Digenis Akritas

Es el poema épico de Bizancio, redactado en la forma de que derivan las seis redaccio­nes griegas que han llegado hasta nosotros, en la primera mitad del siglo X, precisa­mente entre 928 y 944. La primera redac­ción, según un manuscrito de Trebisonda, fue publicada por C. Sathas y E. Legrand en París, 1875. La más importante es la de Grottaferrata publicada por Legrand en Pa­rís en 1882. El autor es desconocido: pro­bablemente un monje que quiso adaptar en sentido docto y áulico la materia de los cantos heroicos que en gran número se habían compuesto para celebrar a los vale­rosos soldados fronterizos (acrites) que de­fendían los confines continuamente amena­zados del imperio bizantino. El fondo del «epos» es la lucha secular entre bizantinos y árabes; el héroe es el hijo de una grie­ga y de un emir árabe.

«Digenis», precisa­mente, según una etimología popular, signi­fica de doble raza, mientras «Akritas» es el nombre de los guardianes de la frontera (acra). La primera parte del poema está dedicada al relato del rapto de la joven, madre de Digenis, por parte del emir, y a otras hazañas de éste; esta parte deriva seguramente de fuentes árabes. El poeta así, con un procedimiento muy distinto del épico, y más bien parecido al de la hagio­grafía bizantina, inicia «ab ovo» la vida de su héroe. Digenis, desde sus primeros años, da pruebas de extraordinaria fuerza. A los doce años se distingue en una cacería aho­gando a dos osos, alcanzando y dando muer­te a un ciervo y partiendo a un león en dos con su espada. Combate luego contra los apelates, bandoleros que infestaban lás regiones fronterizas y los vence y desarma a todos.

Enamorado de una doncella bellí­sima, hija de un estratega, la rapta y, des­pués de haber luchado victoriosamente con­tra el padre y los hermanos de ésta, que le habían perseguido con sus ejércitos, se casa con ella y va a llevar una vida soli­taria, entre luchas y aventuras, junto con su mujer, en las tierras fronterizas. Hace por sí solo una expedición contra los árabes, mata a un dragón que perseguía a su mu­jer, y combate una vez más a los apelates, coaligados contra él. Pero Digenis es tam­bién un gran amador. En una expedición contra los árabes se encuentra con una jo­ven, hija de un emir, que había sido aban­donada en el desierto por su amante, hijo de un estratega bizantino, a quien ella había librado de la cárcel. Digenis la toma bajo su protección y la conduce a su infiel amante, pero por el camino, inflamado por su belleza, la viola. Otra vez, en la lucha contra los apelates, combate contra una amazona, Máximo, aliada de éstos, la cual, vencida, se entrega al primer hombre que ha logrado derrotarla.

Pero Digenis, des­pués de haberla poseído, arrepentido y te­meroso de los celos de su mujer, la mata: el amor es sentido por él sólo como sen­sualidad y violencia, sin idealizaciones y a ello se opone el sentido del pecado, propio del bizantino. Digenis se retira por fin a la orilla del Eufrates, donde se construye un suntuoso palacio, en el que vivirá feliz con su amada. Pero, como todos los héroes populares, muere joven a los 33 años, junto con su mujer, que no puede resistir al do­lor de perderlo. Del Digenis Akritas existe también una redacción rusa, que se des­arrolla de un modo más simple y menos convencional que las redacciones griegas, y más conforme a los cantos populares. Produce la impresión de reflejar una for­ma del epos más arcaica y genuina. El va­lor poético del Digenis Akritas no es gran­de: el redactor docto ha debilitado la fresca vena de poesía de los cantos populares, na­cidos lejos del ambiente constantinopolitano, donde imperaba la tradición.

Con todo, este poema es la obra más original e im­portante que nos ha legado Bizancio. Nada hay en ella de los modelos antiguos; la inspiración del poema tiene sus fuentes en el sentimiento popular y sus raíces en el sentimiento cristiano, que es el más profundo del alma bizantina. Grandísimo es también su valor, histórico, pues nos muestra la vida de los grandes guerreros feudales que lucharon sin tregua por la de­fensa de la Cristiandad, y lo que esta lucha tenía de heroico y caballeresco, aventurero y violento. Finalmente, se encuentra en la obra un eco de la política de tolerancia y casi simpatía hacia los árabes, que Bizan­cio siguió con gran habilidad durante los últimos años del imperio de Romano Leca- peno.

S.Impellizzeri