Poesía Goliardica

Poesía «goliárdica» o poesía de los «clérigos vagabundos» (esto es, de los estudiantes que iban de universidad en universidad, ya por el deseo de escuchar a los maestros más gran­des y reputados, ya por disfrutar de una vida vagabunda y disoluta). Así llamó la crítica del siglo XIX a la «poesía rítmica latina profana» que nos han conservado algunas célebres colecciones reunidas en el siglo XIII (algunas de ellas también en el siglo XIV), pero que comprenden por lo general poesías del siglo XII: la colección «burana» (códice de la abadía de Benediktbeuern, ahora en la Biblioteca de Munich), la colección «arundeliana» (ms. 384 del British Museum), la colección «vaticana» (ms. Va­ticano lat. 4389), la colección «basilense» (ms. D. IV. L. de la Biblioteca Universitaria de Basilea), etc.

De todas ellas, la más co­nocida y la que se ha usado con mayor frecuencia es la de la Biblioteca de Munich; en efecto, los Carmina burana (v.) pertene­cen al patrimonio de conocimientos literarios de todas las personas cultas, no reservado al restringido mundo de los especialistas. El contenido de la poesía «goliàrdica» es múl­tiple; por una parte, la acerba sátira anti­clerical, que ataca especialmente a la Curia romana, pero también de modo general a obispos, prelados y monjes; por otra parte, la celebración de la naturaleza, del amor, de la alegría, de la vida despreocupada, de la taberna, del vino, del juego de dados. Tiene carácter profano y a menudo encendidos tonos sensuales: es la exaltación de la car­ne y de los placeres mundanos, ávidamente buscados y gozados.

Es, en suma, una poe­sía que se desarrolla «fuera» de la que pare­ció — y todavía lo parece a muchos — la espiritualidad dominante de la Edad Me­dia, mística y ascética, negadora de la vida presente, ansiosa de vida futura, turbada por preocupaciones ultraterrenas, y, en efec­to, a sus descubridores la poesía «goliàr­dica» pareció manifestación ante todo de aquellos espíritus y actitudes de los que resultó más tarde el gran movimiento del Renacimiento italiano del siglo XV; preci­samente Burckhardt piensa que son de origen italiano todas las poesías «goliárdicas», cuando en realidad son en su mayo­ría obra de poetas franceses y alemanes, especialmente renanos. El descubrimiento de la poesía goliàrdica se efectuó durante los primeros decenios del siglo XIX; los Du Méril, los Wright, los Grimm, los Schmeller, los Giesebrecht fueron los eruditos que primero se interesaron por aquella poesía.

Por interés romántico, la poesía goliàrdica es revelada a la cultura europea como pri­mera manifestación de una espiritualidad «popular», «laica», «profana», que va afir­mándose laboriosamente; obra ciertamente de «clérigos», pero de clérigos «rebeldes», que conscientemente, se evaden de la espiri­tualidad de la tradición clerical, y hasta se oponen a ella para interpretar el alma del nuevo pueblo, que ahora, ya en el siglo XII, se afirma como protagonista de la nueva historia espiritual. Clérigos rebeldes, pues, los goliardos, para la crítica romántica, su poesía, como la de los trovadores, si bien tiene forma y vestidura cultas, no se enlaza con la alta tradición de la cultura clerical, sino con la tradición popular, libre e inge­nua. Por lo demás, ya tres siglos antes de la época romántica los protestantes se ha­bían interesado por la poesía goliàrdica, pues de aquella poesía habían tomado espe­cialmente el contenido violentamente anti­clerical, y por ello la habían sacado del olvido y del silencio, y divulgado por me­dio de las imprentas.

En 1566 Matthias Flacius Illyricus publica en Basilea el Varia doctorum piorumque virorum de corrupto ecclesiae statu poemata, que es una colec­ción de poesías goliárdicas; y su título in­dica claramente que los acentos de la poesía goliàrdica habían llamado la atención del editor, el cual, en las violentas acusa­ciones de los goliardos a la Curia romana, insaciablemente voraz, y al clero católico, desordenado y mundano, vio la anticipa­ción de los motivos polémicos anticatólicos más populares de la Reforma; y por lo tanto ofrece el «canto rebelde» de los goliardos al público de los reformadores como tema de edificación. Los goliardos fueron protes­tantes anticipados… Importa, por lo demás, notar que como rebeldes a la Iglesia, como secta revolucionaria y peligrosa, en las fronteras de la herejía, fuera del orden y de la disciplina católica, habían sido ya juzgados los «clérigos vagantes» por los Concilios y por los Padres ortodoxos del siglo XIII que contra los goliardos lanzaron muchas veces los rayos de la interdicción.

Es más, en las fórmulas de los Concilios y de los escritores eclesiásticos del siglo XIII aparecen como representando casi una clase propia, un gremio o grupo regularmente constituido como secta. «Hemos decidido — decretan los Padres del Concilio de Roma dé 1231; y poco más o menos se encuentran los mismos términos en las actas del Con­cilio de Chàteau-Gautier del mismo año — que los ‘clérigos bellacos’ y especialmente los que se llaman ‘de la familia de Goliat’, se hagan rapar y afeitar, y esto quede al cuidado de los obispos, archidiáconos, oficiales y decanos de la cristiandad para que no quede en aquéllos la tonsura clerical; y así, lo que hagan sea hecho sin escándalo y peligro…». «De familia Goliae» parece que alude a una «secta», casi a una «orden».

Y precisamente como «secta» se representa la de los goliardos en las actas del Conci­lio de Salzburgo de fines del siglo XIII: «secta vagorum scholarium». En las mismas actas los vagantes son representados no sólo como bohemios disolutos, sino preci­samente como bandidos violentos y opre­sores, como canalla que, utilizando cualquier procedimiento, se procura los medios para una vida alegre: «van desnudos en pú­blico, duermen en los hornos, frecuentan los juegos, las tabernas, las cortesanas; se pro­curan la manutención por medio de delitos, usan de violencia en los monasterios, en las iglesias, con los clérigos…». En otros mo­mentos los «goliardos» son identificados con los «bufones» y los «juglares». Aventureros también éstos, disolutos y desenfrenados.

Esta identificación sugerida por documentos auténticos ha dado lugar a la interpretación ochocentista, por la que se representa a los goliardos — estudiantes pobres — como cléri­gos venidos a menos que buscan el sustento en la actividad juglaresca desarrollada al servicio de las altas clases clericales; de la misma manera que existían los juglares laicos que divertían a las cortes señoria­les entonando canciones en lengua vulgar, existían los juglares clérigos que, cantando en latín, divertían a las cortes clericales. En este orden de interpretación entra una propuesta etimología de «goliardo»; el tér­mino se referiría a «gula» y tendría un sig­nificado injurioso.

Goliardos = golosos. Y golosos de los placeres de la buena mesa y, en general, de todos los placeres mun­danos se nos muestran los juglares clé­rigos que como cantores y bufones sola­zaban las cortes y las asambleas clericales. Pero fue propuesta otra etimología, que hace derivar «goliardo» de «Goliat», el gigante bíblico vencido por David, con­siderado como rebelde y diabólico, como encarnación de las fuerzas del desorden, como enemigo de Dios, pero en otros as­pectos, como encarnación de fuerzas gene­rosas, aunque violentas, aplicadas a dejar de nuevo limpia la Iglesia de suciedades y miserias, a denunciar abiertamente la co­rrupción, las infamias, las debilidades de la carnalidad y de la concupiscencia en que había caído la prelatura; y ésta es la eti­mología que conviene a aquella interpre­tación, diríamos protestante y anticlerical, de la poesía goliàrdica, que hemos seña­lado. En realidad, en razón de su homofonía debemos tener presente que, en la con­ciencia medieval, las dos etimologías han venido fundiéndose y confundiéndose; por lo cual la Edad Media vio en el «goliardo» ya al «goliardo» o goloso, ya al seguidor de «Goliat», rebelde y agresivo.

Por esto, pre­cisamente, se explica la expresión de las actas sinodales de «familia Goliae» y, en efecto, a un mítico «Goliat», personificación de todo un mundo, se atribuyen, en muchos códices, los trozos goliárdicos más violentamente satíricos y anticlericales, y la crítica ochocentista ha llegado a identificar a este Goliat con Abelardo, al que San Bernardo, con su lenguaje violentamente polémico, llama «nuevo Goliat» precisamente por ser rebelde a la Iglesia. En realidad, Abelardo nada tiene que ver con esto, y de las poe­sías que algunos códices atribuyen al mítico Goliat, nosotros conocemos ahora, con pre­cisión y seguridad, los nombres de sus auto­res. Son poetas muy notables del siglo XII, e incluso algunos son conocidos por activi­dades distintas a la goliàrdica y figuras predominantes de la cultura y de la literatura de aquel siglo: Hugo, primado de Orleans; el Archipoeta de Colonia, Walter de Chàtillon (autor de la Alexandreida, v,), Serlon de Wilton, Philippe le Chancelier.

Son es­tos autores, junto con los trovadores pro­venzales, los primeros poetas líricos que hubo en el mundo moderno y su poesía, a pesar de estar estrechamente ligada a la tradición escolástica clasicizante, represen­ta casi una insurrección contra el acade­micismo de la tradición: la realización — consciente, intencionada — de formas nue­vas de arte, más libres, más desenvueltas, más verídicas. En otras palabras, la poesía latina del siglo XII llamada goliàrdica es la expresión de un gran movimiento lite­rario renovador, que en cierto modo se empareja con el movimiento trovadoresco. Estos líricos latinos del siglo XII son me­nos radicalmente innovadores que los líri­cos provenzales del siglo XI y XII, porque los trovadores se atreven, aun haciendo uso de todos los modos técnicos de la tradición, a repudiar el instrumento tradicional de la expresión literaria, el latín, al cual, en cambio, los goliardos permanecen fieles: aunque debemos convenir en que el latín de los goliardos es infinitamente más ágil, esbelto y moderno que el de los poetas de las épocas carolingia u otoniana.

No se puede entender, verdaderamente, la poesía «goliàrdica» si no se la refiere a la reno­vación de la cultura y del gusto, que es el gran acontecimiento de los siglos XI y XII; esto es, si no se abandonan resueltamente las posiciones de la crítica protestante y romántica, renunciando por una parte a juzgar características y esenciales las no-tas anticlericales de aquella poesía, y por otra a presentar como fundamental el tono popular. La sátira antieclesiástica es «uno» de los temas, y no el más nuevo, de aque­lla poesía; su tono es absolutamente lite­rario. Tampoco se pueden reconocer exac­tamente los modos y la esencia de la poesía que nos han conservado Tas colecciones que hemos recordado si se la refiere, como han hecho los críticos del siglo pasado, a un ambiente del todo nuevo, al mundo de los «escolares vagantes» de las universida­des surgidas en el siglo XII. En realidad, la poesía «goliàrdica» está colocada dentro del marco de la tradición literaria esco­lástica de la Edad Media; demuestra una profunda renovación de la tradición, pero manifestando actitudes completamente nue­vas, del todo independientes.

Puede haber sido llevada de ciudad en ciudad, de uni­versidad en universidad por «escolares va­gantes»; pero no es obra de ellos. Es la poesía de los grandes literatos, vinculados al mundo de la escuela, que dice, cierta­mente, palabras nuevas, pero que provie­ne estrechamente de la tradición literaria escolástica. Las compilaciones goliárdicas que hemos recordado son, por lo demás, en la historia literaria medieval, cosas nue­vas: se excusan en una tradición que es muy remota. En la época inmediatamente precedente a la que nos ocupa se coloca la compilación «cantabigense» (siglo XI), así llamada porque su manuscrito se conserva en la biblioteca de Cambridge; pero aunque su compilador sea anglosajón, una buena mitad de las piezas que contiene el códice resulta ser de origen renano. Son cuarenta y nueve poesías rítmicas en forma de se­cuencia, pero de argumento unas veces serio y otras jocoso; algunas acompañadas de los «neumas» de la notación musical. De las cuarenta y nueve piezas, algunas están extraídas de poemas clásicos, de Estacio, de Virgilio, de Horacio; otras son composiciones narrativas, que nos recuerdan el espíritu y el tono de los Fabliaux (v.); las composiciones líricas que no son de tema religioso tienen un contenido por lo general erótico.

Dos, muy conocidas — O Admirabile Veneris idolum y Jam dulcís amica venito —, son obra de poetas veroneses del siglo X. Ahora bien, esta recopi­lación cantabigense no es diferente en su estructura y en su contenido de otras com­pilaciones más antiguas de poesías rítmi­cas. La más antigua es la «Sangalesa» — de Saint Gall — del siglo VIII; otras fueron recopiladas entre los siglos VIII y XI en los diversos centros culturales del Occi­dente, en Verona y en Fulda, en San Mar­cial de Limoges y Tréveris y en Bamberg, y entre ellos existen relaciones que no es necesario precisar. Bastará decir que mien­tras algunas poesías se encuentran sólo en uno de los florilegios que hemos considerado, y son, por ello, seguramente, producto local, otras se encuentran en muchas compilacio­nes y documentan las relaciones entre los diversos centros o, mejor dicho, atestiguan la unidad esencial del ambiente en que las poesías y las compilaciones tuvieron gran circulación; y ese ambiente es el de la escuela, dominado por la cultura clasicizante.

En realidad, todas estas compilacio­nes parecen formadas de componentes naci­dos en la escuela: ya se trate de ejercicios de escolares particularmente dotados y considerados dignos de ser conservados y transmitidos para que sirvieran de modelo y fueran objeto de lecturas y estudios, ya se trate de obras de maestros ilustres de la escuela: literatos expertos y maduros y, a veces, también, verdaderamente poetas, cuyas creaciones se ofrecen en las compila­ciones tanto al interés de los amadores de poesía, como a la atención de los «aprendi­ces» que con el ejemplo de aquellos textos han de educar su estilo. Las composiciones narrativas son ejercicios de escolares o ejemplos de maestros «plaisants» que se ofrecen en estas compilaciones; y son en­sayos de estilo «desusado» («elegiaco», se decía también, dada la cualidad del metro empleado; y las «comediae elegiacae» son precisamente breves refundiciones narrativas de las antiguas comedias), que en las escue­las medievales se enseñaba con no menos meticuloso cuidado que el estilo «sublime» de la alta lírica, de la alta «tragedia».

Desarrollo de un tema escolástico es tam­bién el llamado «canto de las escuelas», con­servado en un códice de la biblioteca capi­tular de Módena, así como infinitas más que podríamos recordar y no han entrado en los florilegios. La tradición antológica de la poesía tiene un origen muy remoto, ya documentado por la Anthologia latina (si­glo VII), la cual tiene antecedentes mucho más remotos; y el editor de la Antho­logia reconoce su primer ejemplo en el Sacrum libellum, compilación de varios poetas que Calvo envió a Catulo, provo­cando su clamorosa y burlona protesta. En suma, la poesía «goliàrdica», «creación nue­va» del siglo XII, es uno de tantos mitos románticos. Poesía no diversa de la que fue llamada goliàrdica resuena en ^oda la tradición escolástica. Motivos profanos junto a los religiosos, se hallan en toda la poesía rítmica latina, también florecida en el ambiente de la Edad Media. El tema del amor señorea en gran manera toda aquella poesía, y no faltan en ella motivos imperti­nentes, «plaisants» y aun gruesamente obs­cenos. En la Edad Media no ha existido nunca neta distinción entre sagrado y pro­fano; por otra parte, en cuanto a la natura­leza festiva de muchas poesías, es menester no olvidar que las ceremonias profanas ale­gres y burlescas forman parte integrante de la vida escolástica hasta en la alta Edad Me­dia, en el Laterano como en Fulda, en Reichenau como en Saint Gali.

También las es­cuelas clericales de la alta Edad Media tuvieron sus recreos y sus diversiones, y basta recordar la «Cornomanía», la fiesta del sábado «in albis» que celebraba la «Schola cantorum lateranensis», durante la cual el director de la escuela, vestido con una túnica y ceñida la cabeza de una corona de «floribus cornutis» (esto es, de florecillas campes­tres, que son las primeras en abrirse al co­mienzo de la primavera), entonaba, con los alumnos, con el clero y con el pueblo, una loa en latín helenizante en honor del pontífi­ce: loa que es un himno a la primavera, no diversa, en su tono, de los himnos litúrgicos de los oficios pascuales, que celebran el re­nacimiento de la naturaleza que resucita con Cristo. Tampoco la sátira anticlerical es en la Edad Media sólo cosa del siglo XII, y en cuanto a la mujer y al amor bastará recor­dar las poesías de la compilación de Ripoll, todas eróticas, que preceden en más de un siglo a los Carmina burana.

Una poesía go­liàrdica completamente nueva, reflejo de una situación espiritual del todo distinta, es, lo repetimos, un mito romántico. Algo nuevo hay en la poesía «goliàrdica», pero sólo la nueva actitud del gusto, una entona­ción antiacadémica más libre de prejuicios, pero que no es una franca revolución consciente contra la tradición, y además hay esto: que los del siglo XII son, más que sus predecesores, verdaderos poetas y que saben decir grandes palabras y crear grandes imágenes.

A. Viscardi

*    Puede haber contribuido a alimentar el mito romántico, bajo cierto aspecto, la cir­cunstancia de que algunas de las antiguas poesías goliárdicas — por ejemplo Gaudea­mus igitur en el texto latino o en la versión alemana (cfr. la de Günther, Bruder, Lass uns fröhlich sein) o en ambas formas — han entrado a formar parte de los Kom­mersbücher, las colecciones de cantos de la más diversa procedencia, que desde el final del siglo XVIII fueron recopiladas para el «regocijo canoro» de las «Tischgesellschaf­ten», tan predilectas en todas las épocas alemanas y — especialmente — por los «Kom­mers» (o reuniones sociales, del latín «com­mercium») de los estudiantes que se re­unían para beber y cantar en sus rituales banquetes nocturnos. La más antigua en­tre las colecciones publicadas que conoce­mos es la compilada con el título Studen­tenlieder — sin acompañamiento de notas musicales — del «Magister» C. V. Witzleben; contenía solamente 63 canciones — algunas antiguas, otras más recientes, algunas tam­bién del propio autor de la compilación—, y solamente 28 eran verdaderos y auténticos «trinklieder»; pero el propio Witzleben de­seaba que su compilación «pudiera aumen­tarse por sí misma con el tiempo». En reali­dad fue muy pronto reanudada, enriqueci­da y ampliada por otros, y ya en 1801 W. Schreider integraba y completaba el Kom­mersbuch musicalmente con una transcrip­ción para piano de las Melodien der besten Kommerslieder. La primera recopilación que llevó explícitamente el título Kommers­buch es la preparada en 1815 por Gustav Schwab en Tubinga, por iniciativa de la Asociación estudiantil «Romántica» — Neues deutsches allgemeines Kommers und Lie­derbuch —; ya por la selección, ya por el estilo de los textos, es el verdadero Kom­mersbuch romántico, y tuvo — durante de­cenios — difusión nacional, aunque una docena de otras compilaciones también se sucediesen hasta el año 48, entre ellas las de tendencia francamente patriótica y libertaria de las «Burschenschaften», antes que éstas fuesen declaradas «un peligro para el Estado» y — por lo menos oficialmente — suprimidas. Un nuevo reflorecimiento hubo también, a continuación, en la época de Bismarck, cuando las «Körperschaften» y las «Verbindungen» estudiantiles — favoritas de la atmósfera poeticopatriótica de aquel tiempo — crecieron cada vez con mayor lo­zanía. Allgemeines Reichs- Kommersbuch [«Kommersbuch» general del «Reich»] titu­ló orgullosamente, en 1875, su colección Müller von der Werra, después de la fun­dación del Imperio. Y la compilación en nuevas ediciones — al cuidado de M. Rauprich, F. Dahn, O. Reinecke — tuvo tam­bién buen éxito. Pero el XIX fue el siglo del romanticismo y de la burguesía, y la compilación que vino inmediatamente des­pués y siguió siendo hasta ayer la predilecta, es la burguesa romántica, que del nombre de la ciudad donde está impresa — Lahre en el Baden — lleva el significativo título de Lahrer Bibel. Su verdadero título es Allge­meines deutsches Kommersbuch; esta com­pilación, promovida por el editor Schenenburg, con la colaboración musical de los compositores Friedrich Silcher y Friedrich Erk, se publicó en primera edición en 1858. Respira el espíritu de la «vieja Heildelberg» — el espíritu de la «Burschenschaft», al cual habían pertenecido Scheffel y Reu­ter—, y no desdeñó escribir su prefacio el viejo Arndt. Fuera de las «Uniones de Estudiantes Católicos», las cuales se atuvie­ron a su propio y más seleccionado Deutsches Kommersbuch (1876) —a cuyos textos, desde la 7.a edición en adelante (1896), Cari Reisert concedió a menudo con sus investi­gaciones un valor de edición crítica—, casi todas las asociaciones estudiantiles hallaron reflejado su espíritu, de diversas maneras, en la Lahrer Bibel. Y las ediciones continua­mente revisadas y aumentadas se sucedieron ininterrumpidamente; la 135, publicada en 1925 y preparada por Edward Heyek, contie­ne más de 800 cantos, y es una especie de «Corpus» de la que toda asociación sacaba sus propias «selecciones», según sus particu­lares tendencias. Pero todo esto tiene muy poco que ver con la poesía goliàrdica medie­val. Una compilación como la Lahrer Bibel va, por el contrario, más allá del propio «es­píritu regocijador» de la vida estudiantil; es el alma de un pueblo reflejada con sus gustos tradicionales en la alegría del canto.

G. Gabetti