Alegre Librito de Comedias, Franz Pocci

[Lustiges Komódienbüchlein]. Recopilación de comedias para títeres del poeta alemán Franz Pocci (1807-1876), originario de Viterbo. Cortesano y funcionario, intendente del teatro de la ópera, poeta, dibujante y músi­co, propenso a las sugerencias poéticas del Romanticismo y amigo de Górres, de Kerner, de Schwind, pero dotado, al mismo tiempo, de un sentido espontáneo y alegre de la realidad, y de un gusto caricaturesco inventivo y feliz, Pocci fue «el último pa­ladín del teatro romántico de los títeres» y, también, el innovador de este género de teatro en el espíritu educadamente realista de la burguesía de la segunda mitad del siglo XIX. Diez años antes, Pocci había publicado una recopilación de Juegos tea­trales para niños y un nuevo Teatro Kasperlesco, inspirados por su fantasía natural, cuando en 5 de diciembre de 1858 Johann Schmidt apareció en Munich con su «Marionettentheater» que, en la sencillez de su empeño, debía constituir durante más de medio siglo una de las manifestaciones más características de la vida artística de la ciu­dad. Todavía en 1912 Schmidt, «Papá Schmidt», nonagenario, continuaba hacien­do las delicias de grandes y chicos con su minúscula escena, y Pocci se convirtió, casi por vocación natural, en su poeta fan­tástico y festivo. Las comedias de la reco­pilación son 41. Sus modelos más o menos próximos son la comedia romántica y el «Volksstück» de Raimund.

Y el asunto, ex­traído precisamente del patrimonio legen­dario popular pero también de la observa­ción directa de la vida y, sobre todo, de una intuición natural y feliz del fondo sen­cillo del alma humana, es de lo más varia­do. No hay alegorías ni símbolos; sólo la alegría de la imaginación poética y la fran­ca carcajada frente a la verdad del cora­zón humano y a la misma cómica realidad de la vida. Por una parte renacen aquí las poéticas criaturas de la leyenda, desde la Cenicienta (v.) hasta Barbazul (v.), desde Caperucita Roja (v.) hasta la Ondina (v.), desde Rosaespina hasta el Gato con botas, y centrándolo todo, la máscara cómica de Kasperle que ya en el siglo XVIII vienés- gozó de la mayor popularidad y ahora, tras largo olvido, renace inesperadamente, coma Gianduia (v.) en el teatro de títeres piamontés, o Polichinela (v.) en el napolitano, Kasperle es casi siempre, en estas comedietas, el personaje que mueve el espectáculo. La extravagante comicidad de sus rasgos y de sus palabras le permite estar a sus- anchas tanto en el mundo de la fantasía como en el de la realidad. Y la imaginación ocurrente de Pocci puede despacharse a su gusto. Unas veces buen burgués que ha «echado tripa», otros limpiabotas de un pin­tor, ya escudero de un caballero o mozo de labranza, ya sastre ambulante o caballerizo de un príncipe, Kasperle es siempre él, sean cuales sean los ropajes que lleve: siempre tan astuto-ingenuo y falso bobo, bebedor, tragón, perezoso pero también de buen co­razón y fiel — al menos mientras esté pre­sente el dueño — y dispuesto a conmoverse — mientras el efecto de la emoción se limite a una lágrima: huidizo, mudable, constante sólo consigo mismo, se lanza de cabeza a todas las situaciones, con el va­lor de «quien no puede hacer otra_ cosa»,, la vida no le encuentra nunca sin prepa­ración, siempre está luchando con su «Stricksal» —así llama al destino («Schicksal» en alemán) — pero en el último mo­mento consigue escurrir el bulto. Y le ocu­rren toda clase de contratiempos: le con­denan a ser encerrado en un huevo de oro — pero un delfín le devolverá a su país, o a ser entregado al diablo dentro de un saco — pero mete en él, en su lugar, un cerdito.

Ya corre peligro de ser devorado por los salvajes o, por el contrario, de tenerse que casar con Milití, la hija de un jefe de tribu de Patagonia. Cierta vez, mien­tras están excavando un pozo, le sucede que por casualidad cae en el mismo ¡y va a parar a los antípodas! Así, en medio de las poesías de blancas hadas y de prince­sas rubias, de almenados castillos y jardi­nes encantados, de las soñadoras noches de luna y del Oriente fabuloso y fastuoso, la realidad trae, con Kasperle, la salud de su carcajada. Y también las ilustraciones y vi­ñetas que Pocci añadió a la publicación de la comedia, que continúan siendo preciosas indicaciones para su montaje, están inspi­radas en el mismo gusto y en el mismo es­tilo. En el teatrito adecuado que la ciudad de Munich construyó para «Papá Schmidt», algunas de las comedias continúan representándose hoy. Pero ya no es lo mismo. Era el teatro de tiempos de «Papá Schmidt». Y los tiempos han cambiado. «Papá Schmidt» ya no existe.

G. Gabetti