El Rey de los Elfos, Herder

[Erlkünig). En la colección de Cantos populares (v.) de Herder (1778-79) figuraba una canción épi­ca danesa, La hija del rey de los elfos (Her­der tradujo equivocadamente «rey de los alisos»). Como tienen por costumbre, los elfos danzan por la noche en los prados.

Encontrándose con ellos, sir Oluf es repe­tidamente invitado a la danza por la hija del rey de los elfos. Sir Oluf se niega. En­tonces la muchacha elfa le da un golpe en el corazón, le obliga a sentarse en la silla del caballo y lo envía a su casa. El día siguiente es el señalado para las bodas de sir Oluf, y cuando llegan la novia y los invitados, hallan al novio muerto detrás de una cortina escarlata. La balada de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), com­puesta en 1782, es una refundición libre del canto danés. El padre cabalga de noche llevando entre los brazos a su hijito. Éste se estremece al ver al rey de los elfos. El padre trata de calmarlo. El pequeño repite entonces las canciones susurradas por el rey de los elfos. El padre trata de calmarlo de nuevo, diciéndole que se trata de un engaño. El niño repite entonces las pala­bras del elfo, que le invitan a las danzas y cantos de sus hijas, de las muchachas que ahora, aterrorizado, dice que ve. El padre trata de calmarlo otra vez. El rey de los elfos susurra ahora palabras de amenaza al chiquillo que, con dolor, se siente tocado. Se horroriza entonces el padre y cuando llega a casa el chiquillo ha muerto entre sus brazos. Sobre el fondo común de la creencia en los elfos, las divinidades colec­tivas del aire aficionadas a danzas noctur­nas en los prados, en apariencia benévolas para los hombres, pero en realidad porta­doras de la muerte, las diferencias entre la balada popular y la de Goethe son eviden­tes.

La balada danesa se compone de tres escenas: el encuentro nocturno del caballero con la hija del rey de los elfos; el diálogo de sir Oluf, herido de muerte, con su madre; la triste mañana del día nupcial. La balada goethiana es menos narrativa, pero mucho más intensa, dramática y mis­teriosa. El padre no advierte la presencia de los elfos; es el hijito quien, mucho más próximo a las fuerzas demoníacas, advierte distintamente y con creciente horror la pre­sencia del rey de los elfos y escucha sus halagadoras invitaciones y la amenaza ven­gativa. Esto aumenta la fascinación de mis­terio y de sagrado horror. El breve final narrativo concluye perfectamente, en estilo tradicional, una de las composiciones ar­tísticas más hermosas escritas sobre un canto popular.

V. Santoli

Es el mayor lírico de todos los tiempos. (Dilthey)

*    La balada fue puesta en música por Johann Friedrich Reichardt (1797-1884), en 1793; por Bernhard Klein (1793-1832); por Franz Schubert (1797-1828), en 1815; por Karl Gottfried Lówe (1796-1869), en 1817. De todas esas composiciones, la más im­portante es la de Schubert, que se hizo popularísima. Aunque cronológicamente sea el segundo lied compuesto por Schubert, revela ya cumplidamente su personalidad y es sin duda una de sus obras maestras por la alta fuerza dramática y la singular ri­queza de efectos. Sobre el fondo de un acompañamiento tumultuoso de piano, que representa musicalmente la trágica cabal­gata: se elevan las tres voces dramáticamente dia­logantes: la triste del hijo delirante, la más grave del padre que trata de disipar sus visiones y la mágicamente insinuante del rey de los elfos. La música se precipita continuamente con riqueza y originalidad de modulaciones, hasta que, después de tan­to tumulto, se llega al final, que es tam­bién de profundo efecto: un recitativo pro­nunciado casi sin voz sobre las dos últimas palabras.

M. Dona