PELAGIANISMO

Es una concepción particular de la vi­da religiosa y ética, que toma el nombre de su máximo patrocinador, el monje britano Pelagio, probablemente de origen irlandés, quien, junto con sus discípulos Julián de Eclano y Celestio, la defen­dió en la primera mitad del siglo V, en abierta polémica con San Agustín, el cual tuvo ocasión de precisar, contra él, aquella doctrina de la gracia que estaba destinada a quedar como normativa en la tradición del cristianismo hasta la épo­ca de la escolástica. Las ideas de Pelagio — personalidad sobradamente conocida en la sociedad aristocrática de Roma a principios del siglo V, hombre de vivo inge­nio, aunque desprovisto de una profun­da cultura —, en el momento en que cho­có con San Agustín, nos son reveladas con toda claridad en su famosa carta A Demetriades (v.) y en sus Exposicio­nes de las Epístolas de San Pablo (v.).

En la carta a Demetriades, Pelagio des­arrolla la idea de la esencial bondad de la naturaleza humana en la cual existi­ría una cierta santidad natural capaz de ejercer el juicio del bien y del mal. El mal no es pues inherente al hombre, creado por Dios a su imagen y semejan­za, señor de todos los seres creados, defendido contra las fuerzas brutales de la naturaleza per su razón y su prudencia. Pero también ante Dios el hombre es perfectamente libre. Primer cuidado de aquel que quiere ser grato a Dios es el de indagar su voluntad y conformarse a ella, en sus propias acciones, con un ac­to voluntario y libre de su espíritu.

En el comentario a las Epístolas (v.) de San Pablo, las doctrinas soteriológicas paulinas son sistemáticamente interpre­tadas a base de este programa moral que situaba el individuo humano como cen­tro único de la vida ética y libre creador del bien y del mal. En el comentario a la Epístola a los romanos (v.) Pelagio se esfuerza en atenuar tanto como puede las tesis soteriológicas del apóstol. Allí don­de éste habla de la redención “por medio de la fe, sin las obras de la ley”, él se apresura a señalar el abuso hecho de este pasaje por parte de los que afirman que la sola fe puede bastar al bautizado; don­de S. Pablo afirma que Cristo ha resucita­do para “justificarnos”, él entiende “para confirmar la justicia de los creyentes”.

El pecado de Adán no ha perjudicado en nada la bondad de la naturaleza humana, sino que sólo ha ofrecido al hombre un ejemplo de pecado; como, siguiendo el ejemplo de Adán, el hombre ha peca­do y se ha alejado de Dios, así, siguiendo el luminoso ejemplo de Cristo, el hombre había comprendido de nuevo cuál es la recta senda del bien y se había reconciliado con Dios. En consecuencia, nega­ción del pecado original, al menos como culpa que ha dañado irremediablemente, en el pecado de uno, la capacidad de obrar bien de la humanidad entera. Con­tra los que afirman la transmisión del pecado, Pelagio observa que, si el peca­do de Adán daña también a los no peca­dores, del mismo modo la justicia de Cris­to ha de ayudar a los no creyentes. Si el bautismo, por lo demás, lava aquel deli­to, los que nacen de dos bautizados de­bieran estar inmunes de este pecado, ya que no han podido transmitir a los hijos lo que ellos no tenían. Muy lejos de con­cebir el pecado como algo inmanente a la vida asociada de los hombres, Pelagio interpreta el conocido pasaje de San Pa­blo (Rom. VII, 15-17), afirmando que el pecado habita, sí, en nosotros, pero “co­mo un huésped, como algo extraño”, ya que la naturaleza humana “podría no pe­car, si quisiera”, y la predestinación de Dios es sólo presciencia.

La tentativa de Pelagio consistía, pues, en substancia, en dar una base religiosa y cristiana a una concepción totalmente racionalista, autonomista de la vida ética: concepción que se resolvía en la práctica, si no formalmente, en una ne­gación de la idea cristiana de la salvación obtenible gracias a los méritos y a las virtudes redentores de Cristo, y que por tanto no dejaba lugar alguno, a causa de sus mismos presupuestos individualistas, a la concepción de la Iglesia como admi­nistradora de sacramentos.

Es inútil indagar históricamente la gé­nesis y las fuentes de semejante postu­ra, que no era, en el fondo, característi­ca de Pelagio, sino que era la actitud, aunque sólo fuera como tendencia, de amplios estratos de la población cristia­na de entonces. Pelagio no es un ini­ciador, sino más bien la expresión de una tendencia difusa un poco en todas partes independientemente de toda propaganda directa; en particular no debe extrañar la actitud singular adoptada por el cris­tianismo oriental ante la controversia pelagiana. El cristianismo oriental iba po­larizando cada vez más sus intereses hacia los más arduos problemas de la me­tafísica y, así como en otra ocasión el Occidente había considerado las polémi­cas arrianas casi como mercancía de im­portación, así ahora el Oriente asistía con una cierta indiferencia a la controver­sia pelagiana, extraño a los problemas morales relativos al hombre y a su pues­to en el mundo que fueron vida y tor­mento del cristianismo latino; había algo en el cristianismo griego que lo lleva­ba a simpatizar, más que con nada, con el límpido racionalismo ético de Pelagio, con su rígido intelectualismo, con su pro­grama ascético todo él transido de orgullosa certeza. Nos limitaremos ahora a señalar las etapas principales de la polémica.

Cuéntase que, oyendo a un obispo pro­nunciar la famosa invocación a Dios en las Confesiones (v.) de San Agustín (“da quod iubes et iube quod vis”: da lo que mandes y manda lo que quieras), Pela­gio, entonces en Roma, mostróse profun­damente escandalizado; pero el inciden­te no tuvo consecuencias. A raíz de la in­vasión de los godos de Alarico, Pelagio buscó refugio primero en Sicilia y des­pués en África donde llegó hacia 410- 411. Desembarcó en Hipona y siguió ha­cia Palestina dejando en Cartago a su “alter ego”, Celestio. Éste, espíritu bata­llador, a diferencia de su maestro, y su­til dialéctico, no rehuía la polémica, y no tardó en manifestar públicamente sus ideas. No pasó mucho tiempo de su lle­gada a Cartago sin que fuera presentada contra él una denuncia formal de here­jía por parte de un diácono milanés re­sidente en África, Paulino, el biógrafo de San Ambrosio. El concilio provincial, a pesar de la ausencia de San Agustín, se reunió inmediatamente (411) y conde­nó como heréticas seis proposiciones de Celestio sacadas de su libro Contra traducem peccati e incluidas por Paulino en su escrito de acusación. Celestio in­tentó, parece, recurrir a Roma, pero des­pués creyó mejor alejarse de Cartago. Refugiado en Éfeso, fue ordenado pres­bítero, a pesar de la reciente condena.

Entretanto Pelagio, llegado a Jerusalén, supo conciliarse pronto el favor de mu­chos y encontró en el propio obispo Juan un protector decidido. San Agustín, al enterarse de los he­chos, quiso pronunciarse en seguida; pri­mero casi con una cierta retención, y más abiertamente cuando le hubo llega­do a las manos (hacia 412) el comenta­rio de Pelagio a San Pablo, e inició la polémica destinada a esclarecer para siempre la incompatibilidad de la con­cepción religiosa pelagiana con los he­chos centrales de la revelación cristiana.

Por lo demás, en Palestina las hostili­dades habían sido ya iniciadas por San Jerónimo en una de sus Epístolas (v.), la dirigida a Ctesifonte. Cuando en el 415 llegó a Belén Paulo Orosio enviado por San Agustín a San Jerónimo, la po­lémica se exacerbó, y el obispo Juan se vio forzado (julio de 415) a someter la cuestión a la asamblea del clero. Pelagio, muy hábilmente, salió del juicio moral- mente vencedor. Pero San Jerónimo y Orosio no se desarmaron. Asociados a los dos obispos Eros de Arles y Lázaro de Aix, refugiados en Palestina, indujeron a éstos a presentar un recurso regular. En el Concilio de Dióspolis (Lidda) de di­ciembre de 415 los dos acusadores no comparecieron y Pelagio fue reconocido digno de la comunión, a pesar de haber sido obligado a anatemizar a todo el que sostuviera las proposiciones condenadas en Cartago.

El Papa Inocencio fue in­formado de la cuestión, pero su respues­ta no entró en el fondo de la causa: que San Jerónimo si lo creía oportuno, pre­sentara un recurso en regla. En África se reunieron dos concilios (416), en Car­tago y en Milevi; las sentencias que re­novaban las condenas de 411 pero no afectaban personalmente a Pelagio, fue­ron comunicadas a Inocencio. Inocencio contestaba en 28 de enero 417; la doctri­na de los africanos era aprobada, Pela­gio y Celestio quedaban excomulgados. Pero no cesaron las controversias. El 12 de marzo de 417 Inocencio moría y el 18 le sucedía Zósimo. El nuevo papa que, a lo que parece, era griego u oriental y pronto había de revelarse como ardiente defensor de las prerrogativas de la sede apostólica, se inclinaba a mirar con una cierta desconfianza la actitud demasiado autónoma de los obispos africanos.

Lo cierto es «que, después, de escuchar las justificaciones de Celestio, venido a Roma para disculparse desde Constantinopla, donde se había trasladado, escribió a los obispos africanos dos cartas afirmando que Pelagio y Celestio eran evidente­mente víctimas de calumnias, que la or­todoxia de Pelagio no podía ponerse en duda; en cuánto a Celestio el papa no quería pronunciar una sentencia precipi­tada y concedía dos meses de tiempo para presentar una acusación contra él. Los africanos volvieron a la carga: un primer Concilio de Cartago (otoño de 417) apeló nuevamente a la sentencia de Ino­cencio. Las decisiones fueron comunica­das a Zósimo, quien dio a entender que volvería un poco sobre sus pasos: nada definitivo había sido sancionado y a él le satisfacía oír el parecer de los africanos. Éstos, cuando llegó a Cartago la carta del papa (29 de abril de 418), habían ya convocado para el 1.° de mayo el concilio general del África. Fueron aprobados nueve cánones (cfr. Patrol. Lat. LVI, col. 486 sig.) redactados de manera que no dieran lugar a equívocos.

Las decisiones fueron enviadas al papa con una carta. Pero, entre tanto, San Agustín y el obispo de Cartago habían presionado la corte de Rávena para que interviniera. Con un rescripto de 30 de abril del 418 el emperador Honorio in­timaba al prefecto del pretorio a expul­sar de Roma a Pelagio (que en realidad se había quedado en Oriente) y a Celestio, quienes con sus doctrinas turbaban la paz de la ciudad eterna. Zósimo redac­tó un extenso documento (la Tractoria) en el cual Pelagio y Celestio eran exco­mulgados y sus doctrinas condenadas; todos los obispos de Occidente y de Oriente eran invitados a suscribir la con­dena.

Celestio, parece, huyó de Roma; Pela­gio fue expulsado de Palestina. Desde en­tonces no se tuvieron más noticias de él. Pero todavía hubo viva resistencia a la condena de Zósimo, mostrando clara­mente cuán difundido estaba el mal. Así, omitiendo otras cosas, muchos obispos del patriarcado de Aquileya adoptaron una posición netamente pelagiana. Así 18 obispos de la Italia meridional y de Si­cilia, capitaneados por Julián, obispo de Mirabella Eclano (Benevento), amigo de Paulino de Ñola y del propio San Agus­tín, se negaron a suscribir la Tractoria y fueron depuestos y desterrados. Nació de aquí aquella polémica entre San Agustín y Juliano que había de poner en evidencia el extremismo de ciertas actitudes agustinianas, destinadas a pro­vocar la reacción de algunos ambientes eclesiásticos de la Galia meridional, en la que tomó cuerpo el movimiento conocido como Semipelagianismo. Pero, además de la Galia, donde el mismo Sulpicio Seve­ro se dejó seducir por un momento por las ideas pelagianas, el Pelagianismo se difundió más allá del Canal de la Man­cha, en Gran Bretaña, por obra de Fas­tidio y de Agrícola (Germán de Auxerre se encargará de reconducir la isla a la ortodoxia) y en Irlanda. Por lo demás, la acogida que Juliano y sus compañeros encontraron en Oriente, primero junto a Teodoro de Mopsuestia, después en Constantinopla junto a Nestorio, muestra cla­ramente cómo el Oriente simpatizaba con esta actitud herética.

Mario Niccoli