Poema en octosílabos pareados
Un adolescente cándido y desconocedor del mundo y de la vida, Perceval, ha sido educado en la soledad y en el silencio de la remota selva por una madre que, habiendo perdido a su marido y a sus hijos mayores en empresas caballerescas, pensaba conseguir así mantenerlo alejado de todo peligro. Pero un día Perceval conoce a algunos caballeros que despiertan en él la irresistible vocación de la caballería: abandona a su madre y parte para la corte del rey Arturo, donde el sabio Gornemant lo inicia en la vida caballeresca.
A través de arduas pruebas se convierte en un cumplido caballero y decide, al haber alcanzado ya la conciencia de sí mismo, regresar con su madre. Pero, durante el viaje, llega al castillo del Rey Pescador, herido de una herida incurable; allí ve aparecer la misteriosa procesión de la lanza sangrante y del precioso Grial, la copa donde fue recogida la sangre de Cristo, y que todos los caballeros de la Tabla Redonda andan buscando, pero que tan sólo Perceval, por su pureza de corazón, está predestinado a encontrar. Por una excesiva discreción, el joven caballero no se atreve a preguntar a su anfitrión sobre el significado de dicha ceremonia. A la mañana siguiente todo ha desaparecido y Perceval reanuda su viaje, durante el cual se entera de que en el entretiempo su madre ha muerto de dolor.
Un nuevo deseo lo acomete de forma violenta: encontrar el «Grial» y la lanza sangrante y penetrar en su secreto. Por espacio de cinco años lleva a cabo la ansiosa búsqueda. Cierto día, en la corte del rey Arturo, una joven le revela su involuntario pecado: no haber preguntado qué era la procesión del «Grial» cuando tuvo la revelación; su silencio impidió, en efecto, al Rey Pescador curarse y trajo grandes desgracias.
Perceval reanuda con mayor tenacidad si cabe su búsqueda hasta que, un Viernes Santo, halla a un ermitaño, hermano del Rey Pescador, que, tras haberlo confesado y absuelto, lo encamina hacia la vida de penitencia y de oración y le desvela parte del misterio: el «Grial» contiene una hostia con la que el Rey Pescador nutre su propia vida. El poema, que cuenta seguidamente las aventuras de Gauvain, ha llegado hasta nosotros inconcluso.

