauto y ofrece dos situaciones en extremo cómicas: la primera de ellas, la sustitución de la esposa por un hombre, situación que dará temas de risa a otras comedias como Clicia (v.) de Maquiavelo, el Herrador (v.) de Aretino y Las alegres comadres de Windsor (v.) de Sha­kespeare; la otra, la rivalidad entre el padre y el hijo, la cual no puede terminar de otro modo que quedando burlado el viejo libertino. El modelo está sacado de una comedia de Dífilo, Los sorteantes, en la que la escena central era aquella en que la mu­chacha tan disputada era sorteada entre los dos. Al llevar al teatro itálico la rivalidad entre padre e hijo, fundada en la íntima inmoralidad que se agita dentro de las pa­redes domésticas, Plauto no siente el drama de ella y se limita a hacer burla de él; en realidad su carácter es el mismo de sus ma­ravillosos criados, porque también él había sido reducido a servidumbre, y desde el fon­do de un sofocado complejo de inferioridad, se sirve de una clase que no es la suya para representar con befa sus desgracias más bien que para dejarse conmover por ellas. A Terencio estaba reservado el cometido de penetrar, con reflexión angustiadamente iró­nica, en el núcleo vivo de esta pena.

F. Della Corte