MODERNISMO LITERARIO

En la historia de la literatura de len­gua española se llama “Modernismo” a un movimiento poético que se extiende a toda el área geográfica de habla caste­llana durante las postrimerías del si­glo XIX y comienzos del XX. Este es el sentido más estricto de la palabra “Mo­dernismo” en lengua española y el que aquí trataremos de explicar, pero con­viene recordar para evitar posibles con­fusiones que con el mismo nombre de Modernismo se designa una orientación, no ya sólo poética e hispánica, sino es­tética así como religiosa, europea y aun universal, coetánea del Modernismo con­creto de la poesía y de la literatura his­panoamericana y española, de que vamos a ocuparnos. Entre ambos extremos en la amplitud comprensiva de la palabra, con frecuencia se usa el término Mo­dernismo con valores intermedios, es de­cir, queriendo designar no sólo el mo­dernismo de la poesía en verso, sino el de la prosa, el teatro, la arquitectura, la indumentaria, la decoración, el dibujo o la escultura. En este sentido más amplio si bien exclusivamente estético, el Mo­dernismo no pertenece únicamente a la cultura hispánica, sino que se encuentra con semejantes características en la fran­cesa, inglesa, italiana o alemana.

Porque la palabra “Modernismo” de la lengua española se corresponde con su traducción exacta en otras lenguas eu­ropeas en cuyos léxicos figura, o con equivalencias, como la del “modem estile”. Derivada de “moderno” —indicando su voluntad de serlo como programa cuando se acepta por los mismos artistas o con la intención denigratoria y cari­caturesca para echarla en cara a los nue­vos poetas por los tradicionalistas y con­servadores de los hábitos realistas y na­turalistas — la palabra lleva implícita su dependencia del doble sentido del adje­tivo “moderno”, como opuesto a antiguo y como derivado de “moda”, es decir, novedoso, a la última. Según el artista consciente recabe el orgullo de llamarse o de que le llamen “Modernista” porque su obra nazca viva, nuevamente creada y fiel a su época, o —más frívolamen­te — con la preocupación de ir vestida a la moda, el modernismo de cada moder­nista aspirará a perdurable y clásico fu­turo o se quedará en efímero y rápida­mente pasado de moda, envejecido.

Enfocando ahora rigurosamente el “Modernismo” de la poesía en lengua española, vemos cómo su voluntad de ser moderno, su anhelo de renovación, se manifiestan particularmente intensos y acelerados porque los poetas adscritos a la escuela o movimiento, espontánea e individualmente primero, con concien­cia de grupo más tarde, sienten el atra­so relativo de las letras españolas fren­te a las europeas en lo que a direcciones estéticas más puras y ambiciosas y co­rrelativas técnicas de rica matización se refiere. Entonces sucede que algunos jó­venes poetas de diversos países hispano­americanos, desengañados del magisterio ya atrasado que la metrópoli de la len­gua puede ofrecerles, y fascinados en cambio con el brillo de estéticas, poé­ticas y realizaciones poemáticas en len­gua inglesa, italiana y sobre todo france­sa, ensayan modernizar la lengua espa­ñola y la sensibilidad literaria y poética de sus artífices y lectores y adaptar al castellano las escuelas poéticas postrománticas: el “Parnaso” y el “Simbolis­mo” francés, singularmente.

Hay que ponerse al día y ganar en unos pocos años medio siglo de retraso, agravado por el modesto nivel del romanticismo español y del que a imitación suya pren­dió en los patriarcas de la poesía ame­ricana de la Independencia. A la vez en la misma España no faltan poetas insa­tisfechos con la retórica altisonante o con el realismo menudo, o con el ro­manticismo sentimental en boga ha­cia 1880, los cuales, si bien con más ti­midez que los de América, inician tam­bién el neologismo mental o estilista. Pero en España faltaba un factor im­portantísimo que da al “Modernismo” hispanoamericano toda su profunda significación: la intención diferencial de lo americano contra lo español, la rebe­lión contra el casticismo, el deseo de abrir ventanas y de acentuar la perso­nalidad americana apoyándose por el momento en el ejemplo de los grandes poetas universales y, sobre todo, en los franceses con sus doctrinas y sus poe­mas más o menos actuales y esplenden­tes. El rompimiento espiritual con Es­paña no es completo ni decisivo ni podía serlo, dependiendo ambos mundos del mismo tronco común y usando el mis­mo instrumento lingüístico.

Pasados los primeros años y desahogadas las prime­ras promociones del “Modernismo”, lo­grada la renovación del léxico, del rit­mo y de las intenciones estéticas, afirma­da la autonomía de Hispanoamérica (que empieza a denominarse con implícita ofensa a lo hispánico “Latinoamérica”) y por primera vez en la historia antici­pándose e influyendo las letras america­nas en las españolas, el Modernismo triunfa y al refluir la nueva poesía de América sobre España, se activa el in­cipiente Modernismo ibérico y florece una generación de modernistas españoles que aprenden, ya de los hispanoameri­canos, ya directamente de los franceses y que asimilan de la nueva poética todo lo compatible con la tradición y sensi­bilidad de una lengua, de una tierra y de un espíritu que no pueden tan fácil­mente anularse o reducirse. El Modernismo en España es por eso menos du­radero y menos escandaloso y agudo que en las repúblicas americanas y los mayo­res poetas modernistas de España sólo son fieles al Modernismo en los años juveniles, y luego cada uno afirma su per­sonalidad, más sobria pero también más liberada y diestra, gracias a la experien­cia técnica modernista.

No todos los críticos, tratadistas y poe­tas que lo vivieron están conformes con que el origen y dirección del modernis­mo sea americano y con que el moder­nismo español resulte dependiente de él, pero sí casi todos, y nos atenderemos a la opinión dominante que creemos es la justa. Otros expositores engloban den­tro del Modernismo español la literatura ideológica y fundamentalmente prosista de la llamada “Generación del noventa y ocho” (v.), pero en general se suele distinguir un grupo de otro y reconocer que aunque coincidentes en el tiempo y superpuestos más o menos temporalmen­te en las individualidades de los escrito­res, son movimientos distintos y sólo coincidentes en su programa negativo, en su combate y disconformidad con lo viejo y caducado. A Miguel de Unamuno, por ejemplo, resulta arbitrario in­cluirle entre los modernistas.

Dura el Modernismo lo que suele du­rar un movimiento poético, lo que dura la obra de una generación, la distancia entre dos generaciones, o sea, unos trein­ta años. Los primeros síntomas empie­zan a aparecer hacia 1880. Después de la guerra europea de 1914-1918, el Moder­nismo puede darse por liquidado, aun­que siempre queden rezagados en am­bientes provinciales que prolonguen las maneras modernistas y, aunque en cier­to modo, incorporadas sus conquistas ex­presivas, el Modernismo se sobreviva fundido con otras ambiciones y noveda­des en la marcha incesante hacia el fu­turo. Podemos distinguir cuatro etapas sucesivas.

Iniciación: de 1880 —primeras poesías de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) — a 1888.
Afirmación: de 1888 — publicación de Azul… de Rubén Darío (1867-1916) — a 1896.
Plenitud: de 1896 —Prosas Profanas de Darío — a 1905.
Fatiga y disolución: de 1905 — Cantos de Vida y Esperanza de Darío — hasta la fecha de la muerte del mismo poeta, en 1916.

Tomamos, como se ve, fechas de la vida y .obra de Rubén Darío que es el capitán indiscutible de la escuela. Pero antes de afirmarse su capitanía, transcu­rrió una década, la penúltima del siglo aproximadamente, que es más bien un período instintivo de ensayo, inquietud y misteriosa coincidencia entre poetas sin que apenas o en absoluto, se conozcan recíprocamente. El más madrugador es el mejicano Gutiérrez Nájera, finísi­mo poeta, alguna de cuyas poesías juve­niles como “La Duquesa Job” (1884) pre­senta ya caracteres inequívocos de lo que después se llamará modernismo. Al­gunos años más tarde y coincidiendo más o menos exactamente con la pri­mera floración modernista de Rubén Darío, otros poetas como el colombiano José Asunción Silva (1865-1896), el cu­bano Julián del Casal (1863-1893) y el español Salvador Rueda (1857-1933) apun­tan claros síntomas que luego han de reconocerse como esenciales al nuevo movimiento. Suelen citarse en este pe­ríodo otros poetas españoles como Manuel Reina (1856-1905) y Ricardo Gil (1855-1928) y americanos como el cubano José Martí (1853-1895) y el mejicano Sal­vador Díaz Mirón (1853-1928), pero su adscripción al Modernismo es menos clara que la de los anteriormente ci­tados.

Veamos ahora cuáles son las notas ca­racterísticas del Modernismo, tal como lo encontraremos en el momento de su plenitud, en el período central de la poesía de Darío y de sus amigos y dis­cípulos, entre Prosas Profanas y Can­tos de Vida y Esperanza.

Empezando por lo más visible, exte­rior y sonoro, notamos en seguida una intensa y fecunda renovación métrica. Ya el Romanticismo había ampliado los recursos métricos con el uso continuo de la polimetría, con los alardes de las es­calas métricas crecientes y decrecientes y el renovado empleo de versos abandonados hacía siglos. Pero el Modernismo va mucho más lejos y siguiendo el ejem­plo de la métrica francesa simbolista y del verso libre, llega hasta el verso ab­solutamente libre, pasando por el elás­tico y flexibilizando los esquemas tra­dicionales o afrancesados. Se utilizan con fruición los versos formados con plu­ralidad de pies de tres, cuatro o cinco sílabas, los divididos en hemistiquios cuya cesura intermedia a veces se borra, y se naturalizan definitivamente metros tenidos por inaceptables y contrarios al genio prosódico de la lengua, como el eneasílabo con acentuación libre. Por eso uno de los frentes en que la batalla modernista y el furor polémico son más enconados es este de la métrica y la acu­sación de inarmónicos se reitera con ob­cecación por parte de los oídos más ce­rrados y cerriles en la rutina.

Otro aspecto igualmente visible del Modernismo es el del léxico. Como todas las escuelas poéticas, el Modernismo in­venta o pone de moda un caudal de pa­labras favoritas y al neologismo culto griego o latino, según un gusto que se diría heredado del gongorismo pero con un sabor moderno muy singular, se aña­de el barbarismo de lenguas modernas, sobre todo del francés o del inglés; uno y otro salpican la vieja lengua con sus detonantes brillos, sugestiones esdrújulas y escándalos cosmopolitas, sin que falten tampoco los arcaísmos de vocabu­lario o de acepción muy etimológicos y sabrosos. En general esta renovación lé­xica no persigue la precisión ni, natural­mente, la propiedad o casticismo, sino el prestigio del vocablo que ha de lucir como una piedra preciosa engastada en un anillo rico y suntuoso, la calidad aris­tocrática del verso. El Modernismo es radicalmente un movimiento aristócrata y precisamente por serlo, así como el Simbolismo francés, había tenido su com­pensación prosaica en el naturalismo de la novela. El Modernismo español ha­llará su contrapartida en el cultivo con­temporáneo de la poesía, teatro y lite­ratura regional, dialectal y plebeya.

Es también el Modernismo una ten­dencia de raíz estética y estetizante. Afirma la creencia en la Belleza y la abso­luta independencia de toda idea moral, pedagógica o utilitaria. La enseña de “el arte por el arte” aprendida en otras es­téticas, él la pasea orgulloso, sin que nie­gue a sus adeptos la facultad y derecho de proclamar sus sentimientos, ideales e inquietudes religiosas, sociales, patrióti­cas y políticas, con tal de que vengan resueltas en el esplendor de una forma bella. Resume muy bien este designio de libertad y de belleza el poeta Juan Ra­món Jiménez, recordando al Modernis­mo de 1900 a que él contribuyó unos pocos años de su primera juventud con la siguiente declaración: “Era el encuen­tro de nuevo con la belleza, sepultada durante el siglo XIX por un tono gene­ral de poesía burguesa. Eso es el Mo­dernismo: un gran movimiento de en­tusiasmo y libertad hacia la belleza?

Otro aspecto muy significativo del Mo­dernismo es el de su gusto por lo exóti­co. Heredero también en esto del Ro­manticismo, así como los poetas román­ticos soñaban con Orientes geográficos y medievalismos caballerescos, alejándo­se en el espacio y en el tiempo en busca de ambientes estimulantes, los moder­nistas buscan todo lo raro y precioso en épocas históricas o en culturas igualmente lejanas y prestigiosas. La India fabulosa, los viejos imperios asiáticos, las culturas precolombinas, los países hiperbóreos, los primitivismos prerrafaelistas, la Grecia, pagana y erótica, parti­cularmente soñada con arreglo a una vi­sión a través del cristal francés y la Francia sobre todo refinada y galante del siglo XVIII y el París recientísimo de la última moda.

Todo sirve con tal de que ofrezca materias preciosas y sensua­les, nombres propios llenos de luz y de tentación, brillos e irisaciones delicadas. El poeta modernista vive en un perpe­tuo carnaval de disfraces y decorados y algunos de los poemas más típicos son justamente como un cortejo o desfile en que se juntan los personajes más aleja­dos de la historia o de la leyenda o en el que el propio poeta multiplica la histo­ria más íntima de su corazón soñándose fiel a sí mismo bajo las máscaras más diversas. En el fondo todo esto no es más que insatisfacción, melancolía, deseo de evasión, de goce, de olvido de la pro­saica realidad cotidiana. Y no son sólo sueños. El poeta modernista suele via­jar de verdad siempre que puede y em­pieza a hacerse en los países hispano­americanos la condición de poeta sinóni­ma de la profesión de cónsul.

De ahí que otra de las palabras que mejor contribuyen a definir el Moder­nismo es la de “cosmopolita”. Cosmopo­lita no es lo mismo exactamente qué in­ternacional, universal o mundial. Este último adjetivo rivaliza con el de cos­mopolita en el favor de la generación, pero en definitiva es el de cosmopolita el que triunfa en el verso o en el título de revistas y “magazines”. En una fa­mosa estrofa, Rubén Darío, cantando los ideales de su arte y entregándonos la intimidad de su corazón como prólogo poético a sus Cantos de Vida y Espe­ranza, acertó a definirse a sí mismo y por lo tanto al mejor y más genuino modernismo: “Y ’muy siglo diez y ocho’ y muy antiguo / y muy moderno; audaz, cosmopolita; / con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo; / y una sed de ilu­siones infinita.”

Como se ve, no falta la palabra “cos­mopolita” destacada en acento y rima. Como tampoco la alusión a la Francia del Hugo grandioso y del sutil Verlaine (romanticismo y simbolismo). El “Par­naso” está aludido en el “muy antiguo”. La audacia proclama el anhelo de liber­tad y de renovación estética e idiomàti­ca. Y finalmente la sed de ilusiones in­finita, el nuevo mal del siglo, el vacío del alma al fin de tanto peregrinar des­de la selva sagrada hasta el umbral del mundo mecánico contemporáneo. El pe­simismo, la hiperestesia exacerbada, el desencanto que yace en el poso de la copa y en las heces de la sensualidad, la falta de una religión sentida con profun­da pureza y viva fe llevan al artista de nuevo a una final posición de hastío. No en todos final. Algunos se salvarán volviendo a la fe de su niñez, como el propio Rubén Darío que oscilará siem­pre entre el paganismo erótico más so­ñado que creído o la agnosis pesimista e interrogatoria y el dulce catolicismo de campanas pascuales, lo mismo que se alzará magníficamente a la fe en la tra­dición o en el futuro de la raza y de la cultura hispánicas a pesar de pasajeros desfallecimientos o peligros de traición a la casta. Otros poetas se convertirán poco a poco a un espiritualismo cristia­no que desembocará en la ortodoxia ca­tólica, pero para entonces en rigor ha­brán dejado de ser modernistas.

No menos típico del Modernismo es su fraternidad con las artes hermanas y los empréstitos técnicos y materiales que suscribe. El poeta modernista quiere pintar y hacer música con las palabras y en este aspecto es discípulo directo de parnasianos y sobre todo de simbolistas. Color y música con supuestos previos de todo poema modernista y los mejores ar­tistas del movimiento logran espléndi­das realizaciones tanto en lo cromático como en lo armónico. Salvador Rueda y de modo más profundo y sutil Rubén Darío pueden ser señalados en este as­pecto.

En la época central del Modernismo se unen a Darío para colaborar con él en revistas y colecciones de libros, poe­tas de toda América y de España, visi­tada por el poeta nicaragüense en 1892 y 1899. A los poetas ya citados, hay que agregar ahora nombres como los del co­lombiano Guillermo Valencia (1872-1943), el argentino Leopoldo Lugones (1874- 1938), el mejicano Amado Nervo (1870- 1919) o el uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910). En España a Fran­cisco Villaespesa (1877-1935), Manuel Ma­chado (1874-1947), sobre todo desde 1899 hasta 1910 aproximadamente. Menos aún dura el Modernismo inicial de Antonio Machado (1875-1939) y de Juan Ramón Jiménez.

Tanto en América como en España, el Modernismo invade la novela, la crónica y el teatro. El uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917) y el guatemalteco En­rique Gómez Carrillo (1873-1927) deben ser especialmente recordados. En España es modernista el teatro de Jacinto Benavente (1866-1954) en ciertas obras como, por ejemplo, La Noche del Sábado. Lo es también Gregorio Martínez Sierra (1881-1948), autor de teatro, prosista, edi­tor que lleva el gusto modernista a to­das sus empresas juveniles. Lo es la poe­sía inicial de Ramón Pérez de Ayala (n. 1880, m. 1962). Y como figura máxima del verso, teatro y prosa modernista hay que recordar sobre todo a Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) que imprime a cuanto escribe en su juventud (y en ri­gor durante toda su vida según nuevas maneras derivadas del mismo gusto, aunque muy renovadoras y sensibles a los nuevos vientos), junto al sello mo­dernista más evidente, su singularísima huella personal. Del mismo modo po­dríamos citar nombres de artistas moder­nistas en la pintura, arquitectura o arte decorativo, pero no queremos salimos del límite estrictamente literario.

Gerardo Diego