Vida Nueva, Dante Alighieri

[Vita nuova]. Obra de Dante Alighieri (1265-1321), compuesta «a la entrada de la juventud», probablemente entre 1292 y 1293, publicada por vez primera en Florencia, en 1576. Se trata de un con­junto de poesías que Dante eligió de su producción anterior y que enlazó mediante el hilo de una narración en prosa.

Esta na­rración ilustra el motivo engendrador («ra­gione») y aclara mediante «divisioni» la estructura de pensamiento que se articula dentro de cada una de ellas, resolviéndose en una síntesis significativa. Viene a ser la historia de la vida íntima de Dante, tal como se asoma a su espíritu en la trama sentimental y afectiva de los recuerdos de que se halla entretejida («libro de la memo­ria»), y que el poeta revive en relación directa con Beatriz (v.), la mujer amada y exaltada, perdida y llorada, pero «feliz en el Cielo con los ángeles» y «viva en la tie­rra con su alma». A los nueve años Dante se encontró con Beatriz, casi de su misma edad; inmediatamente, su belleza, en el es­plendor de su despótica espiritualidad («Ecce deus fortior me»), se halla presente en el alma de. Dante, que con ella se deleita («Apparuit iam beatitudo vestra») y la can­ta: un bien que mueve al deseo y despierta el amor, como pasión a la que incluso debe­rán sacrificarse las operaciones mismas del cuerpo.

Con ello empieza una «vida nueva», en la que el amor, tendiendo hacia lo que deleita la inteligencia en su facultad de conocer («amor racional»), se convierte en Dante en causa de las atracciones que él mismo experimenta, es decir, de la eficacia que la belleza de Beatriz ejerce sobre él con la realidad de su presencia y de su ac­ción. A los dieciocho años, Dante vuelve a ver a Beatriz, y ella le saluda por vez primera: luz de un alma buena que le em­briaga y que le lleva a conocer, bajo el relámpago de una mirada, la belleza que le hace feliz. Y pronto, en una atmósfera de visión y de ensueño — vida de un alma que se contempla en el espejo de sus propias imágenes — se le aparece el Amor y con­firma que es su señor («Ego dominus tuus»), le arranca el corazón y se lo entrega a Bea­triz que duerme entre sus brazos, y luego se marcha, llorando. Sueño de cualquier adolescente, que a la primera revelación de la belleza en su existencia singular y con­creta se ofrece por entero a la criatura que se la ha dado a conocer, como esplendor de vida y perfección que no es propia de este mundo.

Presagio oscuro del sentimiento que ama, y que teme ya perder lo que ama. Motivo poético que, en las formas de la lí­rica tradicional, señala los inicios del arte de Dante, pero que no se agota allí, porque desde lo hondo impregna toda la Vida nue­va y colorea el episodio de amor en una penumbra de expectación y de misterio. Encerrado ya sólo en pensar en Beatriz, Dante se coloca en el centro de su alegría y la ciñe de silencio y la vela con una son­risa, mediante lo cual responde a quienes leen en su rostro la zozobra interior. Celoso secreto y flor espiritual de su alma enamo­rada, que presiente que debe sustraer a cualquier curiosidad indiscreta, fingiendo estar enamorado de otra dama, para quien escribe «ciertas cosillas en rima» con ese frágil y delirante abandono al sentimiento, que es pura música, ritmo interior y canto (v. Rimas). Pero, más tarde, cuando esa dama se aleja de Florencia y él se queda asustado, de nuevo y por inspiración de amor, se apresura a ocultar la íntima ver­dad de la vida que vive a través de la pan­talla de una segunda dama; pero la canta con tal fervor de deseo, que la ola de con­moción que le fluía del interior se enturbia, y oscurece la idea de belleza que le arro­baba en Beatriz.

Pero he aquí que de esta pasión mucha gente empieza «a hablar más allá de los límites de la cortesía», y por esas voces que le produjeron a Dante la tacha de vicioso, Beatriz le niega el saludo: aquel saludo que era fuente de beatitud y de desbordante plenitud interior. «Cuando ella aparecía desde alguna parte — escribe Dan­te —, por esperanza de la admirable salud (saludo) ningún enemigo me quedaba; es más, me alcanzaba una llama de caridad, que me obligaba a perdonar a todo aquel que me había ofendido; y el que en aque­llos momentos me hubiera pedido cualquier cosa, mi única respuesta habría sido tan sólo “Amor”, con rostro vestido de humildad».

Superabundancia afectiva, que Dante conoce como vida de su alma y lazo que le une, en el mundo de los espíritus, a todos los hombres; pero superabundancia que se halla fuera del orden del amor; el cual, reconcentrado sobre su propio centro, se exal­ta en lo que, al mismo tiempo que deleita a la inteligencia, hace frente a la voluntad como un bien hacia el que tiende y que constituye la alegría del alma («Ego tam quam centrum circuli cui simili modo se habent circumferentiae partes», le declara en una visión el Amor, «tu autem non sic»). La voluntad de Dante, no rectificada funda­mentalmente en la línea de aquella belleza que relucía en Beatriz, se ha abandonado a la ola oscura del sentimiento y de la pasión. Siempre por inspiración de ese Amor que le incita, le guía y lo perfecciona, Dante se da cuenta de que en sus rimas dedicadas a la segunda dama que le sirve de pantalla, ar­tísticamente ha fallado su objetivo. Enton­ces abandona sus fingidos amores para diri­girse directamente a Beatriz y declararle la nobleza de la pasión que siente y que siem­pre ha sentido por ella «desde su niñez». Mas Beatriz no se aparta fácilmente de su propósito; ni Dante puede esperar otra cosa de ella, aunque sea contra su deseo, más que una piadosa compasión por lo que él vive y sufre, padece y conoce en sus térmi­nos íntimamente contradictorios.

En el trans­curso de una fiesta nupcial, Beatriz, junto con sus amigas, sonríe ante la turbación que Dante experimenta en su presencia; con ello se niega a comprender ese amor que en Dante domina a cualquier otra acti­vidad, transformándole en mero sujeto de absorta contemplación. Es un morir en sí mismo por complacerse en la belleza que en Beatriz le exalta y le saca fuera de sí; oscura perfección de amor, vivida angustio­samente y que es de tal tipo que en otros debiera despertar piedad; y pese a todo de­seada y aceptada con alegría por Dante, porque la vive bajo la luz de un pensa­miento que sólo habla de Beatriz. En viva relación con ella, Dante hasta ahora ha obe­decido, con confiado abandono y feliz, a los requerimientos del Amor que se des­prendían de los pliegues más recónditos de su alma; pero el saludo de Beatriz, que era el fin último de todos sus deseos, le es negado para siempre. Y Dante cree que ya nada más podría decir de sí mismo, cuando, de improviso, el Amor que le inspira se le revela, por su gracia, en la palabra poética en alabanza de Beatriz; por ello, se trata de un amor que nada pide ni nada espera, porque ya lo posee todo, como bondad ge­nerosa que exaltando se exalta, mientras se entrega libremente a la belleza espiritual hacia la cual tiende.

De este amor, en cu­yas fuentes se identifican, en la línea del hacer y en la línea del obrar, arte y vida moral, de este amor nace la nueva poesía de Dante («donne ch’avete intelletto d’amore»): sus «nuevas rimas», primera floración lírica de su alma en un estado de gracia ingenua y de felicidad expresiva; y su pri­mera vocación ética en un mundo de per­fección ideal, que está más allá de todo lo creado (v. Rimas). El pensamiento de una llamada de Beatriz a su patria celeste, entre ángeles y almas felices, a las que nada les falta sino tenerla a ella, informa en estas rimas el sentimiento de extática contempla­ción que las llena, pero que inmediatamente se convierte, en la fe en un orden provi­dencial, de la que la misma Beatriz es clara manifestación por la beneficiosa acción que su presencia ejerce en todos los corazones («Negli occhi porta la mia Donna Amore»). Mas he aquí que muere el padre de Bea­triz. Algo más tarde, Dante enferma grave­mente y en el sentimiento de la fragilidad de la vida y de su breve duración, el pen­samiento de un regreso de Beatriz al cielo aflora desde los pliegues del alma y se con­vierte en presentimiento y en ensueño an­gustioso, y en suspiro, y en llanto («Donna pietosa e di novella etade»).

Sin embargo, al volver a la vida, Dante vuelve a la vida de su alma, que se expresa mediante pala­bras alegres y en las admirables adivina­ciones de ese amor que las inspira y que, por superabundancia interior, fluye por com­pleto hacia Beatriz, que de este modo pasa a ser para él como un otro yo («lo mi sentii svegliar dentro lo core»). Vuelve a tra­tar el tema de la alabanza («Tanto gentile e tanto onesta pare», «Vede perfettamente onne salute»), conmovido suspiro de un alma que se siente humillada y casi perdida ante la belleza que irradia de Beatriz, y que la irradia como luz de pureza originaria y de gracia cándida y gentil. Y Dante qui­siera ya ilustrar la nueva floración de su alma bajo la influencia de esa luz; pero Bea­triz muere. Al desaparecer la «stella rectrix» de su vida más íntima, donde ella actuaba como espíritu creador, Dante se da cuenta de que el horizonte se oscurece y de que el mundo pierde parte de su valor. Pausa de recogimiento y de meditación: dolor que se repliega sobre los recuerdos, y cuyo sentido más profundo interpreta: Beatriz era el esplendor de un «milagro», un admirable efecto de la primera causa; era un «nueve», un producto del tres, la Trinidad; y por ello mismo un reflejo de las perfecciones divinas, es decir, un bien análogo al Bien supremo.

Nueva vena de poesía que fluye tierna y afectuosa, tran­quila e iluminada por la fe: Beatriz ha vo­lado al cielo «nel reame ove li angeli hanno pace». Pero su recuerdo persiste en el áni­mo de Dante; el tiempo no puede desarraigarlo, antes bien, lo recrudece y lo hace patente en su rostro y en sus actitudes. Una «gentile donna giovane e bella molto», de rostro pálido como Beatriz, le mira con tal compasión que, sin quererlo, le induce al llanto. Al principio, él se aleja, pero luego regresa para verla, porque, al renovarse a su vista el recuerdo de Beatriz, viene a ser­virle de ayuda para desahogar su dolor. Pero cuando, a causa de haberse compla­cido demasiado en ver a esta «dama gentil», Dante se da cuenta de que se aleja de su dolor, que se complace en lo que le con­suela, contrapone la razón del alma que se aflige de aquello que de veras le hace falta: esplendor de esa belleza analógica y tras­cendental que brillaba en Beatriz como per­fección de ser y plenitud de vida, hacia el cual esa alma tendía por amor, con activi­dad idéntica a la que desde el interior se le entregaba por entero. La razón poética de su «vida nueva» Dante la recoge aquí, en el vértice de una experiencia que en su singular episodio de amor le da razón de sí mismo, de sus tendencias fundamentales y de sus profundas exigencias.

Y enton­ces, dentro de la serie de recuerdos que le vienen a la memoria como un sueño vivi­do armoniosamente, porque estaba ilumi­nado por el arte y por la poesía, Dante vuelve a ver en visión a su Beatriz. Más suya aún después de la vergüenza y del arrepentimiento de haber buscado consuelo fuera de ella; y por ello llorada y lamen­tada de nuevo y más amargamente al no­tar que tanta pérdida es una desventura suya, es más, la desventura de su misma ciudad («Deh, peregrini che pensosi andate»). Pero por el sufrimiento y a través del sufrimiento, Dante, por virtud de amor, se eleva con el pensamiento hasta el Em­píreo, donde, en sitial de gloria ve a Bea­triz feliz: luz inteligible que, centelleando en sí misma, de alguna manera se revela al espíritu aunque no sea captada conceptual­mente («Oltre la sfera che piú larga gira»). Una nueva y admirable visión reafirma a Dante en las certezas interiores de su alma; y entonces decide no volver a hablar de su celeste criatura hasta que pueda tratar dignamente de ella, esperando «di dicer di lei quello che mai fu detto d’alcuna»: leja­no anuncio de la Divina Comedia (v.) que será el objeto y fin de toda su vida.

Por consiguiente, la experiencia que Dante in­troduce en su «vida nueva» es íntima y real, y le hace conocer, distinguiendo, sobre base metafísica, dos cosas: el principio acti­vo («Amor» o «forma»), que en él obra independientemente de su voluntad, pero al cual su voluntad se somete («si disposa»); y el sujeto que es el portador de ella, es decir, el mismo Dante: un «cuor gentile» que progresivamente pone de manifiesto la bondad generosa de la que él es capaz: «materia» siempre «nueva y más noble», que se actualiza en virtud del amor, «for­ma» que lo actualiza («Amor e cor gentil sono una cosa»). Esta distinción escolás­tica, que nos explica el porqué del esque­ma psicologiconarrativo de la Vida Nueva y de su valor de confesión íntima, es rea­lizada fantásticamente en los coloquios que Dante mantiene con el Amor, un perso­naje misterioso que a veces se le presenta en visión, pero que siempre le aconseja, le anima y le dirige. A las fuertes solici­taciones del Amor que le inspira, Dante responde siempre con entusiasmo juvenil, entregándose sin restricciones a la belleza sobrehumana, que brilla en Beatriz.

Opti­mismo fundamental, que nos da el tono de la vida que Dante vive, mientras realiza dentro de sí un orden espiritual, presenti­do oscuramente, pero inscrito en la sus­tancia misma de su alma. A este optimismo fundamental Dante se adherirá más tarde, en la Divina Comedia (v.), en la cima del «Purgatorio», entregándose de nuevo, con confiado abandono a la belleza del ser, que en su universalidad se irradia en torno suyo dentro de la «divina floresta fresca y viva» [«divina foresta fresca e viva»]. Ju­ventud espiritual, que renueva como «ordo amoris» el estado de gracia ingenua y nati­va que informaba las «nuevas rimas»; pero juventud hallada de nuevo al final de un largo periplo de experiencias, y precisa­mente por ello reconquistada y reconocida como el paraíso perdido de la conciencia humana. En la Vida Nueva todo debe po­nerse en relación con la intimidad, es decir, con la vida de un alma que considera las cosas exclusivamente en relación consigo misma, como si estuvieran entretejidas en su más pura subjetividad, expresándose me­diante un lenguaje afectivo, necesariamente rico en hipérboles y cuajado de notas psi­cológicas a título de exactitud.

Estas notas se ciñen a los modos concretos de activi­dad que Dante despliega en relación con los fines que actualmente se poseen de su incomunicable persona. Por esto, la reali­dad exterior se presenta como algo vago y efímero, como un sueño. Al ser desig­nados mediante perífrasis, los lugares, las personas y las cosas, se apartan a una leja­nía fuera del tiempo y profundizan en la soledad espiritual en la que Dante se en­cierra, para escuchar las voces del corazón y subir, con ánimo suspenso y asombrado, a la esfera inmaterial de esa belleza singu­lar que le arrebata. En esta atmósfera de encanto se abre y florece, fuera de los es­quemas de la lírica toscana tradicional, la frágil y delicada poesía del «stil novo» de Dante — la que, gracias a Beatriz, le obligó a salirse de la «fila vulgar»—: nota de puro sentimiento, que se recoge más allá del intransigente positivismo de la palabra, mientras se contempla en imágenes de be­lleza espiritual, en las que tiembla el ritmo profundo de un alma enamorada que canta. M. Casella

…como todos los rimadores de su época, empezó tomando su inspiración y su motivo de la poesía caballeresca de amor. Pero el temple de su alma, las condiciones de sus afectos y las circunstancias de los tiempos otorgaron a su lírica algo de ex­tático y de solemne, en pocas palabras, una inspiración mística; bajo ésta, la materia prima de aquella poesía que constituía la manera caballeresca de tratar el amor, quedó cambiada por completo y adoptó una forma nueva. (Carducci)

Una situación nueva en la historia de nuestra poesía: el amor recién nacido, to­davía semejante a los primeros sueños hui­dizos de la juventud, que adquiere su rea­lidad junto a la tumba y más allá de la tumba. (De Sanctis)

La Vida Nueva tal como nos la transmitió Dante es la novela del amor místico. (Cesáreo)

La Vida Nueva, más que impresiones de ensueño, suscita a menudo impresiones ar­tificiosas e incluso pedantescas, lo cual se aprecia luego claramente en las explica­ciones en prosa, con las cuales se intenta convertir en pequeños cuentos el contenido de las composiciones poéticas, y en los análisis y divisiones gramaticales de éstas. (B. Croce)

El tono extático de la Vida Nueva, esa luz de oro claro que parece envolver las pala­bras, ese sentido de la «ángel jovencísima»; ese sentido de unción que ha hecho que se parezca a un librito de devoción y de liturgia, eleva los casos privados del poeta a una especie de alucinación feliz: y continuamente oscila entre lo verdadero y lo simbólico. (F. Flora)