Adonis, Gian Battista Marino

[L’Adone]. Poema en veinte can­tos de Gian Battista Marino (1569-1625), dedicado al rey de Francia Luis XIII y pu­blicado en París en 1623. Cupido (v.), dis­gustado con su madre Venus (v.), se venga haciendo llegar a la isla de Chipre a Ado­nis (v.), el bellísimo príncipe hijo de la unión incestuosa de Mirra (v.) con su pa­dre, e inspirando a la diosa y al joven un amor ardiente y desenfrenado. Adonis es introducido en el admirable palacio de Venus, escucha a Mercurio (v.), compla­ciente alcahuete, historias de amor, asiste a una representación escénica y recorre lue­go, guiado por la diosa amada, los cinco jardines que simbolizan los cinco sentidos, cada uno de los cuales tiene su participación en el goce del amor, hasta que alcanza el deleite supremo. Con la diosa, que ya no se separa de su lado, visita luego, pasando del placer de los sentidos al de la inteligencia, la admirable fuente de Apolo (v.), símbo­lo de la poesía y, también acompañado por Mercurio, Virgilio de esta nueva Comedia, conoce los tres primeros cielos de Ptolomeo, o sean la esfera de la Luna, de Mercurio, de Venus, donde tiene ocasión de aprender las más diversas nociones de la ciencia del XVII y entabla relación con los perso­najes de la época del poeta.

Pero los Celos vigilan y revelan a Marte (v.) el nuevo amor de Venus; Adonis no puede hacer más que huir a la llegada del terrible dios y se precipita, pese al anillo encantado que le dio la diosa y a la protección de Mercu­rio. en las aventuras más extrañas y en los peligros más graves. Se enamora de él la maga Falsirena, quien, indignada por sus repulsas, le hace prisionero ; convertido en papagayo, el desgraciado asiste a los amo­res de Venus y de Marte y, luego de haber recobrado la forma humana, atraviesa las aventuras más románticas e inverosímiles. Adonis puede volver por fin a la dilecta Chipre, donde es elegido rey, a gozar el amor de su diosa; pero un día en que ella está ausente, en una cacería le mata un jabalí lanzado contra él por Marte, y Venus sólo llega a tiempo de que muera en sus brazos. Sus funerales y los juegos fúne­bres en su honor terminan el poema. Sobre este argumento, bastante tenue en esencia, se insertan ficticiamente otros episodios. Entre ellos, Marino ha introducido las más conocidas fábulas mitológicas: el juicio de Paris (v.), Amor y Psiquis (v.), Eco y Narciso (v.), Ganimedes, Cipariso, lia, Atis, la red de Vulcano (v.), Polifemo (v.), Acis y Galatea (v.), Hero y Leandro (v.), etc. Así el poema, que originariamente debía constar sólo de tres cantos, se extendió has­ta convertirse en uno de los poemas más largos de la literatura italiana (con 5033 octavas).

Le falta a esta vasta mole una estructura cualquiera; y este defecto no es sólo de la obra en su conjunto, sino de los episodios particulares, que el autor no consigue desarrollar con la consciente coherencia del artista. Para dar una unidad al Adonis no podían bastar ciertamente ni la justificación moral de la fábula («el pla­cer sin moderación acaba en duelo»; sen­cillo hallazgo hipócrita para justificar las lascivias y obscenidades del poema) ni las alegorías que preceden a cada canto. Falta en el Adonis un sentimiento cualquiera que lo informe y haga de él un organismo poé­tico; ni siquiera la voluptuosidad, el senti­miento más profundo y sincero del poeta, resulta artísticamente dominada; o le ins­pira páginas de vulgar y antipoética obsce­nidad, o se agota en juegos verbales. El amor de Venus y Adonis no alcanza las esferas de la poesía, y ningún personaje, ni siquiera los dos protagonistas, puede decirse que constituyan un carácter. Por ello el material variado y extraído de las fuentes más dispares (entre las cuales, ocupan el primer lugar las Metamorfo­sis (v.) de Ovidio, las Dionisíacas (v.) de Nonno Panopolitano, los poemas de Claudiano, las novelas griegas, además de las obras de Dante, Ariosto, Tasso) no se fun­de en un todo armónico y el poema, que es a la vez mitológico, erótico, didascálico y novelesco, deja entrever muchas posibilida­des de poesía sin desarrollar ninguna. La misma mitología, que alcanza nueva vida con el Renacimiento, como expresión del ideal de belleza, no es ya nada serio en Adonis. Dioses, diosas y héroes, empezando por la diosa Venus, aparecen como seres frívolos y caprichosos, motivo que, más en consonancia con el espíritu burlón del autor, hubiera podido asumir una consisten­cia poética y literaria si los múltiples rasgos cómicos se hubiesen desarrollado coheren­temente. El deseo de sorprender y asombrar es la verdadera razón de ser de Adonis.

Ello explica que Marino haya podido con­cebir la idea barroca y casi sacrilega de introducir entre las lascivias del poema una imitación del «Paraíso» de Dante y hacer del jardín del placer un pretexto para di­sertaciones fisiológicas y filosóficas; también explica cómo ha podido proponerse rehacer sistemáticamente y a su gusto los fragmentos más célebres de la poesía an­tigua y moderna tratando de superarlos, mediante artificios ingeniosos, y de riva­lizar con las demás artes con descripciones minuciosas de arquitecturas, estatuas, can­tos y danzas. Lo que constituye el interés de la obra y hace del Adonis un monumen­to único en su género no es, pues, la poe­sía, sino el gusto de lo asombroso, que es lo que lo convierte en obra típica del ba­rroco literario, en el prototipo del estilo vicioso que encontró en las condiciones cul­turales y morales de la Italia del si­glo XVII el clima propicio para desarrollarse, y en el ingenio fervoroso de aquel vir­tuoso de la poesía que fue Marino, el ar­tífice más apto para llevarlo hasta las últi­mas consecuencias.

M. Fubini

Adonis es un idilio envuelto en empacho­sa mitología (De Sanctis)

*     En Francia apareció en 1669 un poema corto (v. Amor y Psiquis) de Jean de La Fontaine (1621-1695), compuesto doce años antes. Es una de sus primeras obras, y es ligera y graciosa, de un preciosismo deco­rativo, que en determinados momentos se eleva a la poesía más exquisita.

*     También el Arte ha tomado muchas ve­ces como asunto la fábula mítica de Ado­nis; quedan huellas importantes en diver­sas obras etruscas y romanas. Durante el Renacimiento los pintores mostraron pre­dilección por ella y surgieron algunas obras maestras. Hay que recordar especialmente: La salida de Adonis a la caza, de Tiziano; La muerte de Adonis, de Miguel Angel; Venus y Adonis, de Paolo Veronés; Venus y Adonis coronados por el Amor, de Paris Bordone.

*     En música se recuerda un Adone de Jacopo Peri (1561-1633), escrito en 1620 sobre un texto de Cicognini; la obra, una de las primeras en la historia del melodrama, no fue nunca representada.

*      Compuso un Adone Claudio Monteverdi (1567-1643) sobre libreto de Paolo Vendramin; la ópera fue representada en Venecia en 1639. Aunque sus restantes composiciones fueran conocidas y aplaudidas por más de veinte años en cortes y salones, ésta fue la primera obra dramática de Monte­verdi representada en público, puesto que hasta 1637 no se inauguraron en Venecia los primeros teatros de ópera abiertos al público. De este Adone ha llegado hasta nosotros el drama pastoral de Vendramin, habiéndose perdido la música.

*     Otras óperas sobre el mismo argumento y con el mismo título — Adonis — se com­pusieron en el XVII, una de Robert Cambert (1628-1677), se representó en París en 1662, cuya partitura ya no existe; otra de Reinhardt Keiser (1674-1739), representada en Hamburgo en 1697 ; y otras más. Théodore Dubois (1837-1924) compuso un poema sinfónico Adonis en 1899 (v. también Ve­nus y Adonis).

*     En España el tema aparece por vez pri­mera en el siglo XVI, con el poema mito­lógico de don Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) que lleva por título Fabula de Adonis, Hipomenes y Atalanta, publicado en 1553. Escrito en octavas reales e ins­pirado en el relato ovidiano de las Meta­morfosis, tiene como modelo en muchos de sus pasajes la Fábula de Adonis de Girolamo Parabosco, igualmente escrita en oc­tavas. Como su título indica, el tema ini­cial de los amores de Venus y Adonis, deja paso a una digresión intercalada en el seno del poema, en la que Venus relata a su amante la fábula de Hipomenes y Ata­lanta, extraída libremente de Ovidio. Sur­gida en el difícil momento de la adaptación de los metros italianos en España, la Fábula de Adonis, Hipomenes y Atalanta adolece de los defectos métricos y eufónicos característicos de Hurtado de Mendoza en la versificación italiana. Superior a la fá­bula de Hero y Leandro de Boscán, intenta remedar la nítida belleza y la gracia armo­niosa de los versos garcilasianos en algunas bellísimas octavas que revelan a un autén­tico poeta. Dejando aparte sus innegables aciertos parciales, la importancia primor­dial de este poema estriba en ser uno de nuestras primeras fábulas mitológicas, gé­nero que tan vasta repercusión habrá de alcanzar en la poesía española de los si­glos XVI y XVII hasta la aparición del Polifemo de Góngora.

*     Es preciso citar también el poema mito­lógico de Juan de la Cueva (1543-1610) Llanto de Venus en la muerte de Adonis, impreso en el rarísimo volumen de sus Obras poéticas (Sevilla, 1582).

*     Entre los poetas del Barroco el tema co­bra una boga extraordinaria. Pedro Soto de Rojas (1585-1658) inserta fragmentos de un poema de Adonis en su Paraíso cerrado para muchos y jardines abiertos para pocos (Granada, 1652), que revelan el genio refi­nado y sensual del canónigo granadino. Don Juan de Moncayo y Gurrea, marqués de San Felices, incluye un poema de Venus y Adonis en octavas en el volumen de sus Rimas (Zaragoza, 1652), una de las creacio­nes más características de la escuela gongorina aragonesa.

*      Mayor importancia tiene la Fábula de Mirra, Adonis y Venus inserta en la misce­lánea novelesca de Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina (15849-1648), Deleitar Apro­vechando (Madrid, 1685), una de las com­posiciones más rabiosamente culteranas del genial mercedario. Sobre un fondo de ins­piración ovidiano procedente de las Meta­morfosis, Tirso cuenta la fábula de Mirra y la de su hijo Adonis, acusado por Venus, en opulentas silvas barrocas cuya imitación gongorina es patente, entre una abundante profusión de cultismos. De muy mediocre valor desde el punto de vista poético es un ejemplo característico de la íntima con­tradicción que encierran, en la primera mitad del siglo XVII, las censuras anticultistas de los contemporáneos.

*     El tema dio también motivo a la parodia, a la sátira burlesca en la poesía española del siglo XVII. Alonso de Castillo Solórzano (1584-1648) publicó un romance bur­lesco con el título de Fábula de Adonis en los Donaires del Parnaso (Madrid, 1624).

*      En el siglo XVIII renovó literariamente el tema el canónigo granadino Juan Antonio Porcel (1720-1789) en su largo poema divi­dido en cuatro églogas venatorias titulado El Adonis. Escrito en diálogos pastoriles desarrollados en silvas y tercetos, el poema es una de las últimas derivaciones del cul­to por las fábulas mitológicas de proceden­cia ovidiana que caracteriza la poesía espa­ñola de los siglos XVI y XVII. Porcel declara haber tomado como modelos «a Garcilaso y en especial al incomparable cor­dobés don Luis de Góngora», pero por la extremada prolijidad y extensión del poe­ma es de creer que tomó ejemplo del Ado­nis de Marino. Al igual que éste, intercala innumerables fábulas mitológicas en el transcurso de los 4.500 versos de que cons­ta El Adonis, procedentes de Ovidio y de otros poetas españoles o italianos. Pese a su culto por Garcilaso, que trasciende en los pasajes más logrados del poema, Por­cel es, sobre todo, un gongorista tardío que, frente a la almibarada contención neoclási­ca, mantiene la opulencia descriptiva de los últimos poetas del Barroco. En el teatro es­pañol del siglo XVII trataron el tema Lope de Vega en la «tragedia» de Adonis y Venus y Calderón en La púrpura de la rosa.