El Oro del Rin, Richard Wagner

[Das Rheingold]. Pri­mera jornada de la tetralogía El anillo de los Nibelungos (v. Nibelungos). Un acto en cuatro escenas.

Poema y música de Richard Wagner (1813-1883). Estrenado en Munich el 22 de septiembre de 1868. El enano Alberico, rey de los Nibelungos, arrebata a las hijas del Rin el oro que custodiaban, y manda fabricar con él, al forjador Mime, el anillo, el yelmo mágico que torna invisible al que lo lleva, y la espada, que le dan el poder sobre sus semejantes.

Pero mientras tanto, en el reino de los dioses surge una terrible lucha entre el dios Wotan y los dos gigantes Fafner y Fasolt, a los que ha hecho cons­truir el espléndido castillo inaccesible del Walhalla, prometiéndoles, en cambio, entre­garles a Freia, la diosa del amor.

En el mo­mento de cumplir el pacto Wotan se niega a entregar la diosa y Fafner y Fasolt pretenden entonces el oro del Rin (continúa de este modo, como ya había sucedido con Alberico, el tema moralista de la perversa renuncia al amor a cambio de la riqueza).

Se quedan en prenda a Freia, y los dioses comienzan a entristecerse por la ausencia de la diosa del amor y de la juventud, que les procu­raba su único alimento, las deliciosas man­zanas de oro. Wotan, entonces, decide ba­jar al Nibelheim para apoderarse del oro, acompañado del astuto y malicioso Loge, dios del fuego.

Cuando ya se hallan en la fragua de los Nibelungos, Wotan con ame­nazas, pero sobre todo Loge con su habili­dad, sustraen el oro y el anillo a Alberico, quien, lleno de odio, pronuncia la maldición del anillo; en adelante este anillo trae­rá desgracia a quien lo posea, y los Nibe­lungos, por su parte, se dedicarán a un sordo trabajo de venganza para provocar la destrucción del Walhalla y la ruina de los dioses.

Restitución de Freia: los dos gigan­tes exigen un montón de oro tan alto que no puedan ya ver a la bellísima diosa que han perdido. Queda por colmar un pequeño resquicio, y los gigantes exigen el anillo para taparlo.

Wotan quiere oponerse, para no despojarse del poder que confiere, pero Erda, el espíritu de la Tierra, madre de las tres Nornas que tejen los hilos del destino, aparece y exhorta a Wotan a ceder. Pre­ocupada por el porvenir, predice el cre­púsculo de los dioses y su fin.

He aquí los primeros efectos de la maldición de Alberico sobre el anillo: apenas se lo han entregado a los dos gigantes, éstos se pelean por apo­derarse de él, y uno de ellos, Fasolt, es muerto por Fafner. En tanto, entre los dio­ses ha vuelto la serenidad; del tesoro de los Nibelungos le ha quedado a Wotan la es­pada.

Esto le sugiere crear una estirpe de héroes que implantarán en la tierra el rei­nado de las justicia, gracias a las sabias leyes dictadas por él, antes que suceda el derrumbamiento de los dioses. Por un puente creado con un arco iris, suben los dioses en alegre y pomposo cortejo al Wal­halla, mientras en el fondo del valle las hijas del Rin lamentan la pérdida del oro.

Por la necesidad de explicar tantos antece­dentes y presentar tantos personajes, sím­bolos y situaciones, este prólogo es, entre las cuatro jornadas, aquella en que la mú­sica se presenta más respetuosa con los de­rechos de la palabra. El fundamental propó­sito expresivo de la ópera es el de la primor- dialidad: producir musicalmente el sentido de los elementos, agua, tierra, fuego, en su caótica naturaleza, no animada todavía por la inteligencia del hombre.

Los Nibelungos son, más que hombres, criaturas de la misma tierra, enanos deformes sumergidos en sus cavernas, pequeños seres malignos y sordos a las voces de la conciencia y del espíritu. Sólo con la aparición de la barbarie heroica de Sigmundo y Siglinda (v. Walkyria) ha­brá en la tierra una primera luz de huma­nidad.

La obra comienza con un susurro casi indistinto pero que se precisa lenta­mente y se consolida en el acorde de mi bemol mayor, basamento colosal del próximo edificio sonoro. Este acorde, que con sus arpegios se prolonga durante ciento treinta y seis compases, es el motivo del Rin o elemento originario, el agua, que fluye lenta y solemne celando en su seno gérmenes de vida.

Más que un tema verdadero es una idea sonora, el símbolo del principio, de todas las cosas. Y, en efecto, con leves mo­dificaciones, derivan de él numerosos te­mas, en los que siempre es patente el leit­motiv inicial, base nutricia de todos los desarrollos melódicos, y en los que aquella informe célula de vida se manifiesta en valores bien determinados.

Tal es el flexible ondear, lleno de gracia, del tema de las hijas del Rin, el penetrante y excitante tema del oro, que retumba como un toque triunfal des­prendiéndose de aquellas profundidades flu­viales; figurando un tortuoso girar de acuerdos que simboliza la potencia del anillo. También deriva del acorde inicial el tema de las Nornas, que asciende misterioso de las pro­fundidades de la orquesta y que, en sentido contrario, como un lento pero irresistible abismarse de acordes hacia estas profundidades, simboliza entonces el crepúsculo de los dioses.

Del citado tema del anillo, con breve modi­ficación consistente sobre todo en el robus­tecimiento rítmico, brota el estupendo tema del Walhalla. La espléndida fortaleza de los dioses yer­gue sus murallas majestuosamente doradas por el sol.

Más característico que nunca es el ritmo martilleante del tema de la fragua nibelunga mientras tendrá gran importancia en toda la ópera el tema de la maldición del anillo pronunciada por Alberico. Extraordinariamente evidentes y represen­tativos de la sensual adhesión de Wagner a las manifestaciones elementales de la na­turaleza son los temas que se refieren a Loge, dios del fuego, uno de los cuales — el encantamiento del fuego — volverá, en las jornadas sucesivas, a expresar las llamas que envuelven el sueño de Brunilda.

Éstos no son más que una pequeña parte de los temas presentados en el prólogo de la Tetralogía y por más que no se deba, como es natural, limitar la comprensión del arte wagneriano a la identificación de los motivos conductores (a los cuales Wagner jamás atribuyó un sentido preciso), no se puede rebajar la eficacia extraordinaria­mente incisiva de su expresión, la capacidad que Wagner derrocha en ellos por penetrar con un ritmo, con un perfil melódico, con un giro de armonías, en el interior de las cosas, en su auténtica esencialidad.

M. Mila