Tar, Sherwood Anderson

Novela del norteamericano Sherwood Anderson (1876-1941), publicada en 1926. El autor querría contar su infancia, pero comprendiendo que no puede narrar la verdad pura, porque «su fantasía levanta una pared entre él y la realidad», prefiere crear, para representarse, la figura del pe­queño Tar (Alquitrán) Moorehead.

Tar nace en Camden, en Ohio, en una familia pobre y numerosa, y sus primeros recuerdos son un continuo cambio, «una procesión de co­sas»: su padre, sillero, espíritu audaz y extraño, procede de Carolina del Sur; su madre es de origen italiano. Desarraigado así desde su nacimiento, muy pronto se re­velan en él una sensibilidad particular y un don fantástico de evocar imágenes y de inventar historias acerca de las personas que ve. Una larga enfermedad debilita su cuerpo sin hacerlo padecer, y la vida le parece tejida de sueños incoherentes; la existencia de la aldea en que se encuentra, las personas que lo rodean, los aconteci­mientos de la vida familiar, los grandes problemas del nacimiento y de la muerte, son reformados por él a través de aquel extraño tejido de fantástico ensueño. Halla un punto firme en la naturaleza, en la reali­dad más sencilla; pero en cuanto empieza a ir por la ciudad vendiendo periódicos, se apodera de él otra vez el misterio, que acompaña a todo hombre, de la realidad desconocida, que vive detrás de las paredes de cada casa.

Para consolarse de la pobreza que lo rodea imagina a menudo que no es hijo de los suyos, sino que pertenece a una familia de personas que viven siempre en un mismo sitio, tienen abundante comida, buenos vestidos, casas bien caldeadas. De todos estos fantaseos lo despierta, como un golpe brutal, la muerte de su madre, el único vínculo que había sentido siempre vivo y real; ante el vacío espantoso, querría morir, pero luego vuelve a agarrarse a la vida y se lanza al porvenir, dejando la infancia y sus sueños tras de sí. El hechizo de esta novela, autobiográfica como la mayor parte de las obras de Anderson, con­siste en la habilidad con que sabe insertar en sus recuerdos de infancia muchos pen­samientos de su edad madura encerrados en las formas y colores de su sensibilidad de un tiempo. Tar representa algo delicado y profundo, la nostálgica evolución de una infancia bendecida a manos llenas por la fantasía.

A. P. Marchesini

Anderson reanuda en esta obra los himnos paganos de Whitman en honor de la vida germinativa y elemental… El panteísmo en su fase extrema no fue jamás tan franco, tan equívoco, tan brutal. Esta redención en medio de lo engañoso, hace añorar el idea­lismo de las primeras novelas de este autor… (R. Michaud)

…para él siempre fue más real el mundo interior que el mundo visible. Sus grandes narraciones están inmersas en una atmós­fera ideal; llenaba de sugestiones de lo in­material y de lo intangible la verdad gene­ral, la naturaleza común a todos sus perso­najes y, sin embargo, las trascendía. Las figuras que él nos presenta se asemejan a los casi humanos contornos sin lineamentos de la pintura cubista; se asemejan pre­cisamente a voces. A través de los gestos, los actos y los fondos de estas figuras, de las casas que ellas habitan, las calles por donde pasan, transpira un íntimo mundo psíquico, compuesto no sólo por las raíces del carácter, las inclinaciones del tempera­mento, las actitudes y los motivos a menudo del todo o semiinconscientes, sino también por sus estados de energía, los objetos de sus deseos, su manera de surgir. Vemos y par­ticipamos en condiciones de apatía, disocia­ción, soledad; condiciones espasmódicamente transformadas en vitalidad y conciencia. (P. Rosenfeld)