HUMANISMO

Este término se puede entender en dos significados diversos. De modo am­plio, indica la exaltación del espíritu hu­mano en su libre actividad, fuera de toda constricción y de toda autoridad. En tal sentido es humanista cualquier posición que cargue el acento sobre el valor y la dignidad del hombre y sus capacidades creadoras, sobre el hecho de que él es el artífice y el soberano del orbe en que vive.

En sentido más determinado se ha so­lido entender por Humanismo la actitud, que históricamente se concreta de modo ejemplar en torno al siglo XV, por la cual la antigüedad clásica, revivida por me­dio del estudio de las “humanae litterae”, se pone como ideal y modelo de la educación del hombre completo, para cuya formación son precisamente instru­mento necesario y suficiente los “studia humanitatis”, “que así se llaman por­que conducen el hombre a perfecto aca­bamiento” (Leonardo Bruni). Las “litterae”, esto es, el estudio de las lenguas clásicas y de las obras maestras de la li­teratura grecorromana, constituyen la base de toda elevación humana, hacien­do al alma ciudadana ideal de un mun­do en que el espíritu se expresa plena­mente a sí mismo.

Está claro que los dos significados re­cién expuestos se integran mutuamente, en cuanto la antigüedad clásica puede constituir un paradigma eterno de vida, sólo si se la considera como el límite más alto que puede alcanzar la humanidad y como la encarnación terrena de la idea de hombre; de este modo el mundo gre­corromano constituiría un momento his­tórico elevado a ejemplar eterno. Esto sentado, es fácil ver cómo esa exaltación de la antigüedad, según se nos ofrece so­bre todo en momentos artístico-literarios, puede fácilmente reducirse a una ad­miración meramente extrínseca y formal, cuando los “studia humanitatis”, enten­didos como “studia eloquentiae”, vayan perdiendo su más fecunda substancia de pensamiento. El Humanismo se convier­te entonces en fenómeno puramente li­terario en el cual la primitiva “humanitas”, que era realización de la humanidad plena, de lo que en el hombre hay de eterno, se convierte en mera exaltación retórica.

Esto precisamente vemos suce­der en el movimiento del siglo XV, el Humanismo por excelencia, cuando la originaria realización del hombre inte­gral, para la cual la cultura clásica no era más que instrumento, va poco a poco perdiéndose en una pedante imitación de lo antiguo a través de ejercitacio­nes gramaticales y artificios de literatos. Lo que en su origen no era más que un medio se convertía en fin supremo; o, mejor dicho, lo que en realidad no era sino el aspecto más evidente de un todo espiritual, venía a separarse en abstrac­to. Marchito ya y falseado, tomábanlo en­tonces como un todo capaz de sostener­se por sí mismo, digno de ser deseado como tal.

Si, como se ha observado, el Humanis­mo por excelencia es el movimiento es­piritual que animó el retoñar del Rena­cimiento, cuando el mundo antiguo, re­cuperado en su verdad, fue la guía para que los hombres pudieran renovarse a sí mismos, la exigencia y las actitudes humanistas invaden toda la tradición medieval, devolviéndonos por medio del humanismo cristiano a las fuentes an­tiguas en que no dejó nunca de alcan­zar un elemento vital. La educación clá­sica, libre de preocupaciones teológicas, orientada hacia este mundo terreno, ha­bía confiado a las obras maestras del arte y del pensamiento un tipo de hom­bre tan milagrosamente armónico y per­fecto en sí, que podía representar un ideal humano perenne. Hasta el propio Cristianismo, si bien consiguió proyec­tar el drama humano sobre un fondo divino, si completó el hombre con Dios, si en las raíces del alma reconoció siem­pre viviente la voz de Cristo, integró aquella antigua visión, pero sin cambiar­la, reconociendo que, sobre el plano na­tural, no era posible llegar más allá.

El problema consistía, más que nunca, en enlazar íntimamente las conquistas de la antigüedad con la nueva visión de la vida, procurando que el clasicismo no se redujese a mero revestimiento superfi­cial, impidiendo al mismo tiempo que el mayor descubrimiento del Cristianismo, esto es, el valor absoluto de la perso­na, se extraviase en el culto estetizante y extrínseco de la forma bella. Se trata­ba de encontrar las razones por las cua­les la naturaleza humana, sílaba divina de Dios, tiene plena expresión en la tie­rra, justamente en aquella “humanitas” con la que se celebraba un mundo que, sin embargo, ignoraba aún toda la ex­tensión del valor de la espiritualidad que el Cristianismo había de revelamos.

Las múltiples tentativas humanísticas que cruzan toda la Edad Media andan a vueltas con esa dificultad, desde que los Padres de la Iglesia reconocieron el va­lor de los grandes espíritus del mundo pagano. Uno de los escritos más difundi­dos en los albores del Renacimiento, en la versión latina de uno de los mayores maestros del Humanismo, Leonardo Bruni (1369-1444), es precisamente el dis­curso de San Basilio el Grande a sus sobrinos sobre la utilidad de los estu­dios liberales. El mundo clásico, que al­canzó tanta perfección, debe conservar­se, no para repetir servilmente aquel pasado, sino reviviendo todo cuanto tie­ne de eternamente vital. No se trata de reconstruir la Atenas de Pericles, sino de edificar la Atenas de Cristo.

Esta preocupación la hallamos en la primera y notable afirmación humanísti­ca medieval, la que caracterizó el llama­do Renacimiento carolingio. Alcuino qui­so que el Cristianismo atesorase todas las conquistas del mundo antiguo, pero integrándolas y perfeccionándolas. Lo cierto es que en la Academia palatina los clásicos son gustados y venerados. Los discípulos de Alcuino — él mismo lo escribe así — una vez introducidos en la dulzura de la poesía virgiliana, olvida­ron, en su entusiasmo por el antiguo poeta, la gratitud hacia su maestro. El diálogo De virtutibus, donde Alcuino in­troduce al propio Carlomagno, insiste sobre el patrimonio esencial de la hu­manidad pensante que se halla en la sa­biduría pagana. A los sabios antiguos nada falta en perfección; el Cristianismo no ha introducido, según él, nada nuevo, fuera del bautismo. Novedad radical, ciertamente, que eleva a la humanidad a un grado diverso; pero, dentro del nue­vo marco, el cuadro sigue siendo el mismo.

Los “studia litterarum” se extienden al mundo griego; el conocimiento de la lengua griega, viva en los monasterios irlandeses, se afirma en la Academia pa­latina con Juan Scoto Eriúgena. Y ese impulso humanístico se prolonga en los siglos IX y X. Rabano Mauro, al trazar el perfil del “clericus” perfecto, pone junto a la “plenitud scientiae” y a la “rectitudo vitae”, la “perfectio eruditionis”, esto es, la elegancia en el decir alcanzada por medio del estudio de los buenos autores. Horacio, Virgilio, Cicerón, Aulo Gelio y Macrobio, para no citar a otros, son estudiados y seguidos como maestros in­mortales.

Pero un orgullo humanístico más vivo lo hallamos en el “Renacimiento del si­glo XII”, la época de las Cruzadas, del florecer del arte románico, del nacimien­to de la universidad y el resurgir del de­recho romano. Los antiguos son aprecia­dos e imitados; a la poesía de Virgilio y de Ovidio se une el estudio de Lucano y de Estacio, de Juvenal, de Persio y de Marcial, de Salustio, de Cicerón y de Sé­neca. Pero el máximo inspirador es Vir­gilio, en cuyo poema se busca, siguien­do las huellas de los tardíos filósofos alejandrinos, la parábola de la vida huma­na; y con Virgilio se imita a Ovidio hasta el punto de que aquella época ha merecido el nombre de “aetas ovidiana”. Las artes liberales, que dan un lugar fundamental en los planes de estudios elaborados por Hugo de San Víctor y Thierry de Chartres, no quedan sin pro­funda resonancia en la formación espi­ritual.

Basta leer el poema de Bernardo Silvestre, lleno de admiración por la su­blime grandeza del hombre y por la be­lleza de la naturaleza, adorada en sus gracias corpóreas con versos rebosantes de sensualidad; recuérdense a Alain de Lille, embriagado por el florecer de la naturaleza (v. Llanto de la Naturaleza) y los versos de Hildeberto de Lavardín, en las que son cantadas las ruinas de Roma: “no eres más que una ruina, pero nada te iguala, ¡oh Roma!; aun quebrantada, muestras lo grande que un tiempo fuis­te. Los siglos abatieron los esplendores; las ciudadelas de César y los templos de los dioses yacen en el fango, pero la lar­ga serie de los años, las llamas, las es­padas, no han extinguido tu belleza. Los dioses, al mirar aquí sus divinas imáge­nes, anhelan estar a la altura de los mu­dos simulacros”.

Y no se trataba de entusiasmo retóri­co. Vilgardo de Rávena, que pone jun­to al Evangelio de Cristo los versos de Horacio y de Virgilio, no era un caso esporádico. Manegold de Lautenbach había ya denunciado con horror y des­esperación el retorno de Sócrates, Pitágoras y Platón. En la escuela del mun­do antiguo se formaba Juan de Salis­bury que abría el Policraticus (v.) con palabras que no hubiera desdeñado Poggio Bracciolini: “Las letras en muchas cosas nos proporcionan frutos dulcísi­mos,- pero el fruto más dulce nos lo dan abatiendo las barreras del tiempo y del espacio, y realizando una comunidad de amigos en que vive perenne todo cuan­to es digno de vivir”. Y a esta clara con­ciencia de un mundo de la cultura en que se concretan los valores espiritua­les se añade en Bernardo de Chartres el sentido de la formación histórica del sa­ber humano, la “veritas filia temporis”. Y en Abelardo, junto a tanta vida ple­na, rica, vivida en toda su intensidad, se destaca poderosamente la afirmación de una humanidad común a todos, por en­cima de distinciones de fe, de raza, de nación. En los sabios de la antigüedad, en los santos de todas las religiones “halla­remos que la vida y la doctrina expresan con tanta plenitud la perfección evan­gélica y apostólica, que en nada o en muy poco parecen alejarse de la reli­gión cristiana”. La “humanitas” clásica, enriquecida por la herencia cristiana, no se decantaba en un humanismo literario, sino que alcanzaba aquel pleno huma­nismo que encarna en la perfección de la forma la más alta expresión de la espiritualidad.

Y la obra del siglo XII no se va perdiendo en los siglos siguientes, a pesar de que la tendencia literaria fue menos visible al ceder el paso a intereses especulativos. Así fue la asimilación y la difusión de la moral y de la política de Aristóteles, sobre los textos originales, que “tuvieron mucha más eficacia para la difusión en Europa del pensamiento antiguo, que la imitación, por feliz que fuese, de algunos versos de Homero o de Sófocles” (Gilson).

El Humanismo de los siglos XIV y XV, de Petrarca, de Salutati, de Bruni, de Valla, no se manifiesta, por lo tanto, como un relámpago súbito. Es, más bien, la afirmación espléndida de un mo­vimiento que ahonda sus raíces en el tiempo, y que al fin, precisándose y ad­quiriendo conocimiento de sí, es la levadura que renueva radicalmente la vida, pasando del plano cultural a todos los aspectos de la sociedad. Y los huma­nistas del siglo XV, aunque se aficiona­ron a insistir en su novedad por amor de polémica, no dejaron de reconocer cuánto debían a la Edad Media. Bruni subrayaba, verdad es, los setecientos años de barbarie que lo habían precedi­do, pero Salutati se complacía en remi­tirse a Abelardo y a Juan de Salisbury.

Mas si para comprender el Humanis­mo del siglo XV nos ayuda el recordar sus vínculos con el pasado y buscar sus fuentes en la Edad Media latina más que en la influencia de los doctos bizantinos emigrados a Italia, que fue escasa y me­ramente instrumental, es necesario, sin embargo, poner muy de relieve lo que de nuevo y, sobre todo, de consciente­mente innovador, trajeron consigo los italianos del Renacimiento, hasta el pun­to de hacer tan profundamente eficaz y fecunda su obra. Ante todo, la actitud que adoptan ante la antigüedad es dis­tinta. La polémica, especialmente tan rei­terada en Leonardo Bruni, pero ya viva en Petrarca y en Salutati, contra las versiones “bárbaras” de los clásicos, la invectiva áspera de Valla contra el la­tín “bárbaro” de la Edad Media, tienen significado fundamental. Los “bárbaros” de la Edad Media han buscado, verdad es, a los antiguos, han acudido a la es­cuela de griegos y romanos, pero no han escuchado humildemente su voz, aco­giendo su enseñanza en su genuina pu­reza, librándose de prejuicios para de­jarse guiar por ellos.

En realidad los han forzado y falseado violentando arbitrariamente su lenguaje y tergiversando su sentido. Los antiguos perdieron así su fisonomía originaria, adaptándose mala­mente a las exigencias de quien los aco­gía. La polémica contra los “bárbaros”, contra el latín bárbaro, estriba en la ne­cesidad de recuperar la sinceridad de la voz antigua para escucharla en su pure­za, en su valor esencial. He aquí la afir­mación de una exigencia filológica enten­dida en sentido moderno, esto es, como interpretación del texto en su valor ori­ginal, situado el término en su contexto, y éste en su situación precisa. La recta interpretación que preocupa a Bruni, para llegar al verdadero Aristóteles, es la apelación a la genuina pureza del filósofo en su originaria significación.

Con todo la exigencia humanística no se agota en el terreno meramente filoló­gico; o, mejor dicho, la filología huma­nística abarca bastante más que la mera “conciencia de lo seguro”. Nos lo recuer­da Bracciolini cuando exhorta a Niccoli para que de la mera recopilación de ma­teriales pase a la construcción del edi­ficio de la nueva vida: “ya es hora de despertarse y obrar para que las lec­turas cotidianas aprovechen a la vida y a las costumbres”. Nos lo enseña Ficino, advirtiendo que las “litterae” anti­guas tienen una mera función evocado­ra gracias a la cual los espíritus “por ellas incitados, engendran en sí mismos”. Nos lo muestran especialmente Salutati y Bruni, ahondando el concepto de los “studia humanitatis”, e intentando mos­trar en qué consiste su valor formulativo. Acoger con humildad la clásica “humanitas” significa, en efecto, rehacerse se­gún las normas de la humanidad ge­nuina, regresar a los orígenes de la espi­ritualidad; volviendo a recorrer el ca­mino por el cual había hallado su plena expresión.

Salutati tiene plena concien­cia del poder formativo de la lengua cuando se investigue su dirección originaria, la intencionalidad primitiva, “non appropriatione quae de consuetudine provenit, sed intentione”. Por medio de los “Studia humanitatis” se llega a la pura espiritualidad humana, se recupera el hombre a sí mismo en la comunión con los espíritus máximos de la humanidad, se trata con ellos; pero además se llega a los fundamentos naturales de las cosas. Al volver a encontrar en las palabras su valor original, se encuentra su sentido primigenio, que es el más verdadero, el más apropiado. Salutati no vacila en de­cir que la adecuada comprensión de los términos que obtenemos por medio de los “studia humanitatis”, nos abre el ca­mino para comprender también los más ocultos misterios teológicos.

Los antiguos, con su lengua, con sus monumentos, son la expresión más ade­cuada de la realidad, son los que están más cerca de la esencia, no sólo porque la han traducido con mayor plenitud, sino también porque sobre ellos no se habían acumulado todavía los detritus del tiempo y de la costumbre. La exigencia humanística, además de un senti­do de rigor filológico, supone la apela­ción a los orígenes, a la originalidad primaria y esencial. Significa, en su respe­to al mundo de la cultura, en el impera­tivo de revivirlo adecuadamente en sí mismo, una superación de los propios límites (“divina quaedam alienatio”), un olvido de cuanto en uno mismo es ca­duco (“ac velut sui ipsius oblivio”), un regenerarse en la belleza del objeto (“et in id, cuius pulchritudinem admiramur, transfusio”). Y bien se comprende cómo el Humanismo, entendido así, implica­ba una total renovación de los espíritus, no sólo en el terreno de la cultura, sino en la vida social, y la esfera del pensa­miento. Por esto el Humanismo desem­bocó en la plenitud del Renacimiento y fue transfiguración plena de la vida.

Sin embargo, alguna vez el aspecto meramente literario se sobreponía y la “humanitas”, de exaltación de la digni­dad del espíritu se contraía en mera preocupación retórica. Ya en el siglo XV Hermolao Bárbaro reduce el culto de la antigüedad a los límites de una mera exi­gencia gramatical, y en el xvi el huma­nista tiende a convertirse en el tipo del pedante, mientras el verdadero hijo del Renacimiento ama contraponerse al lite­rato como “hombre sin letras”. Con todo, los “studia humanitatis” entraban definitivamente a formar parte de la forma­ción del hombre modesto, y la clásica “humanitas”, reconquistada y filtrada por medio de la experiencia renacentista, se componía armónicamente con la exalta­ción cristiana del espíritu.

Eugenio Garin