La simple definición o descripción lexicológica de las palabras ascética y mística no ofrecería dificultades extraordinarias, pero nos engañaríamos si con eso creyésemos haber captado todo el complejísimo contenido de esos vocablos llenos de resonancias, de adherencias y de relaciones con ambientes espirituales y sociales bien diferentes del medio puramente teológico. La historia del uso de estas palabras nos mostrará el vago y limitadísimo significado que tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo y cómo posteriormente y poco a poco se han ido henchiendo de contenido como la corriente de un río caudaloso nacido de un diminuto manantial.
Para aclarar conceptos, y antes de abordar la historia de estos vocablos, expondremos provisionalmente la definición corriente y las relaciones comúnmente admitidas entre los conceptos de mística y ascética. La ascética y la mística son dos partes de la Teología o ciencia que estudia el conocimiento de Dios. La Teología puede dividirse en teología dogmática, que enseña lo que es necesario creer; teología moral, que estudia lo que es conveniente saber para ordenar nuestra conducta de forma que evitemos el pecar mortal o venialmente. Basadas sobre estas dos ramas de la Teología y en cierto modo por encima de ellas, aparece la Teología ascética y mística, que muchos tratadistas modernos engloban en la denominación de Teología espiritual. La aparición o aplicación de este concepto de teología espiritual o espiritualidad, ha nacido de la conveniencia de soslayar las cuestiones de terminología que aparecían constantemente como una cuestión previa al iniciar el estudio de cualquiera de estas ramas de la ciencia teológica. Como veremos, las dudas y discusiones más graves dentro de la teología espiritual, se han planteado previamente en tomo a los límites y contenido de la ascética y de la mística. Por esto, cualquier denominación que no sea ésta de espiritualidad implica una toma de posición previa que vendría a complicar y a oscurecer los problemas en estudio. Son muchos los autores que sin dejar de reconocer que tales problemas son verdaderamente de fondo, han procurado esclarecer previamente las cuestiones de “término” que tan frecuentemente desorientan en el estudio de estas cuestiones.
Este problema del vocabulario técnico y de las definiciones, se ha ido complicando a medida que los estudios de espiritualidad han ido analizando detalladamente los grados de la vía hacia Dios, sus características místicas o ascéticas, las diversas clases de oración, etc., etc. Antiguamente, la palabra mística, aplicada en sentido general y lato, abarcaba muchos conceptos que hoy están muy diferenciados. Un acuerdo sobre lo que llama el P. Garrigou-Lagrange définitions nominelles sería posible, pero la dificultad consiste en que cada autor procura definir no para buscar un vocabulario común para las distintas escuelas, sino para procurar ya posiciones favorables a la defensa de su doctrina entrando desde el primer momento en la definición de fondo de los conceptos. Todo esto se ve patente estudiando la “enquête” que con propósito de provocar un acuerdo, organizó la revista francesa “La Vie Spirituelle”. Fue planteado por el P. Saudreau en abril-septiembre de 1929 (t. XX de la revista) y fue terminado en abril-junio de 1931 con unas Conclusiones de la “enquête” redactadas por el P. Garrigou-Lagrange, dominico. En ella tomaron parte personalidades de diferentes escuelas, órdenes y procedencias, y entre ellas recordaremos los nombres de eminentes especialistas como Guibert, Schryvers, Cayré, De la Taille, Huyben y otros.
El concepto de teología espiritual o espiritualidad ha sido utilizado fecundamente por muchos autores importantes. Por ejemplo Pourrat en su magistral Histoire de la spiritualité chrétienne, el P. Heenrinck en su documentadísima Introductio in Theologiam spiritualem asceticam et mysticam (1931), Cayré en su inapreciable Patrologie et Histoire de la Théologie (1931-1944) y otros muchos entre los que destacaremos al eminente P. Guibert, S. I., cuyos luminosos Études de Théologie Mystique (Toulouse, 1930) han contribuido a poner orden y serenidad en el estudio de estos problemas, muchas veces envenenados en los últimos tiempos por apasionamientos y competencias personales. Quien se interese por este aspecto concreto del problema puede ver objeciones y esclarecimientos de gran interés en los artículos de dos dominicos, el P. Garrigou-Lagrange: La Théologie ascétique et mystique ou la Doctrine spirituelle (“La Vie Spirituelle” 1 p. 7-19) y el P. Lemonyer: La Théologie spirituelle comme science particulière (“La Vie Spirituelle”, 30 Supl. p. 158-166).
La Teología ascética tiene por objeto propio los ejercicios que debe practicar todo cristiano que aspire a la perfección. Ésta se logra ordinariamente elevando el alma durante el transcurso de tres etapas: en la primera el alma se libra del pasado por la penitencia y la mortificación; después se desarrollan en ella las virtudes por la oración y la imitación de Cristo; finalmente el alma progresa en el amor divino y llega a la unión habitual con Dios. Depende de nuestra voluntad el emprender el camino de perfección y recorrer sus etapas con mayor o menor rapidez. Dios nos invita a ello y nos concede las gracias necesarias para conseguir nuestro propósito. No se trata en esta especie de espiritualidad de los llamados estados extraordinarios que son la materia peculiar de la “Teología mística”, tales son la unión mística propiamente dicha y a veces sus manifestaciones accesorias: el éxtasis, los raptos, las visiones y las revelaciones. Lo característico de estos estados y fenómenos propiamente místicos es que no dependen en modo alguno de la voluntad o acción de quienes los experimentan. Son gracias especiales que Dios concede a algunas almas uniéndose a ellas de una manera inefable. Nadie puede provocar estos fenómenos por muchos esfuerzos que realice y sean cuales fueren sus merecimientos.
En la ascética es el alma la que ayudada por la gracia se eleva hacia Dios por medio de su voluntad y por su propio esfuerzo. En la mística es Dios el que penetra en el alma sin que ésta manifieste otra actividad que la de recibir y saborear este don de Dios. Esta exposición permite formarse una idea preliminar y fundamental del contenido de la ascética y de la mística. En ella hemos procurado resumir tal como lo hace Pourrat, la doctrina tradicional y más comúnmente admitida, pero esto no quiere decir que no existan puntos de vista divergentes que, sobre todo en lo que va de siglo, han dado lugar a una extensa literatura doctrinal y polémica, demostración evidente del resurgimiento logrado por la espiritualidad ascético- mística en nuestro tiempo.
Volveremos a reseñar algunos de estos problemas y las soluciones propuestas, pero antes es conveniente insistir en el estudio histórico y lexicográfico de los ^vocablos ascética y mística, pues como dice muy bien el P. Garrigou-Lagrange “una de las principales dificultades que encuentran quienes se dedican al estudio de las cuestiones místicas es la del vocabulario. Muchas controversias en esta materia nacen de no haberse puesto previamente de acuerdo sobre el sentido de las palabras que se utilizan”. (Perfection chrétienne et contemplation, 1923, I, p. 41). La palabra ascética es griega de origen, pero la etimología del vocablo griego, no ha podido ser puntualizada. En Homero y en Heródoto sirve para expresar la idea de trabajo artístico, de manufactura, de construir una joya o adorno. En su evolución posterior, el vocablo ha tomado tres acepciones: a) ejercicio del cuerpo (sentido físico); b) ejercicio de la inteligencia y de la voluntad (sentido moral); c) culto y vida religiosa (sentido religioso).
El sentido religioso que aparece claramente en Filón, también se encuentra en los clásicos griegos: en Píndaro, en los pitagóricos, en Isócrate; las prácticas piadosas instituí- das en Egipto. A través de Filón penetra esta palabra en los Padres de la Iglesia, siendo interesante señalar que en el Nuevo Testamento únicamente se encuentra una sola vez el verbo empleado en un sentido general. El concepto se encuentra en San Pablo, pero empleado en la acepción propia del lenguaje atlético. Los Padres Apostólicos y los Apologistas no emplean este vocablo en la acepción técnica especial referente a la vida religiosa. Se habla de ascesis como preparación al martirio, y el cristiano perfecto:. Con Clemente de Alejandría (¿150-211?) y con Orígenes (¿185-253?) se incorpora el vocablo definitivamente a la lengua ‘del Cristianismo. Para Clemente de Alejandría la “ascesis gnóstica” es la vida del cristiano perfecto.
Posteriormente se extendió el uso de denominar ascéticas las obras referentes a la vida espiritual y especialmente a la monástica. Esta ojeada histórica sobre el origen de la palabra ascética y el hecho señalado de casi no aparecer en el Nuevo Testamento induciría a error si de aquí se dedujese que la vida y doctrina del ascetismo cristiano no tienen su origen principal en el Evangelio, que es sin duda alguna su verdadero código divino. La mayor dificultad con que tropezamos para puntualizar el sentido exacto de la palabra “mística” y sus derivados consiste precisamente en la enorme expansión del vocablo por los más heterogéneos ámbitos de la cultura y del pensamiento, dando lugar a las mayores arbitrariedades y fantasías en su empleo. Como dice el P. Guibert, es éste un viejo vocablo “lleno de resonancias”, que atraen la atención sobre él e impulsan a su empleo más o menos adecuadamente. La materialidad de la derivación etimológica nos ofrece la dificultad de su vaguedad misma, pues la palabra en sí significa bien poco y sin embargo veremos cómo esta especie de vacío inicial se va colmando a través del tiempo con las más ricas, complicadas y heterogéneas acepciones.
La palabra mística aparece ya en Heródoto y en Esquilo en el siglo V antes de Jesucristo. Este sentido concreto de cerrado evoluciona hacia la idea del secreto en la palabra misterio. Por la etimología, pues, podríamos definir lo místico, basándonos en este vago sentido de oculto, secreto, como una vida secreta y distinta de la ordinaria vida religiosa. Una ojeada histórica sobre el uso de la palabra nos puntualizará los conceptos.
La palabra misterio es empleada alguna vez en el Antiguo Testamento y con mucha más frecuencia en el Nuevo, siendo San Pablo quien la utiliza más, pues de las 28 veces que aparece el vocablo en todo el Nuevo Testamento, 21 es en los escritos del Apóstol. El P. Prat, en su obra clásica sobre la Teología de San Pablo, marcó nítidamente los tres sentidos en que la palabra fue empleada por el Santo: “secreto de Dios sobre la salvación de los hombres”; “sentido oculto, simbólico o característico, de una institución, de un cuadro, o de un culto”; “cosa en la cual la acción está oculta o nos es desconocida”. En la lengua eclesiástica la palabra misterio se empleó para designar los ritos simbólicos de los sacramentos y posteriormente aquellas verdades o dogmas que es preciso creer por fe y que son superiores a la capacidad de la humana razón. La palabra mística no aparece ni en el Nuevo Testamentó ni en los escritos de los Padres Apostólicos. En San Hipólito (¿170-235?) y en San Ireneo (¿125 a 140-202?), se encuentra, pero refiriéndose a las doctrinas paganas y en el sentido vulgar de secreto.
A partir del siglo III la palabra se incorpora a la lengua religiosa del cristianismo, presentando tres acepciones: la litúrgica, según la cual son místicos los objetos y ceremonias del culto; la simbólica, designándose como místico todo el simbolismo religioso y particularmente la interpretación alegórica de la Sagrada Escritura, y finalmente la acepción teológica, que es la que más interés ofrece para comprender todo el desarrollo de estos conceptos.
En el siglo III Orígenes y Metodio de Olimpia (?-311) emplean la palabra mística para designar las verdades religiosas menos accesibles, más profundas y secretas. En un fragmento de Marcelo de Ancira (s. IV) conservado por Eusebio de Cesarea (¿265-339?), aparece un texto interesantísimo cuya importancia señala atinadamente el P. Guibert (op. cit.) y en el que se habla ya de la teología inefable y mística. Lo verdaderamente sugestivo de este texto es que juntamente con la denominación, luego universalmente aceptada, de mística teológica, aparece ya fijada conjuntamente la nota de la inefabilidad, característica típica de los fenómenos propiamente místicos, reconocida como tal desde este remoto escritor del siglo IV hasta los más modernos tratadistas que se han ocupado en el estudio de la psicología del misticismo, como, p. ej., William James.
A fines del siglo siguiente (s. V), época a que pertenecen los escritos del Pseudo Dionisio Areopagita, encontramos ya la teología mística como expresión habitual y estos libros, como es notorio, constituyen una de las fuentes capitales del misticismo cristiano, apareciendo en ellos elaborados y construidos los fundamentos doctrinales de la mayor parte de la literatura mística posterior. El Pseudo Dionisio traza ya los linderos que separan la mística doctrinal de la experimental al fijar como contenido de ésta el conocimiento inmediato de Dios obtenido por medio de la unión con él. En Santa Teresa, a varios siglos de distancia y por el mismo camino experimental, aparece naturalmente una denominación semejante: “Acaecíame, dice la Santa (Vida, cap. 10 n. 1.), venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él. Esto no era a modo de visión: creo lo llaman mística teología”.
Entre los escritos de Gerson (1363- 1429) encontramos su gran tratado de Theologia mystica speculativa et practica en que la mística práctica equivale a la que acabamos de definir como experimental; siendo la materia de la especulativa el estudio doctrinal en sus varios aspectos del conocimiento de Dios que se alcanza por estas experiencias, sus condiciones, naturaleza, etc. En dos obras francesas (Esclaircisement scolastique de la théologie mystique y La Montagne de la contemplation) completó Gerson y puntualizó toda la doctrina mística contenida en su gran obra latina antes citada. Posteriormente se emplea la calificación de teología mística para designar de un modo general las obras referentes a la vida espiritual que conduce en último término a la contemplación. Esta denominación en sentido general es la que, como hemos visto, ha sido sustituida modernamente por el empleo de la palabra Espiritualidad o Teología espiritual. No están de acuerdo los autores de Diccionarios técnicos sobre la conveniencia de definir antes la mística o el misticismo.
Lalande, en su Vocabulaire tecnique et critique de la Philosophie, estudia el misticismo como la palabra principal, considerándola una doctrina que hay que definir lo mismo que el materialismo, el panteísmo o el determinismo. Quien desee ampliar esta información puede consultar con fruto el Vocabulaire philosophique de Goblot y sobre todo el Diccionario de conceptos filosóficos de Eisler [Wörterbuch der Philosophischen Begriffe. Berlin, 1910, 3 vol.].
La verdad es que misticismo es un derivado que precisamente por su indeterminación y vaguedad ha tenido gran fortuna y aceptación, pues se presta maravillosamente a ser usado en „ las más variadas esferas y ambientes: literario, social, político, filosófico, etc. En realidad es una palabra tan reciente que el francés Littré todavía la calificaba de neologismo, divulgándose su uso a partir del romanticismo. En Mad. Staël (De VAllemagne) encontramos un capítulo que se titula: “De la disposition religieuse appelé mysticité”. Cousin, en sus cursos de filosofía, la puso de moda y hoy se emplea en tantos medios y con sentidos tan diversos que William R. Inge dedica el apéndice A) de su Christian Mysticism (London, 1948) a recoger 26 definiciones diferentes, en su gran mayoría modernas, de misticismo y teología mística. Entre tantas arbitrarias y que no sirven a nuestro propósito docente, recojamos la definición que da Goethe por la curiosidad de ser suya: “misticismo es la escolástica del corazón, la dialéctica de los sentimientos”. Misticismo en filosofía y de una manera general, es una actitud del espíritu por la cual en la resolución de los problemas predomina la intuición sobre el puro raciocinio.
La Société française de Philosophie realizó de 1901 à 1923 trabajos colectivos para la elaboración de un vocabulario filosófico que fue publicado bajo el nombre de Lalande en 1926 y posteriormente reeditado (última edición de 1948), con importantes adiciones. Allí vemos definida la mística en dos aspectos: 1.° “Creencias o doctrinas que se basan más bien sobre el sentimiento y la intuición… que sobre la observación y el razonamiento… 2.° Las creencias o doctrinas que menosprecian o rechazan la realidad sensible en provecho de una realidad inaccesible a los sentidos…”. En su Dictionnaire des Sciences philosophiques, C. Franck creyó más oportuno ofrecer unos largos extractos de Cousin sobre el misticismo, expresión la más autorizada entonces del criterio y la actitud del espiritualismo filosófico ante los problemas doctrinales del misticismo. Cousin definió el misticismo religioso de un modo general como “la pretensión de conocer a Dios sin intermediario y en cierta manera cara a cara”, y en seguida señala nítidamente su posición discrepante: “Nos importa separar con cuidado esta quimera, que no deja de ofrecer peligros, de la gran causa del espiritualismo razonable que nosotros profesamos.
Y es tanto más importante el romper abiertamente con el misticismo, por cuanto parece tocarnos más de cerca y porque presentándose como la última palabra de la filosofía, puede con sus apariencias de grandeza seducir a más de un alma de excepción, especialmente en una de estas épocas de flojedad en las que a continuación de gigantescas experiencias cruelmente fracasadas, la razón humana, habiendo perdido la fe en su propio poderío sin poder perder la necesidad de Dios, para satisfacer esta necesidad inmortal, se dirige a todo, excepto a ella misma e ignorante de cómo elevarse hasta Dios por la ruta legítima y en la medida que le está permitido, se lanza fuera del sentido común e intenta lo nuevo, lo quimérico, el absurdo mismo, para alcanzar lo imposible”.
Es curiosa esta seguridad que parece mostrar el elegante filósofo en la posibilidad de alcanzar el conocimiento de Dios por la que él llama ruta legítima, y si se hubiera informado mejor sobre la doctrina mística católica hubiese visto que también los teólogos consideran si no quimera, algo no realizado en esta vida ese conocimiento de Dios cara a cara, ofreciéndoles duda si ello habría sucedido únicamente a Moisés en el Sinaí o a San Pablo en el rapto que él mismo tan misteriosamente nos relata. En el ámbito de la Psicología los fenómenos místicos han interesado siempre mucho y la manera de considerarlos ha evolucionado a la par que las doctrinas de esta ciencia. Cuando la Psicología se transformó en una ciencia predominantemente experimental, el misticismo y la literatura mística se convirtieron en una verdadera mina de problemas para los estudiosos y cuando estuvo de moda el que William James denomina materialismo médico se produjo una inmensa literatura para tratar de explicar las experiencias místicas como fenómenos patológicos. Con estas teorías más o menos pseudocientífícas muchos buscaban argumentos con que reforzar las doctrinas racionalistas en frente de las creencias religiosas y de la vida sobrenatural. De todo esto quedan huellas en las definiciones y en las acepciones aplicadas a los vocablos relacionados con lo místico.
Como observa atinadamente el P. Marechal en sus interesantísimos Études sur la Psychologie des Mystiques (París, 1938) “bajo la etiqueta mística, tomada en el sentido más amplio que tolera el lenguaje, se alinean en serie decreciente el éxtasis cristiano, el samadhi del yoguismo, la exaltación orgiástica del paganismo antiguo, el trance ritual provocado entre ciertos salvajes por medio de danzas frenéticas o por el uso de estupefacientes, incluso las crisis de catalepsia y las alucinaciones denominadas religiosas de personas histéricas”. Por este camino y partiendo del sofisma inicial se llega, no sin asombro a veces, a las afirmaciones que se han podido leer en alguna obra publicada en estos últimos tiempos: “en tanto que místico el Cristo no diferiría de cualquier delirante megalómano más que por el grado y la manera y los raptos de una Santa Teresa se encontrarían en germen en las visiones de un fumador de haschich o en la embriaguez religiosa del hechicero animista” (op. cit., II, p. 413).
Marechal en su citado libro ha puntualizado sobriamente el ámbito en que se sitúa la psicología mística desde un punto de vista general religioso: “cualquiera que deba ser la definición rigurosamente científica de la palabra religión, nadie discutirá que la actitud religiosa envuelve siempre, en un grado cualquiera, el reconocimiento teórico y práctico de una relación personal con respecto a un objeto más o menos claramente trascendente y doctrinalmente definido; toda actitud religiosa es, pues, en un cierto sentido, una experiencia religiosa o por lo menos el ensayo vivido de una doctrina. Podríamos, pues, llamar mística, en un ambiente determinado, una experiencia religiosa considerada superior: más directa, más íntima o más rara” (op. cit., II, p. 414). Esta concepción amplia, que no se refiere a ninguna religión determinada, es la que hace posible el estudio comparado de los fenómenos y de la literatura mística de las diversas religiones al margen de toda cuestión dogmática.
Leuba (tan severamente refutado por Marechal), en su Psychologie du mysticisme religieux (París, 1925), obra que puede considerarse como típicamente representativa de la tendencia empirista en la interpretación del misticismo en todos sus grados, lo define así: “todo estado interior que a los ojos de quien lo experimenta aparece como un contacto (no por medio de los sentidos sino inmediato, intuitivo), o como una unión de sí mismo con algo más grande que él, llámese el alma del mundo, Dios, lo absoluto o cualquier otro nombre que se desee”. En el ya citado Vocabulario de La- lande el misticismo se define como una “creencia en la posibilidad de una unión íntima y directa del espíritu humano al principio fundamental del ser; unión que constituye a la vez un modo de existencia y una manera de conocimiento extraños y superiores a la existencia y al conocimiento normales”. Algunas de estas definiciones dentro del campo filosófico o psicológico incurren en errores considerables cuando rozan los límites de la Teología, por falta de una información exacta. Así Boutroux, en el propio Vocabulario de Lalande, al estudiar determinada acepción del misticismo, dice: «El fenómeno esencial del misticismo es lo que se denomina éxtasis, un estado en el cual rota toda comunicación con el mundo exterior, el alma tiene el sentimiento de que comunica con un objeto interno que es el ser perfecto, el ser infinito, Dios. Pero sería formarse del misticismo una idea incompleta concentrando todo él en ese fenómeno que es su punto culminante. El misticismo es esencialmente una vía, un movimiento, un camino, un desarrollo de un carácter y de una dirección determinada”.
Esta importancia que muchos tratadistas conceden al éxtasis es probablemente una muestra del influjo de la psicología experimental y sobre todo del “materialismo médico” que centró principalmente sus esfuerzos en el estudio, análisis y discusión polémica sobre la veracidad y causas de esta clase de fenómenos. En cambio, uno de los puntos en que las diversas escuelas y tendencias de la teología espiritual han llegado a un perfecto acuerdo es en el considerar este género de fenómenos (éxtasis, rapto, levitación, etc., etc.) una parte de la vida mística accidental y accesoria en muchos casos. Ya en la propia escuela teresiana y entre contemporáneos de la Santa aparece este punto de vista.
El P. Jerónimo Gracián, gran tratadista de teología mística, confesor y amigo entrañable de Santa Teresa de Jesús y uno de los que calaron más hondo en el conocimiento de las experiencias místicas de la Santa, nos puntualiza con extraordinaria claridad la doctrina teológica con referencia a estos fenómenos místicos: “La esencia de la caridad y amor de Dios y el merecimiento de la gracia no consiste en que el alma tenga raptos o los deje de tener, así como no hace al caso para el matrimonio y amor que tiene la esposa al esposo, que los criados duerman o se dejen de dormir”, y aún más claramente refiriéndose al rapto en otra parte (Dilucidaciones, p. II, cap. VIII), dice: “Las causas del rapto son dos contrarias: exceso y defecto; superabundancia de devoción, luz interior y deleite espiritual y falta de vigor; fortaleza de impresión divina y flaqueza en la resistencia, así como el emborracharse nace de abundancia y fortaleza y exceso de mucho vino que se bebe y de la flaqueza de la complexión y debilidad de cabeza, que el que la tiene fuerte y gallarda no se embriaga, aunque beba mucho y otros la tienen tan flaca que con poco se trastornan”.
Para los que en la vida de Santa Teresa sólo tienen presentes los raptos, arrobos y demás fenómenos de esta índole, es bien instructiva esta declaración del P. Gracián: “La Madre Teresa de Jesús, aunque tuvo muchos arrobamientos como ella cuenta en estos libros, después se la quitaron de todo punto, y cantidad de años antes que muriese no tuvo ninguno, y muchas veces trató ella conmigo esta materia, llorando muy de veras el engaño y abuso que había en el mundo, de hacer caso de las que van por este camino, y no tener el respeto, obediencia y cuidado que se debe a los predicadores, confesores y prelados” (Dilucidaciones, p. II, cap. VII).
El misticismo y el relato de las experiencias místicas han sido siempre observados con mucho cuidado por la Iglesia, que ha temido encontrar en ellos mixtificaciones de carácter diabólico o desviaciones religiosas que podían conducir a la heterodoxia. Obsérvase esto a lo largo de la historia de la Iglesia acentuándose en los períodos de crisis durante la expansión de las herejías. En la edad moderna culmina esta actitud en dos momentos: en el siglo XVI frente al peligro de la herejía luterana y en el siglo XVII ante la expansión de la doctrina quietista. Los fenómenos de la mística experimental, que la recta doctrina teológica considera “accesorios”, tales como raptos, éxtasis, visiones, levitación, etc., etc., son para el vulgo el indicio o prueba más segura de la santidad. En realidad es muy otro el criterio de la Iglesia y de todos los grandes maestros de Teología a partir de San Pablo. Por esto la Iglesia, en los procesos de santificación, ha fundado siempre su juicio sobre la heroicidad de las virtudes y no sobre los favores extraordinarios, revelaciones, éxtasis, etc. Estos hechos vendrán a corroborar la santidad, pero el fundamento capital serán las pruebas de amor a Dios y al prójimo, los sufrimientos y las pruebas soportadas heroicamente por el amor de Dios.
El materialismo médico, ante los fenómenos místicos antes aludidos, ha tomado dos posturas sucesivas: primero negar o discutir la veracidad del fenómeno atribuyéndolo a supercherías de propaganda religiosa; después ante los hechos indiscutibles ha pretendido explicar toda la fenomenología como manifestaciones puramente patológicas. Hoy ha desaparecido en gran parte este antagonismo, pero de esa época de polémicas y discusiones uno de los resultados ha sido el de difundir el uso de la palabra misticismo en los medios más extraños a la cultura teológica y aun a toda preocupación religiosa. Misticismo para el vulgo es una actividad exagerada de las prácticas de la vida religiosa. Un místico es un beato, lo que en francés se dice un bigot. Mística, en cierto lenguaje periodístico, viene a ser sinónimo de una fe exaltada en una idea o doctrina política, artística o social. Así hay quien habla hoy absurdamente de una mística comunista. En los medios más insospechados ha penetrado este confusionismo verbal. Así en la reciente enciclopedia Catholicisme. Hier. Aujourd’hui. Demain (París, 1948), en el artículo dedicado al affaire Dreyfuss puede leerse: “de la otra parte radicales y socialistas arrastrados por una mística sincera de la justicia en su dreyfusisme, etc., etc.”. Escritores como Seilliére no han vacilado en escribir libros enteros en los que se hace la aplicación más arbitraria y aun incoherente de los conceptos mística y misticismo. Por ejemplo: “Les étapes du mysticisme passionel (de Saint-Preux á Manfredo)”, “Le Péril mystique dans l’inspiration des Démocraties”, etc., etc.
Si en el análisis del contenido y en la historia de los conceptos ascética-mística, es posible llegar a resultados claros y definidos, no sucede lo mismo en la delimitación del ámbito de lo ascético y de lo místico en las etapas anteriormente indicadas de la vida espiritual. Las polémicas repetidas veces aludidas al tratar de los problemas de terminología y vocabulario reflejan la división de las escuelas teológicas que todavía continúan sin llegar a un acuerdo en muchos de los puntos debatidos. Tradicionalmente todas las escuelas teológicas han aceptado tres modalidades de la vida espiritual: la de los principiantes, los que progresan y los perfectos, y también tradicionalmente han sido encuadradas en tres etapas, denominadas vías, que constituyen el camino hasta lograr la unión con Dios: vía purgativa o purificativa, vía iluminativa y vía unitiva. Ya hemos visto la indeterminación en que Gerson dejaba las secciones o partes en que dividió la teología mística, pero posteriormente coincidiendo con la aparición de la oración metódica fueron analizándose más minuciosamente el contenido y características de los diversos momentos y fenómenos de la vida espiritual. Si la ascética es debida al esfuerzo humano y la unión propiamente mística sólo se alcanza por gracia extraordinaria de Dios, ¿dónde acaba lo ascético y dónde empieza lo místico? La subdivisión progresiva de los diversos grados de oración ha hecho suponer que dentro de la vía unitiva se logra ya una verdadera contemplación.
En el siglo XVII, y entre los discípulos de la escuela carmelitana española, apareció por vez primera la definición de la contemplación adquirida o natural o activa, que de todos estos modos ha sido designada, diferente de la contemplación propiamente mística o infusa, es decir, sobrenatural o injundida, concedida como gracia extraordinaria por Dios. Fue en el siglo XIX, cuando basándose en textos y autores de la tradición mística y especialmente del siglo XVII se inició la moderna discusión sobre el tema merced a la discrepancia entre el P. Poulain (autor de Las gracias de la oración, una obra capital de la moderna teología espiritual) y el P. Saudreau, enemigo de la contemplación adquirida y defensor de la llamada unidad de la vida espiritual y del llamamiento general a la perfección y vida mística. En el fondo de esta cuestión se encierran problemas trascendentales de la vida espiritual.
Si es posible lograr la contemplación dentro de la ascética o si existe un grado de oración que participe de ambas vías, viene a romperse en cierto modo, la unidad de la vida espiritual constituida por un camino único dividido en las etapas ya conocidas. Los dos problemas (contemplación adquirida o activa y unidad de la vida espiritual) no eran realmente solidarios, pero las posiciones extremas adoptadas dentro de la polémica produjeron este resultado, siendo el P. Eugenio de San José quien dedujo las consecuencias lógicas de tales premisas, y hoy existen tratados, como el Compendio de ascética y mística del P. Crisógono, en que se reconoce un período purificativo ascético y otro místico e igualmente la misma duplicidad en las otras dos etapas restantes: iluminativa y unitiva. El tercer grado de oración dentro de la ascética es precisamente la contemplación adquirida.
Esta doctrina fue aceptada por gran parte de los teólogos carmelitas, principalmente los españoles, que propugnaron su aprobación en el Congreso Carmelitano de Madrid de San Juan de la Cruz. Otros carmelitas como el P. Gabriel de Sainte Marie-Magdeleine, el P. Pascal du Saint-Sacramente, el Padre Jeróme de la Mère de Dieu y el propio P. Bruno de Jésus-Marie, ilustre biógrafo de San Juan de la Cruz, sostienen puntos de vista particulares sobre este problema. Frente a los carmelitas españoles y defendiendo lo que él denominaba inanidad de la contemplación adquirida, se levantó al frente de la escuela dominicana el P. Arintero — autor de obras eminentes sobre teología mística y dechado de santidad en su vida—, que fue el paladín principal de esta polémica en sus libros y en su revista “Vida Sobrenatural”. Representante el más calificado de esta tendencia en Europa es el P. Garrigou-Lagrange. Complícase esta polémica con el problema de la extensión de la mística. Si la contemplación propiamente mística es producto de una gracia extraordinaria, sólo determinadas almas privilegiadas pueden llegar a ella. Frente a esto el P. Arintero defiende el llamamiento general a la mística como se deduce ya del título de su libro Cuestiones místicas o las alturas de la contemplación accesibles a todos (Salamanca, 1916), y el P. Garrigou-Lagrange la tesis de la mystique étendue, pero no general. Se fundan estas doctrinas, dicho en términos generales, en la convicción de que la vida interior sólo logra su pleno desenvolvimiento normal dentro de la vida mística y es por medio de las virtudes infusas que se puede normalmente alcanzar. Acaso mejor que en los numerosos escritos del P. Arintero puede estudiarse esta teoría de una manera más sistemática y científica en la obra monumental del P. Garrigou-Lagrange: Perjection chrétienne et contemplation.
A esclarecer esta polémica (en cierto modo planteada por el jesuita P. Poulain) ha contribuido extraordinariamente, por su posición templada y por su análisis profundo de los problemas, otro jesuita, el P. Guibert, que en sus Études de théologie mystique reconoce la existencia del problema, pero en cierta manera se sitúa al margen de él por considerar que, con o sin contemplación infusa, la orientación de nuestra vida espiritual debe continuar siendo la misma, ya que la contemplación no influye sobre su objeto y su sostén esenciales que son la gracia y la caridad. Nadie mejor que Santa Teresa, acaso en la literatura mística universal, puede que haya lo-grado clasificar y describir con claridad sorprendente todos los grados de oración. Acompañamos este estudio con un cuadro sinóptico de las diversas clases de oración y etapas de la vida espiritual conforme a su doctrina resumida por Cayré, indicando los lugares de sus diversas obras en que están especialmente explicadas. Su lectura será el complemento necesario y esclarecedor de todo lo anteriormente expuesto.
Pedro Sáinz Rodríguez
El misticismo es esencialmente la tentativa de sacar el yo de los límites de la naturaleza humana, transportándolo a un nuevo plano en el que toda oposición entre el yo y el mundo, el hombre y la realidad, toda oposición espacial y temporal, ceden ante un sentimiento de la divinidad que trasciende inteligencia, voluntad y sentimiento individual. Su aspecto más visible, en todas las religiones, viene dado, efectivamente, por la aspiración al éxtasis, en el que el yo está, o cree estar, ajeno a sí mismo. Del misticismo — que en Oriente parece sobre todo un medio para escapar de los sufrimientos del mundo y tiene un valor negativo, mientras que en Occidente parece más bien un método para substraerse a la relatividad del conocer y tiene más bien un valor positivo — existen formas muy diversas. Encontramos un misticismo orgiástico y uno ascético, uno creativo y otro imitativo, o masculino y femenino, latino o alemán, en relación a diferentes grados de cultura y a diferentes características de los pueblos. Hay misticismo de tipo entusiasta, de tipo quietista, de tipo profètico. Hay, además del misticismo religioso, un misticismo filosófico, que termina por confundir en la totalidad de la unidad divina los aspectos complejos de la experiencia entera: momentos significativos de éste son el sistema neoplatónico de Plotino, la corriente voluntarista de la filosofía medieval, ciertos aspectos de la filosofía moderna y contemporánea. Hay también un misticismo estético, que ha inspirado a los románticos, a Maeterlinck, a Claudel, a Rilke, el amor a lo indefinido y a lo simbólico.
Para entender los caracteres fundamentales del misticismo conviene prescindir de las formas elementales de la vida mística, propias de los primitivos, caracterizadas por el elemento orgiástico, por la ausencia de elementos morales e intelectuales, aunque aparezcan en las religiones griega, siria y hebraica…; conviene en cambio dirigirse, a través de la historia del misticismo, a las experiencias típicas de los grandes místicos en los que los caracteres secundarios y los accidentes nerviosos están dominados por la fuerza de ima personalidad sana y consciente (son utilísimos, en este sentido, los análisis de Délacroix, James, Leuba, De Montmorand, Baruzi…).
Para los Upanisad (v.) indios la pérdida de la individualidad es retorno al principio vital del “Atman” con la contemplación intelectual; para el Yoga es un riguroso procedimiento ascético que aporta con la indiferencia a todo deseo y a todo juicio la absoluta impasibilidad. En el hebraísmo el paso a formas superiores de misticismo ocurre como – pasó desde un misticismo orgiástico, cuyas manifestaciones son danzas y gritos, a un misticismo profètico de tipo superior. En el sincretismo filosófico propio de la edad helenística (influencias místicas se señalan ya en el orfismo y en el “eros” platónico, y son puestas en práctica en el culto de los misterios) Filón sitúa a Dios en la cumbre del éxtasis, Plotino teoriza sobre la conexión del espíritu con la divinidad en el abandono de toda percepción, de toda memoria, de todo razonamiento. El misticismo griego está en la base del misticismo medieval — el más rico e interesante — desarrollado sobre la corriente mística neotestamentaria y paulina. Al Pseudo Dionisio Areopagita (s. v) se debe la elaboración en sentido cristiano de las intuiciones más vivas del misticismo neoplatónico; después de él serán continuamente replanteados los conceptos de la absoluta incognoscibilidad y trascendencia de Dios, de la vía negativa y simbólica, del perfecto silencio, de la mística tiniebla de la ignorancia… Inspiración netamente neoplatónica, pero con tendencia panteísta, tiene el sistema de J. Escoto Eriúgena (s. IX).
Pero sólo en San Bernardo (1090-1153), el espíritu más representativo del misticismo medieval, asistimos a la fusión armónica, en sentido místico, de los elementos intelectuales, prácticos y sentimentales, fusión evidente en la obra eficaz e iluminada ejercida por el Santo sobre todo su siglo: el alma, que recorre todos los grados de la humildad, en rapto de amor, puede contemplar a Dios y deificarse, perdiéndose en Dios como el aire en la luz, el hierro en el fuego. La mediación cristológica hace por completo diferente de la neoplatónica la visión mística bernardina,’ pues ésta no anula la personalidad sino que la incita a la acción en cuanto supone, en lugar de la panteísta identidad de la substancia, la ética “convenientia voluntatum”. En los Victorinos se atenúa la hostilidad benedictina contra la dialéctica de la que se había hecho propagandista el ardiente Abelardo. La mística de Hugo de San Víctor (1096-1141), en el que prevalece el aspecto expositivo metódico, no quiere inducir a estados de ánimo particulares; sostiene una interpretación alegórica de las cosas naturales y distingue del ojo de la carne y del de la razón el ojo de la contemplación, que es el único que alcanza Dios, en el paso de la “cogitatio” a la “meditatio” y a la “contemplatio”.
También Ricardo de San Víctor entiende el proceso místico como proceso cognoscitivo, desarrollado a través de imaginación, razón, inteligencia, y profundizándose en seis grados de contemplación. En el siglo XIII de la corriente de la mística pura surge la experiencia franciscana de la alegría ascética que convierte en felicidad hasta el dolor y la muerte, envolviendo con una ola incoercible de amor hombres y cosas. La predicación franciscana se vuelve ímpetu pasional y pesimista en Jacopone da Todi, lirismo intenso y contenido en la Beata Angela de Foligno. Ésta influye sobre toda la corriente voluntarista y sobre todo en el pensamiento de San Buenaventura de Bagnorea (1221-1274), que por primera vez efectúa una completa sistematización, en sentido místico-filosófico, de los diversos problemas, resultantes de un pensamiento cristiano ya armado intelectualmente y culturalmente preparado, en una gnoseologia, una metafísica, una psicología coherentemente definida. Junto al misticismo de tendencia esencialmente neoplatónica se desenvuelve también el misticismo profètico, dirigido esencialmente a la solución del drama cósmico y al advenimiento del Reino de Dios; puede hacérsele remontar a San Agustín, tiene dos insignes representantes en Gioacchino da Fiore y, más tarde, en Savonarola, y está presente en casi todos los movimientos de carácter popular tan frecuentes en el Medievo. Al Pseudo Dionisio vuelve el alemán Maestro Eckhart (1260-1327) que sitúa la infinidad de Dios más allá de todo conocimiento: la criatura, sólo si es totalmente pasiva y radicalmente indiferente a toda obra —a la intimidad con Dios y a la santidad misma —, más allá de los sacramentos y de la fe, puede dejarse penetrar por Dios.
Eckhart choca contra la ortodoxia católica por su idea de la inmanencia de lo divino y por la anticipación de motivos que serán después elaborados por la Reforma (v.). El amor divino es cantado con intenso lirismo por H. Seuse y se hace principio de profunda edificación en J. Tauler, en los “Amigos de Dios” de Renania, en el desconocido autor de la Teología alemana (v.), en Ruysbroeck, en Gerson. La mística de Ruysbroeck (1293-1381) se templa en la lucha contra el quietismo, en la voluntad de mantener la ortodoxia aun aceptando la intuición neoplatónica de un Dios más íntimo a nosotros de lo que nosotros somos a nosotros mismos: la contemplación no excluye ni la especulación ni la acción. Mientras los místicos alemanes y flamencos amenazan con hacer bambolear los valores morales y colectivos del misticismo, Santa Catalina de Siena (1347-1380) reafirma todavía el equilibrio en una mística vivida sin aparato ni exigencias especulativas, capaz de convertirse y de realizarse en la energía de la acción social y de hacer sentir su peso en todas las cuestiones del siglo. Tomás de Kempis (1379-1471) sostiene, en el umbral del Renacimiento, la corriente mística de inspiración medieval: en la Imitación de Cristo (v.) el Medievo transmite al Renacimiento y al mundo moderno, con mística objetividad y con gracia sugestiva, su ideal de vida interior.
Delicada de acentos es en general la mística femenina: intelectualizante es la de Hildegarda de Bingen (1098-1179), pero con amplio desarrollo del elemento sentimental y fantástico (el alma “symphonizans”), íntima y recogida la de Matilde de Hackeborn, suave y palpitante la de Santa Gertrudis. Franck, Weigel, Schwenckfeld, en el siglo XVI, bajo la influencia de la Reforma, elaboran un misticismo netamente antiplatónico, en el que vive la rebelión a toda autoridad externa y a toda rigidez doctrinal: Dios habla directamente al sentimiento del hombre (Schwenckfeld excluye incluso la meditación de la Biblia). Una consideración aparte debe concederse al misticismo árabe que, posterior al cristiano, se desarrolla bajo influencias helénicas, sirias, védicas, además de cristianas: propone como fin el éxtasis, pero recurre también a procedimientos físicos y canta, en un plano sumamente lírico, las relaciones amorosas entre Dios y criatura. Tendencias y motivos místicos se encuentran en todo el Renacimiento: en Bruno, en Campanella, en Paracelso, en Nicolás de Cusa. Con J. Bóhme (1575- 1625) se llega a una osadísima posición dualista, considerando el mal como algo que se origina en Dios mismo.
Entre los místicos italianos se citan, además, a Cavalca, Colombini, San Bernardino de Siena, San Lorenzo Giustiniani, Santa María Magdalena de’ Pazzi, San Alfonso María de Ligorio…; de la mística alemana, a J. Scheffler (Angelus Silesius, 1624-1677), ardiente poeta del “increado mar de la desnuda Divinidad”. Con el neoplatonismo de la mística alemana contrasta el carácter más pasional y psicológico de la mística española y francesa. La mística española da sus mayores representantes en el siglo XVI: el Beato Juan de Ávila (1500-1569) considera la unión divina como más íntima todavía que la incorporación de la luz solar en la nube que atraviesa; San Pedro de Alcántara quiere unir meditación y contemplación; Santa Teresa (1515-1582) llega a una conciencia de vida mística verdaderamente excepcional por su profundidad y por la claridad de sentimiento y expresión.
La descripción más precisa de los estados místicos la obtenemos hoy de sus escritos y de los de su discípulo San Juan de la Cruz (1542-1591), que con ella reforma, para conseguir una más enérgica realización del ideal místico ascético, la Orden del Carmelo, y expone con fineza y precisión los varios momentos de la experiencia mística. Además: Fray Jerónimo Gracián (1545- 1614), discípulo predilecto de Santa Teresa, y, en el siglo XVII, el célebre Miguel de Molinos, atacado por dominicos y jesuitas y condenado por la Iglesia por 68 proposiciones; su Guía espiritual (v.) lleva el alma a quietud y aniquilamiento total, a un silencio supremo que debe ser silencio de palabras, de deseos y hasta de pensamientos. De los místicos franceses se recuerda en los siglos XVI y XVII a San Francisco de Sales, cuya obra apostólica fue muy eficaz, Pascal y el círculo jansenista de Port Roy al, el batallador Bossuet, la tan combatida Juana María Guyon (1648-1717), para la cual el alma debe ser totalmente pasión, debe perderse totalmente en Dios, renunciando a toda aspiración, aun la más pura, pues sólo Dios puede dirigir al alma hacia sí; Fénelon y, en el siglo XIX, Gratry (quien, aunque contrario al dogma de la infalibilidad del papa, se adhirió a él cuando fue proclamado). De la mística inglesa merecen mención Juliana de Norwich del siglo XIV y F. G. Faber del siglo XIX; de la polaca, A. Mickiewicz y A. Twianski, ambos del siglo XIX.
Del análisis de la experiencia mística puede deducirse la existencia de una auténtica técnica mística, cuyo instrumento indispensable es el ascetismo, un tono de profunda tensión y de alta vitalidad. Los estados místicos son sufridos pasivamente: Dios irrumpe de improviso en el alma, con ausencia de control y de iniciativa personal, dándose a ella en una percepción inefable. Gracias a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, por ejemplo, podemos advertir cómo tales estados se ordenan jerárquicamente, comprendiendo una “oración de recogimiento”, en la que se produce el adormecimiento de las facultades intelectuales, una “oración de unión” en la que el alma goza en Dios, y por fin el “éxtasis”. “Noche oscura del alma” (v. Obras espirituales) es el período de angustia y de aridez espiritual que precede al llamado “estado teopático”, sirve para liberar el yo del orgullo, presente incluso en el éxtasis. Cumbre de la experiencia mística es el estado teopático, en que la unión con Dios no suspende, antes intensifica, la vida, realizado, además del éxtasis, por los grandes místicos, y por cada uno de ellos en un sentido particular. En tal estado la unión con Dios es alcanzada en una obra de gozosa actividad que permite conciliar contemplación y acción, y organizar la vida entera según los valores religiosos.
Explicaciones patológicas y eróticas, psicológicas o sociológicas no han destruido el valor espiritual del misticismo, sino solamente puesto en evidencia, respectivamente, los factores “patológicos”, provocados por la debilidad nerviosa del instrumento humano, pero siempre superados por el místico verdadero; los factores sentimentales que, en el desequilibrio del organismo pueden llevar incluso a desarreglos de carácter erótico, pero que no son equiparables de ningún modo a la verdadera naturaleza del éxtasis y del estado teopático (el mismo lenguaje erótico del místico tiene solamente un sentido simbólico y convencional, sugerido por toda una tradición); los factores “subjetivos” y subconscientes que intervienen en el proceso de liberación del yo; los factores “colectivos” y doctrinales que el místico absorbe del ambiente social, pero para conferirles un valor distinto en un proceso continuo de interiorización… Podemos pues concluir (a pesar de la desconfianza que intelectuales y religiosos demuestran con respecto al misticismo) afirmando la originalidad y el valor espiritual de la tentativa de vivir la experiencia según el sentido inmediato de lo trascendente, comprobados por la eficacia demostrada por el misticismo como principio de inspiración de períodos y aspectos de la cultura entera del género humano.
Giovanni Bertin
El hecho místico propiamente dicho — por ser comunicación directa de Dios al alma humana—, puede tener lugar en el seno de cualquier religión, vivida con autenticidad y buena fe, y por tanto puede haber literatura mística — y la ha habido — en momentos históricos y geográficos muy diversos: precisamente el sacerdote católico don Miguel Asín Palacios ha estudiado y valorizado mejor que nadie la mística musulmana, sobre todo en el caso de Ibn Arabí de Murcia, y en torno al problema del influjo de la literatura religiosa musulmana sobre la Divina Comedia (v.), de Dante. Podría también considerarse como literatura , mística algún momento de las literaturas orientales, como los Upanisads, pero, como es natural, el mayor florecimiento de tan alta manifestación religiosa ha tenido lugar en el Cristianismo —y específicamente, dentro del Catolicismo, desde que la Reforma protestante inicia su separación —, a lo largo principalmente de un intervalo de tres o cuatro siglos, o sea, hasta la entrada del siglo XVII. No es que falten antes y después ejemplos innegables de expresión literaria del hecho místico, pero se dan aisladamente, sin la trabazón colectiva y la unidad sistemática de terminología que se llegó a alcanzar en esa “Edad de Oro de la mística europea”.
Como primera muestra de literatura mística cristiana, hemos de citar el fragmento en que San Pablo alude a un éxtasis carismàtico por él experimentado (en la segunda Epístola a los Corintios, cap. XII, versículos 1-6); como ejemplo todavía reciente de mística contemporánea, o por lo menos “fin de siècle”, mencionaremos la obra, cada vez más difundida y valorada en muchos ambientes católicos, de Santa Teresita del Niño Jesús. Pero el gran florecimiento de la literatura mística europea se empezó a preparar en el tránsito de la alta a la baja Edad Media, dentro de las corrientes de filosofía, más o menos platonizantes, que existían en los monasterios, sobre todo cluniacenses.
Aunque sin desprenderse de la historia de la filosofía, merecen ya la calificación de “místicos” el gran mariólogo San Bernardo de Claraval (1090-1153) y el abad Hugo de San Víctor (1096-1141), figura descollante en la escuela de los “Victorinos”. Pero la mística toma fisonomía propia e independiente con la enérgica irrupción de San Francisco de Asís, que revoluciona la situación del espíritu europeo. Tal vez no es cosa de considerar a San Francisco de Asís propiamente como un “escritor místico”, sino más bien como la ocasión de una amplia floración de obras místicas, como las Florecidas (v.), las diversas biografías, etc. En todo caso, lo cierto es que en la literatura mística franciscana no hay, al principio, una verdadera doctrina explícita de la vida espiritual, sino más bien el relato vivo de unas experiencias místicas y el testimonio de una actitud y unas obras. Quizás el centrarse tan dominantemente en el poder del amor divino, dejando en segundo plano las relaciones de la inteligencia y la voluntad, no favorecía inicialmente el establecimiento de una doctrina “técnica” del espíritu. Pero ya en dos Santas, Santa Catalina de Siena y Santa Ángela de Foligno, y, otra vez volviendo a la historia de la filosofía, en un pensador como San Buenaventura (1221-1274), vemos que se va dando forma intelectual al ardiente sentir franciscano.
Pero mientras tanto, las escuelas nórdicas de la mística —flamenca y alemana — van a llevar en seguida la literatura de la experiencia de Dios a una madurez total, de doctrina y de espíritu, que sólo podrá ser ahondada y perfeccionada por la mística española, cuando más tarde recogerá su herencia. Conviene, sin embargo, hacer un paréntesis para situar al gran escritor mallorquín Ramón Llull, que será el primero en usar en España la lengua vulgar para sus tratados religiosos, al modo de los italianos, y tal como van también a hacer, en muchos casos, los flamencos y alemanes.
La escuela de la mística flamenca arranca con numerosos nombres en el siglo XIII, entre los cuales destaca el de la gran escritora religiosa Zuster Hadewijch, que influye predominantemente sobre Juan Ruysbroeck (1233-1381), figura culminante de esta corriente espiritual y autor de obras como Del esplendor de las bodas espirituales (v.), La piedra brillante, etc. Su empleo de la lengua vulgar, a que aludíamos, significa que la mística tiende a “ser para todos”, no gracia exclusiva de la vida monástica, sino movimiento popular y atmósfera de la vida entera. Como señala Montoliu, la doctrina de Ruysbroeck es notable porque, sin perder en profundidad de experiencia carismàtica, atiende con minuciosidad nórdica a todos los detalles prácticos de la ordenación de la vida ascética, individual y comunitaria, con lo que se distingue de la anarquía de tantos movimientos de “alumbrados” y “quietistas”, como también en su acentuado cristologismo: es decir, en centrar la vida mística precisamente en Jesucristo, como cauce de la relación con Dios. Esta concreción —por decirlo así — y este sentido del orden en la vida, se acentúan en la doctrina de Groot y, en general, en la escuela de Windesheim, donde florece también Mombaer, llegando a rozar incluso cierta minuciosidad meticulosa. Pero de la mística flamenca, el nombre que más se ha popularizado en España —incluso hasta nuestros días — es el de Tomás de Kempis, sinónimo casi de ascética y mística, por su famoso libro Imitación de Cristo (v.), un tiempo atribuido a Gerson.
La escuela mística alemana, mientras tanto, tiene su autor más importante en el maestro Eckhart (muerto hacia 1327). Eckhart puede parecer más radical y peligroso que los flamencos, por su menor sentido cristológico, acercándose en cambio más a un neoplatonismo panteista, en cuanto la comunicación divina tiene en él un carácter acentuadamente unitario. Pero es curioso, en cambio, que Eckhart resulte próximo al tomismo —más que al franciscanismo— por hacer hincapié menos en la voluntad que en la inteligencia unida al amor, como base principal para la unión con Dios. Dentro de la escuela alemana, son muy importantes también los nombres de Tauler (1290- 1361), discípulo de Eckhart, de Suso (1295-1365), y de Lodulfo de Sajonia, especialmente influyente en la literatura religiosa española.
La mística española tardó aún bastante en hacer su aparición dentro del cauce de la tradición espiritual europea, en que había de alcanzar un punto insuperado de hondura y valor literario. Hay que esperar, en efecto, hasta la Contrarreforma, y aún más, hasta la segunda mitad del siglo XVI, pues primero se asiste a un florecimiento muy intenso de la literatura ascética, sin entrar en lo místico. No se insistirá nunca bastante en que el hecho místico —la comunicación directa y extraordinaria de Dios al alma— no es fruto de un proceso de perfeccionamiento ascético, a modo de premió, pues tiene un carácter gratuito y libérrimo, pero sí es cierto que, de hecho, la mayor parte de las veces tiene lugar en terreno abonado por el ejercicio ascético, es decir, en almas entregadas al auto-mejoramiento, pudiendo incluso hablarse de una “mística de la ascética”, o sea — véase el estudio de Sáinz Rodríguez — de una cierta forma de contemplación que normalmente va unida al ascenso en la situación moral del alma.
Esto se recuerda para que se tenga en cuenta que la literatura mística se compone, por lo general, en su mayor parte de ascética, y sólo en determinados momentos y capítulos aborda la experiencia extraordinaria de Dios, el “carisma”. Pues la literatura mística como tal es algo paradójico y casi imposible: contar una experiencia que, por definición, es inefable, se halla más allá del alcance del lenguaje humano. Pero sobre esto hemos de volver en seguida. Se han señalado tres corrientes principales en la literatura mística española, con arreglo a las respectivas tradiciones intelectuales de las diversas órdenes religiosas: escuela afectiva o sentimental (franciscanos y agustinos), escuela de mayor predominio de lo intelectual (dominicos y jesuitas), y, finalmente, escuela de síntesis, o más exactamente, de superación de la dualidad (carmelitas).
Para no salimos del concepto estricto de misticismo, no hemos de hablar aquí de un gran precursor ascético de la gran época de la mística, como el Beato Juan de Avila, ni tampoco del propio Fray Luis de León, quien no entró en el terreno peculiar de la mística más que, en todo caso, en alguna estrofa de la “Oda a Salinas”. En cambio, debemos subrayar la importancia que para la literatura mística española tienen los tratados de Bernardino de Laredo, y sobre todo, los seis Abecedarios espirituales del franciscano Francisco de Osuna (1497-1542) – preferentemente el “Tercer Abecedario” —. En efecto, como ha señalado muy bien Montoliu, Osuna supo encauzar dentro de un sentido ortodoxo y dentro de un sistematismo doctrinal y una técnica expresiva la peligrosa corriente del misticismo “alumbrado” — más bien en su línea moderada de los “recogidos” que en su línea extrema de los “dejados” —. Los “alumbrados”, en la primera mitad del siglo XVI, aparecen en numerosos núcleos, casi con carácter de pequeñas sectas en torno a individuos más o menos dotados de “carismas“ místicos, auténticos o ficticios, representando polémicamente una evasión respecto a la doctrina y organización de la Iglesia, con su intento de reducir la religión a comunicación personal y directa del hombre con Dios. La vigilancia de la Inquisición, y, en forma positiva, su incorporación a una forma ortodoxa en la obra de Osuna, evitan que el ambiente de los “alumbrados” dé paso a una extensión española de la reforma germánica, y, en cambio, hacen que sirva de estímulo y preparación para el florecimiento de la mística bajo el reinado de Felipe II.
La cumbre máxima de este momento de la literatura mística se encuentra en las dos figuras que encabezan la Reforma de la Orden del Carmelo: Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591). Para conocer la personalidad de Santa Teresa, ella misma nos ha dejado un documento de primera mano: su Vida (v.). En ella, al lado de recuerdos personales, encontramos páginas de doctrina mística, y alusiones a la fatiga y al esfuerzo práctico para la fundación de la nueva Orden reformada: el Carmelo descalzo. Otro libro, el de las Fundaciones (v.) cuenta sus viajes por los pueblos españoles, estableciendo conventos de su Orden. Es curioso notar la amenidad y gracia de este libro, un “diario de viaje” —como diríamos hoy— donde el espíritu religioso está asistido por un incansable sentido del humor. La doctrina mística y ascética de Santa Teresa se encuentra expuesta, además de estarlo en una parte de la Vida, principalmente en el Camino de perfección (v.) y en el Castillo interior o Moradas (v.), además de alguna obra de menor envergadura, como los Conceptos del amor de Dios o las Exclamaciones del alma a Dios. Literariamente hablando, una de las cosas que más llaman nuestra atención en la obra de Santa Teresa es el carácter popular de su lenguaje y estilo de pensar, que, sin embargo, comportan un mundo de profundos conceptos —el momento más sutil y oscuro de la experiencia mística europea, superado sólo por San Juan de la Cruz—.
Santa Teresa, en realidad, fue una mujer poco letrada: sus pocas lecturas de doctrina espiritual estaban limitadas por las disposiciones del Concilio de Trento que prohibía la traducción y comentario de la Biblia en lengua vulgar, la única que sabía leer la Santa, y por las circunstancias de suspicacia de la época contrarreformadora, que tampoco favorecían la difusión de libros de devoción en castellano. Conviene recordar que Santa Teresa no escribió nunca pensando en la publicación, sino por indicación de sus confesores o para uso de sus monjas, pero siempre en forma manuscrita. Por eso Santa Teresa se esforzaba en exponer en la forma más sencilla y clara las difíciles cuestiones de la vida ascética y la experiencia mística: es una mujer que escribe para otras mujeres, todavía menos letradas que ella misma.
No obstante, después del estudio estilístico de Menéndez Pidal, cabe sospechar que Santa Teresa exagerase su falta de cultura y su arbitrariedad ortográfica por razones de exquisita modestia espiritual ante los demás, en una forma de sutil mortificación. Pero esto no evitaría, de todas maneras, nuestro asombro al ver expresados los problemas más oscuros de la perfección espiritual en términos coloquiales sembrados de expresiones afectuosas y de diminutivos, aplicando imágenes de la vida cotidiana y comparaciones con cosas humildes (con el agua sobre todo, que en sus estados de fuente, lago y acequia sirve frecuentemente a la Santa para explicar los grados de la vida ascética). “También entre los pucheros anda el Señor”, dijo Santa Teresa en frase famosa, a la que igual podemos dar un significado literario y estilístico. Con su estilo pintoresco y popular de mujer charlatana, Santa Teresa nos introduce en el complicado y exacto mundo de la técnica espiritual, con sus diversos grados y formas de oración; en las “siete moradas” del “castillo interior” del alma.
La doctrina ascética y mística del Carmelo es común, en lo substancial en Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero cada uno de los dos encuentra para ella una forma expresiva diferente, con un diverso grado de precisión psicológica. En general —y como se ha visto mejor en el estudio precedente — es la más radical entre todo el repertorio de estilos espirituales que ofrece la literatura religiosa española. Hasta tal punto, que desde fuera del cristianismo, y con cierta superficialidad, se ha podido hablar de analogías con el nihilismo oriental del nirvana budista. Pero la obra de ambos Santos carmelitas no da lugar a tal interpretación si se toma en su conjunto, evitando el uso de expresiones aisladas de su contexto, y si se consideran en el marco de las biografías en que se insertan, y que son altos ejemplos de incansable actividad, de lucha y trabajo.
La obra de San Juan de la Cruz, considerada desde un punto de vista estrictamente literario, plantea un problema peculiar (que es, en realidad, aunque llevado aquí a una posición extrema, el problema esencial de toda la literatura religiosa): la posibilidad de manifestar algo tan inexpresable como es la experiencia mística, y la dualidad de los caminos seguidos para ello: el camino del simbolismo — que, a fuerza de belleza, puede convertirse en obstáculo y distracción más que en camino hacia la expresión de la experiencia divina— y el camino de un lenguaje más balbuciente y negativo, hecho de alusiones a lo inefable, en auto-aniquilación de las palabras mismas. Esta dualidad se manifiesta principalmente si comparamos la poesía y la prosa de San Juan de la Cruz, que corresponden aproximadamente a los dos caminos recién indicados (y por esta razón, y por otras, aunque todas ellas, a nuestro juicio, insuficientes, en la obra de San Juan de la Cruz, se ha podido sospechar que el autor de los versos no fuese el mismo autor de la prosa: ahora bien, hay que recordar que dentro de la prosa aparecen numerosos momentos líricos de gran analogía con los valores del “Cántico espiritual”, y hay que tener en cuenta que, para el gusto de muchos lectores —entre los que nos contamos—, la prosa de San Juan de la Cruz tiene igual o mayor valor que su poesía, con lo que la atribución de una de las dos cosas a otro autor supondría la introducción de otra personalidad del mismo infrecuente rango literario).
Para empezar el estudio de esta dualidad por el lado de la poesía, San Juan de la Cruz nos ofrece dos grandes composiciones, la “Noche oscura” y el “Cántico espiritual”, acompañadas de un pequeño grupo de poesías menores. En ellas, pero sobre todo en las menores, se realiza el fenómeno que Dámaso Alonso ha llamado “vuelta a lo divino”, que consiste en la incorporación de formas y aun de composiciones casi enteras, ya preexistentes con un sentido amoroso humano, pero que, con una pequeña alteración, se transforman en poesía religiosa. En los dos poemas mayores aludidos esta aplicación de material “prefabricado” no es muy visible, pero existe, y precisamente, respecto a Garcilaso, a través del “Garcilaso a lo divino” de Sebastián de Córdoba (1575). Esto indica que para San Juan de la Cruz cuenta poco la originalidad material, haciendo consistir la creación en un leve toque mágico que vierte una nueva luz sobre los elementos ya conocidos, dejándolos aparecer como un mundo irreal de mágica belleza. Sobre todo en el “Cántico espiritual” vemos que los elementos bíblicos del Cantar de los cantares (v.) están recompuestos en un orden nuevo, y bañados además por una luz insólita que crea una esfera de realidad totalmente diferente con objetos ya conocidos. El poema y todos sus elementos contienen, es cierto, significados alegóricos de carácter ascético y místico, pero se los puede ignorar sin que se pierda su belleza lírica. (No es ocioso recordar que el momento, todavía no lejano, de la revalorización de la poesía de San Juan de la Cruz — no tanto de su prosa — en España, fue al mismo tiempo el momento de la reivindicación y el apogeo de Góngora, y no se puede decir, en cambio, que fuese un momento de mucha vigencia de lo religioso en la poesía.)
Con lo cual, si pensamos que la intención original del poeta era la manifestación de una experiencia y un sentimiento religiosos, comprendemos que puede ocurrir que el resultado sea bien diferente del que pretendió San Juan de la Cruz: los símbolos que querían expresar la oscura realidad de la experiencia directa de Dios han resultado tan bellos que cabe el peligro de olvidar su significado religioso, entregándose exclusivamente al encanto del verso y de la poesía en sí misma. Tal es el peligro de la vía simbólica en la literatura mística: que el símbolo pueda vivir por cuenta propia, con valor independiente y aun opuesto al de su significado último.
En cambio, en la prosa, San Juan de la Cruz sigue casi siempre un camino muy diverso en el intento de expresar los hechos místicos que, por definición, están más allá del lenguaje humano. Ya en la parte de su obra en prosa que trata de la experiencia ascética, como negación de sí mismo y renuncia a las cosas, el lenguaje de San Juan de la Cruz tiende a centrarse en negaciones como “nada”, “desnudez”, “noche oscura”, “vacío”, “desasimiento”, etc. Pero cuando entra a tratar de la experiencia propiamente mística, es decir, de la presencia y la irrupción sensible de Dios en el alma, entonces el lenguaje se hace aún menos capaz de decir lo que pretende: no puede decir aquella luz sobrehumana, aquellas sensaciones inexplicables que ha percibido. Pero precisamente aquí se echa de ver la genialidad literaria de San Juan de la Cruz: su poesía, como indicábamos, había seguido generalmente el camino del circunloquio simbólico para expresar lo inexpresable: ahora su prosa sabe aceptar plenamente el momento de la auto-aniquilación, la progresiva sumersión en negaciones, en el “no sé qué”, en el sacrificio del lenguaje mismo, que al llegar a este punto, deja de servir para significar y sirve sólo para arder, iluminando el misterio con su llama, no con su significado. Por eso, la poesía y la prosa de San Juan de la Cruz son complementarias, y en cierto modo, opuestas: y en realidad, los lectores que admiran más sus versos suelen considerar su prosa como dura y poco accesible, mientras que quien gusta especialmente de su prosa tiende a dar menor valor a su poesía, por sus encantos sensibles que pueden ir en contra de su intención última. Quizá la prosa de San Juan de la Cruz no puede ser objeto de “lectura”, en el sentido habitual y literario del término, como mero recreo intelectual y estético, sino más bien “objeto de uso” piadoso, como un rosario o un crucifijo. En este sentido, sobre todo, es como San Juan de la Cruz tiene especial presencia en la actual literatura mundial, más que como poeta: piénsese en su influjo sobre T. S. Eliot o sobre Thomas Merton.
Pero debemos pasar ya a mencionar, aunque sea rápidamente, la aportación literaria de otras escuelas místicas españolas. En primer lugar, hemos de hablar de Fray Luis de Granada (1504-1588), quien, aunque dominico, no representa con particular evidencia los rasgos místicos de su Orden, habiéndose podido decir de él que se aproxima mucho al franciscanismo, mientras que, por otra parte, recoge y encauza en su obra el espíritu místico de los “alumbrados” de que hablábamos en nuestra referencia a Osuna. En el primer sentido, el del franciscanismo, entraría la peculiar sensibilidad de Fray Luis de Granada ante la naturaleza y el hombre como ser natural, mientras que a la línea del interiorismo más o menos “alumbrado” se aproximaría su valoración de la oración puramente mental, con el posible malentendido del menosprecio de la oración vocal, lo cual explicaría los recelos de la Inquisición ante el Libro de Oración y Meditación en la forma en que apareció, posteriormente retocada para evitar equívocos. Sus obras fundamentales son, además de la citada, Guía de pecadores (v.), Introducción al símbolo de la fe y Memorial de la vida cristiana. Los místicos agustinos se caracterizan por su sentido neoplatónico de la belleza y por la consideración de la armonía en su valor espiritual ascético — como puede verse en la “Oda a Salinas” de Fray Luis de León. Además del propio Fray Luis, citaremos a Fray Pedro Malón de Chai- de (muerto en 1589), autor de La conversión de la Magdalena, que une a su valor espiritual un singular valor lingüístico y estilístico.
Por lo que toca a los franciscanos, su principal representante en esta literatura mística española es Fray Juan de los Ángeles, autor de gran sensibilidad, cuya obra gira en torno al sentimiento del amor, como substancia de toda ciencia espiritual. Su libro más célebre ,es la Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma. Entre los jesuitas, quizá no se debe hablar de autores místicos en el sentido estricto antes aludido, pero en el sentido amplio que incluya también lo ascético, hay que nombrar al propio fundador de la Compañía, San Ignacio de Loyola, por sus Ejercicios espirituales, así como al P. Pedro Ribadeneyra y al P. Juan de Mariana.
José M.ª Valverde

