Orquestinas, Arturo Onofri

[Orchestrine]. Colección de prosas de Arturo Onofri (1885-1928) pu­blicada en 1917. Es tal vez la obra en que el poeta alcanzó más de cerca la pura fres­cura de la poesía.

A las Orquestinas llegó, a través de laboriosos ensayos, después de sufrir largamente la influencia de las melo­días dannunzianas del Poema paradisíaco (v.). De este defecto le liberaron precisamente las prosas que iba publicando en la «Voce» (v.) y en la «Diana» entre 1915 y 1917, y que coleccionó con el título de Or­questinas.

Procede aquí por fragmentos; tie­ne el culto a la nota, convencido de que el canto más celebrado a menudo consta de unos pocos gramos de poesía (imágenes nue­vas) en libras de literatura (imágenes anti­guas, cultura, elocuencia, finalidades mora­les, cívicas, etc.) y que sólo los gramos cuentan, por lo que hay que liberar estos gramos, como briznas de oro extraídas de la ganga vil. Por esto sus notas son, eviden­temente, productos del instante, nacidas en la calle o en un tren, en un portal o en el campo; lo cual explica su carácter por exce­lencia anticonstructivo.

De ahí que, o des­cribiendo una lluvia en ciudad o el invierno en el campo, un paisaje lunar o la niebla en el mar, la frase se empape de fresca ins­tantaneidad, con colores vivos e imágenes destacadas. El poeta romano ambiciona una lírica pura, carente de reducciones margi­nales.

El cosquilleo sonoro que producen las sílabas contadas, en los versos ortodoxos o en los libres, en una palabra, la musicalidad métrica, le parece un halago exterior, ex­traño a la poesía; sólo es música legítima la que las imágenes llevan implícita en sí mismas.

Onofri llega de esta forma, entre 1915 y 1921, a la poesía anticanora, es de­cir, a la poesía en prosa, por un camino razonado y paciente, distinto al que reco­rrieran un Baudelaire o un Rimbaud o un Mallarmé. En el período de oro del Impre­sionismo italiano, pareció un verdadero maestro de su género, y fueron numerosos los que le siguieron.

Sin embargo, pocos años más tarde, aquel arte de refinados frag­mentos pareció declinar, dejando en los espíritus una sensación de descontento e insatisfacción. El mismo Onofri lo abandonó; de todos modos su poesía quedaba en aque­llas sensaciones frescas, elementales, que nos ofreció con tanta cristalina sencillez en Orquestinas.

L. Fiumi

El arte de Onofri es un fenómeno de gra­cia y coquetería, un castillo de azúcar tara­ceado, milagro de habilidad gótica y res­plandor de cromo. (G. Marone)