Utopía, Tomás Moro

[De optímo reipublicae statu de­que nova ínsula Utopia]. Obra en prosa latina, en parte dialogada, del inglés san­to Tomás Moro (1478-1535), publicada en 1516.

En una breve introducción que des­cribe la triste condición del pueblo inglés, Moro dice tranquilamente terribles verda­des, como: «las ovejas se han comido a los hombres», es decir, el gobierno inglés, des­pués de haber confiscado los bienes comu­nales para los favoritos del rey, ha quitado la tierra a los campesinos y ha establecido en ella ganado, obligando a aquéllos al ban­dolerismo para poder vivir. «¿Qué otra cosa hacéis vosotros? Primero hacéis ladrones y luego los castigáis». Contra las graves cul­pas de la sociedad de su tiempo crea un estado imaginario en la fantástica isla de Utopía. El régimen social y económico se basa en la obligatoriedad del trabajo y en la jornada laboral de seis horas, para que al obrero le quede tiempo para cultivar su inteligencia. Los intelectuales son conside­rados improductivos, y su número está limi­tado. Suprimida la propiedad privada, según el concepto platónico de la propiedad del Estado, y abolido el dinero, la vida econó­mica está basada en el cambio de mercan­cías depositadas en grandes almacenes pú­blicos.

Los pastos, reducidos al mínimo, son puestos en común; los metales preciosos son despreciados, y el oro sirve para hacer cadenas para esclavos o tablillas infamantes para colgar al cuello de los condenados a muerte. Con fuerte humorismo describe el recibimiento de unos embajadores en traje de gala, que los utopienses toman por los bufones de los mismos embajadores. Moro justifica la esclavitud y el comercio de esclavos; deja intacta la institución de la familia y la religión católica, pero respe­ta también las otras, excepto el ateísmo y el materialismo, cuyos seguidores son ex­cluidos de los oficios públicos. Ingeniosa­mente concilia los preceptos de la caridad cristiana con un moderado epicureismo, por el que los utopienses, en contraste con el ascetismo religioso de la Edad Media, de­sean para sí y su prójimo placeres del espí­ritu y placeres del cuerpo, y entre estos últimos principalmente la salud, por lo que a los que no gozan de ella se les aconseja un dulce suicidio. La constitución política es una especie de federación democrática gobernada por un príncipe, Utopus, que es también el fundador y el legislador del Estado.

Las leyes son pocas y claras, y representan una crítica del carácter com­plicado y confuso de la legislación inglesa, causa de abusos y malversaciones. El Estado no debe ser «una conspiración de los ricos contra los pobres», y el príncipe queda subordinado a él y al pueblo. En cuanto a la organización militar, Moro instituye el alistamiento obligatorio, pero solamente para la defensa del país. La paz es considerada como el más alto objetivo del hombre de Estado, y «no hay cosa más vituperable que la gloria adquirida por las armas». Cuando la guerra es necesaria, los utopienses con­tratan una tribu de mercenarios, los zapoletos, que se dedican a combatir fuera de su territorio junto con otros pueblos de mala nota, asignándoles el puesto más peligroso, de modo que, siendo pocos los supervivien­tes, realizan economías en los altos premios prometidos a estos mercenarios y a la vez cumplen, a su entender, una obra moral, librando a la humanidad de gentes malvadas. Al mismo tiempo excitan también contra los enemigos a los pueblos vecinos, ayudán­dolos con dinero y haciéndolos así combatir en su puesto.

Todos los medios son buenos para vencer: fomentar sublevaciones entre los enemigos, corromper a los hombres de Estado y a los generales, contratar asesinos para hacer matar a los jefes de Estado y del ejército adversario. A esto se considera piedad, porque con la muerte de pocos se salva la vida de muchos. Esta breve obra, que mezcla conceptos clásicamente tradicio­nales con elementos innatos en el tempera­mento del pueblo inglés y con ideas avan­zadas para su tiempo, tuvo extraordinario éxito. Representa la mentalidad del Rena­cimiento inglés antes de la Reforma, y uno de los primeros ensayos, luego frecuentes en Inglaterra, de fantasía política, entre los que son famosos La nueva Atlántida (v.) de Bacon, y la Oceana (v.) de James Harrington. A su difusión contribuyeron la pu­reza de su lenguaje, el fino humorismo y la potencia descriptiva y dramática del diálogo. En 1551 fue traducida al inglés por Ralph Robinson. [Trad. española por don Antonio de Medinilla y Porres (Córdoba, 1637), reimpresa en Madrid los años 1790 y 1805. Modernamente la más cumplida ver­sión es la de Ramón Esquerra (Barcelona, 1936)].

G. Lupi