La Iliada, Homero

Poema en 24 cantos, en hexámetros

La acción se desarro­lla en cincuenta y una jornadas, y el argumento es un epi­sodio del último año de la guerra contra Troya (Ilión); Aquiles, encolerizado contra Agamenón que le ha roba­do a su esclava Briseida, se retira del combate, debilitan­do gravemente al ejército aqueo. Sólo una segunda y más terrible cólera, causada por la muerte de su amigo Patroclo, empujará a Aquiles de nuevo al combate.

Canto I: Es el décimo año de la guerra de Troya. En el campamento aqueo hace estragos una epidemia enviada por Apolo, despechado porque Agamenón se ha negado a devolver a la joven Criseida a su padre, el sumo sacer­dote Crises. Cuando el adivino Calcante le revela el mo­tivo de la venganza de Febo, Agamenón, injuriándolo, devuelve a Criseida aunque exigiendo a cambio a la es­clava de Aquiles, Briseida. De aquí la ira de Aquiles, que jura que ni él ni sus mirmidones combatirán más en fa­vor de los aqueos. Mientras tanto, la nereida Tetis, su madre, ha pedido y obtenido de Zeus que los troyanos los aventajen hasta que su hijo no haya recibido una sa­tisfacción de Agamenón.

Canto II: Zeus envía un pernicioso sueño a Agamenón, persuadiéndole de que presente batalla. Así pues, secun­dado por la elocuencia de Néstor y por la habilidad de Ulises, convence a los aqueos para que combatan. El poe­ta introduce en este punto la relación de las naves aqueas, sin dejar de mencionar asimismo a los mejores caballos y al guerrero más insigne después de Aquiles, Áyax, hijo de Telamón. Mientras tanto el caudillo de los troyanos, Héctor, presto también para la lucha, revista a sus tropas.

Canto III: Tiene comienzo la batalla, durante la cual Pa­rís huye ante Menelao. Reprendido con duras palabras por Héctor, Paris se ofrece a batirse en duelo con Mene­lao para poner término a la guerra. Ambos ejércitos acep­tan; los troyanos y la bella Helena asisten al combate des­de las Puertas Esceas. Cuando Paris está a punto de su­cumbir, Afrodita lo salva de Menelao, que es proclama­do vencedor del combate por los aqueos.

Canto IV: En el Olimpo, Zeus promete a Hera la des­trucción de Troya para saciar el odio de ésta hacia los tro­yanos, aunque guardándose el vengar a su antojo el fin de un pueblo al que estima. Envía por tal motivo a Ate­nea, bajo la figura del troyano Laódoco, a que persuada al arquero Pándaro para que hiera a Menelao con una fle­cha. De este modo queda rota la tregua, y Agamenón da nuevamente la señal de combate. Atenea protege a los aqueos. Ares a los troyanos. El combate es encarnizadísimo.

Canto V: Atenea infunde entonces una fuerza sobrehu­mana a Diomedes, hijo de Tideo, que comienza a hacer estragos entre los troyanos. Pándaro lo hiere en un hombro, pero Atenea lo cura de nuevo. El valeroso Eneas hace subir entonces a Pándaro en su carro y marcha en busca de Diomedes, el cual, sin embargo, mata a Pánda­ro y golpea a Eneas con una gran piedra. Cuando Afro­dita acude en defensa de su hijo, Diomedes, menospreciándola, la hiere en una mano: y la diosa, entre lágri­mas, asciende al Olimpo, confiando Eneas a Apolo. Ares infunde valor, mientras tanto, a los troyanos, que renue­van el asalto al ver bajar a Héctor al campamento acom­pañado por el furibundo Eneas, curado por Leto y Ar­temisa. Pero Ares es también obligado a volver al Olim­po tras ser herido por Diomedes a instigación de Atenea y de Hera.

Canto VI: Los troyanos comienzan a llevar la peor par­te. Pero el adivino Heleno aconseja a su hermano Héc­tor que ofrezca sacrificios a Atenea en la ciudad, con el fin de que la diosa aleje al invencible Diomedes. Éste úl­timo, entre tanto, encuentra a Clauco: pero antes de enfrentarse con él en duelo, le inquiere si es un numen o un mortal. Glauco le confiesa ser un mortal de la estirpe de Belerofonte. Diomedes, recordando que Belerofonte fue huésped de su abuelo, estrecha la mano a Glauco, que intercambia sus espléndidas armas con las más mo­destas del aqueo. Héctor, entre tanto, está en Troya y, tras haber ordenado los sacrificios, tiene un encuentro con su mujer Andrómaca y su hijo pequeño Astianacte. A los llantos de Andrómaca responde Héctor con dulzu­ra que sería para él un deshonor no defender su ciudad, por más que Troya esté destinada a caer y él a morir. Des­pués de abrazarla, retorna al campamento con Paris.

Canto VII: A sugerencia de Heleno, inspirado por los nú­menes, Héctor reta en duelo a aquellos aqueos que quie­ran enfrentarse con él. Se presenta Áyax Telamón. El duelo tiene fases alternas, pero se ve interrumpido por los heraldos de los dos ejércitos al caer la noche. Al día siguiente se establece una tregua para recoger a los muer­tos de ambos bandos. Los aqueos aprovechan la ocasión para erigir un muro, circundado por un foso, en defensa de sus naves.

Canto VIII: Zeus prohíbe a los dioses tomar parte en la guerra y se dirige al monte Ida para asistir a la batalla que se ha reanudado. Pero pensando la suerte de los ejér­citos sobre las áureas balanzas, ve que se levanta en alto la de los troyanos. Los aqueos emprenden la huida, los troyanos, conducidos por Héctor, los hostigan empujándolos hacia las naves. La noche interrumpe el combate que ha. visto a los troyanos victoriosos, Héctor manda en­cender muchos fuegos en el campamento para evitar que el enemigo huya y se queda a la espera de la aurora.

Canto IX: Agamenón, tras haber puesto centinelas en torno al foso, reúne a los ancianos en consejo. Siguien­do el parecer de Néstor, se decide enviar una embajada a Aquiles para tratar de aplacarlo. Son enviados con ri­cos presentes a parlamentar con el Pélida, Ulises, Áyax Telamón y el anciano Fénix, acompañados de los heral­dos Odio y Euríbates. Aquiles les brinda una cordial aco­gida, ofreciéndoles comida y vino. Pero al astuto discur­so de Ulises, que le expone el motivo de su embajada, Aquiles responde que los héroes no son tenidos por los aqueos en gran consideración, como demuestra la acti­tud de Agamenón respecto a ellos. Por tal razón rechaza los presentes, proclamando su decisión de poner velas al día siguiente hacia el Helesponto. Los embajadores em­prenden el camino de regreso desilusionados.

Canto X: Agamenón, intranquilo, no puede conciliar el sueño: por eso, después de haber despertado a los demás caudillos y de haber hecho inspeccionar las guardias, en­vía a Ulises y a Diomedes a explorar el campamento troyano. Éstos capturan en seguida a un explorador troyano: Dolón. Éste habla, creyendo poder salvar así su vida, explicando su misión, y les sugiere introducirse en el cam­pamento troyano cruzando el de los tracios. No bien ter­mina de hablar, Diomedes le corta la cabeza. Luego con Ulises cruza por entre los tracios dormidos, dando muer­te a un gran número de ellos, incluido su caudillo Reso. Huyen con los corceles de Reso, célebres por su hermo­sura, justo mientras Febo, despechado por la ayuda pres­tada a Diomedes por Atenea, ha despertado a Hipocoonte, primo de Reso, para que dé la alarma.

Canto XI: Al rayar el alba se entabla el tercer combate desde el día de la cólera de Aquiles. Lo contemplan la Discordia y Zeus, sentado sobre el monte Ida. Los aqueos repelen a los troyanos hacia las Puertas Esceas, pero Héc­tor, aconsejado por Zeus, se mantiene aparte, a la espe­ra de que Agamenón, que se muestra valerosísimo aquel día, sea herido. No sólo es herido Agamenón, sino tam­bién Diomedes, y a continuación Ulises. Héctor se ade­lanta entonces tan ferozmente que el mismo Áyax retro­cede. Mientras tanto Aquiles ha visto a Néstor transpor­tar a Macaón herido, y envía a Patroclo a informarse. Néstor reconviene de forma tan elocuente la inercia de Aquiles, que Patroclo se apresura turbado a retroceder. Por el camino, empero, se detiene para curar a Eurípilo, también herido.

Canto XII: Los caballos de los troyanos se niegan a cru­zar el foso. Polidamante aconseja a Héctor cruzarlo a pie. Un prodigio enviado por Zeus, interpretado como in­fausto por Polidamante, los hace dudar. Pero poco des­pués Héctor decide emprender igualmente el asalto. El Sarpedón, el hijo de Zeus, quien con la ayuda de Glauco consigue abrir una brecha en el muro. Héctor, por su par­te, abate una puerta con una roca. A través de estas dos aberturas, los troyanos irrumpen dentro mientras los aqueos salen huyendo.

Canto XIII: Poseidón, presa de compasión por los aqueos, aprovecha que Zeus ha apartado los ojos del combate para, adoptando el aspecto de Calcante, infundirles aliento. Y he aquí que los troyanos retroceden. Se entabla una lucha en torno al cuerpo de Alcátoo, yerno de Príamo, y son numerosos los muertos. Áyax Telamón desafía a Héctor: lanzando fuertes gritos, las filas ene­migas se enfrentan.

Canto XIV: Para evitar que Zeus se percate de Poseidón, Hera urde una asechanza. Se cubre el cuerpo de ambro­sía, se arregla los cabellos y vuela hacia Lemnos para vi­sitar al Sueño. Le promete, si cierra los ojos de Zeus, darle por mujer a la gracia Pasitea. Vuelan juntos al monte Ida, donde el Sueño, transformado en pájaro, se escon­de en la espesura de un árbol. Hera, mientras tanto, se presenta ante Zeus tan seductora que al instante éste es víctima de los encantos de la mujer. Ocultos por una nube dorada, Zeus y Hera se recuestan sobre la hierba, y el Sueño embarga los ojos de Zeus. Poseidón, entre tanto, comanda el ejército aqueo, y Áyax golpea a Héctor en pleno pecho con una gran piedra. Mientras Héctor cae desfallecido a orillas del río Janto, los troyanos empren­den la huida.

Canto XV: Zeus se despierta en el monte Ida y se enoja con Hera, pero después la perdona a condición de que en­víe a Iris ante Poseidón con la orden de que abandone el campamento, y a Febo junto a Héctor para que lo cure. Así sucede, y cuando Héctor se presenta en el campamen­to los aqueos huyen. Se entabla una lucha encarnizada en torno a las naves, mientras Héctor trata de prender fuego a la de Protesilao, defendida por Ájax.

Canto XVI: Patroclo pide entonces a Aquiles que le dé sus armas. Cuando éste ve alzarse las llamas de las na­ves, consiente en ello, ofreciendo a Patroclo el mando de los mirmidones y de sus corceles inmortales, Balio y Janto, guiados por Autodemedonte. Patroclo, entrando en la liza, da muerte en terrible combate a Sarpedón. Glau­co, a ruegos del moribundo, acude a defender su cuerpo: la lucha en torno al muerto Sarpedón es ferocísima. Zeus, apesadumbrado, envía a Febo a recoger el cuerpo de su hijo, para que sea transportado a su Licia natal. Luego hace enfrentarse a Héctor y a Patroclo. Patroclo se de­fiende con valor, pero ha llegado su hora: Febo le oscu­rece la vista, le hace caer el escudo. Héctor mata a Pa­troclo que, moribundo, predice al troyano su próxima muerte a manos de Aquiles.

Canto XVII: La lucha por la posesión del cadáver de Pa­troclo arrecia. Entre tanto, Zeus, conmovido por el fin próximo de Héctor, resuelve concederle una gran victo­ria. Siente pena también ante el dolor de los caballos Ba­lio y Janto, que lloran la muerte de Patroclo inclinando sus cabezas al suelo, presos del abatimiento e incapaces de obedecer a Autodemedonte: y les infunde nuevo vigor para que no caigan en manos enemigas. Mas la suerte del combate está ya decididamente decantada en favor de los troyanos: Agamenón manda entonces a avisar a Aquiles de la muerte de Patroclo, cuyo cuerpo es arrastrado por Menelao hacia las naves mientras Héctor es vigi­lado por Áyax, el hijo de Oileo, y por Áyax Telamón.

Canto XVIII: Al aullido de Aquiles ante el anuncio de la muerte de su amigo surge en las profundidades del mar su madre Tetis que, viéndolo decidido a reemprender el combate, le promete armas nuevas, que fabricará Hefesto, para el día siguiente. Y puesto que los aqueos defien­den ahora ya a duras penas el cuerpo de Patroclo, Aqui­les sube inerme al muro lanzando un triple grito que hace retroceder a los troyanos; mientras tanto, los aqueos po­nen a salvo el cadáver. Ya de noche, Héctor, contra el consejo de Polidamante, decide proseguir el combate cer­ca de las naves, y no bajo los muros de la ciudad. Aqui­les, entre tanto, llora con los restantes aqueos al amigo caído. Hefesto, en cambio, trabaja en forjar para Aqui­les un escudo fuerte y grande, dividido en cinco bandas admirablemente cinceladas.

Canto XIX: Una vez ha recibido de manos de su madre las nuevas armas, Aquiles se reconcilia con Agamenón; la cólera contra los troyanos ha superado a la que siente hacia los átridas. A causa del dolor por la desaparición del amigo, le es imposible comer ni dormir; pero Atenea, por consejo de Zeus, no permite que el ayuno o las lá­grimas debiliten su cuerpo. Llegado el momento de en­trar en combate, Aquiles enristra las armas de Hefesto.

Canto XX: Zeus, temeroso de que Aquiles pueda expug­nar Troya antes del día fijado por el Hado, permite a los dioses que tomen parte libremente en la contienda que se recrudece así sin más frenos. Aquiles siembra estragos mientras busca a Héctor: entre los demás, a punto esta­ría también de perecer Eneas si Poseidón no hubiera recordado a Zeus que el troyano estaba destinado a per­petuar la estirpe de Dárdano. Aquiles se encuentra final­mente frente a Héctor: el troyano le arroja una lanza, pero Atenea la desvía. Febo salva a Héctor del Pélida, que se dirige entonces a otro lugar.

Canto XXI: El rio Janto, adoptando forma humana, rue­ga a Aquiles que no arroje más cadáveres a sus aguas. Ante la negativa de éste, desborda sus márgenes, inun­dando la llanura, y el Pélida vacila. Cuando el Janto lla­ma en su auxilio al río Simunte, Hera envía contra él a Hefesto, que prende fuego a sus orillas. El río Janto en­tonces se retira a su cauce. Los dioses discuten entre sí, mientras los troyanos en desbandada se refugian en la ciudad.

Canto XXII: Héctor permanece solo bajo los muros, decidido a enfrentarse con el Pélida. Pero el aspecto de Aquiles le infunde tan gran temor que Héctor al princi­pio huye, perseguido por su adversario. Sin embargo, su destino ahora ya ha-sido decidido por el Hado: Febo lo abandona, Atenea lo engaña, haciéndole creer que es ayudado por su hermano Deífobo. Héctor, en efecto, tras recobrar nuevamente el valor, se enfrenta a Aquiles; pero el falso Deífobo desaparece y Aquiles hiere a Héc­tor en el cuello; En el momento de su muerte, Héctor re­cuerda a Aquiles que morirá a manos de Paris. Aquiles ata su cadáver al carro y lo arrastra por el polvo alrede­dor de Troya. Andrómaca llora sobre las escarpas, junto a las mujeres troyanas.

Canto XXIII: En el campamento aqueo, Aquiles toma parte, aunque a disgusto, en el banquete fúnebre por Pa­troclo. Al amanecer, pone el cuerpo de su amigo en la pira funeraria. Febo y Afrodita, entre tanto, mantienen incorrupto el cuerpo de Héctor. Se celebran juegos fúne­bres en honor de Patroclo.

Canto XXIV: Al día siguiente, Aquiles arrastra tres ve­ces más el cadáver de Héctor en tomo al sepulcro de Pa­troclo. Zeus y muchos de los númenes envían entonces a Tetis donde Aquiles para convencerlo de que devuelva el cuerpo de Héctor, en tanto que Iris ordena al anciano Príamo dirigirse solo a la tienda de Aquiles, que le de­volverá a su hijo. Príamo obedece, secundado por Hermes. Aquiles se siente conmovido por el dolor del ancia­no, acepta los presentes que le ha traído, y le entrega el cuerpo de Héctor. Nueve días dura el luto de Troya, lue­go de los cuales el cadáver es quemado, antes del ban­quete fúnebre. Éstos son los honores dispensados por Troya al más grande de sus héroes.