Tántalo, Vjačeslav Ivănovich Ivănov

[Tantalos]. Tragedia del autor ruso Vjačeslav Ivănovich Ivănov (1866-1949), publicada en la colección Las flores nórdicas [Severnie crety] el año 1904.

Con esta obra Ivănov ha introducido en la poesía rusa los metros de la antigua tragedia griega. El mito de Tántalo (v.) está interpretado de un nuevo modo, convirtiéndose en el símbolo de las eternas aspiraciones del hom­bre. Tántalo, hijo de Júpiter y de la Abun­dancia, rebosante de riquezas y de luz como el sol, no quiere limitarse a ser sola­mente un heredero: pretende superar al padre, fuente primera de toda perfección. «Sólo yo soy, y todo cuanto existe es mi reflejo». Procrea dos hijos: de Hemera (la Vida efímera) el mortal, rebelde y envidioso Broteas, y de la estrella Dione el inmortal y luminoso Pélope. Tántalo desearía hacer inmortal a Broteas, y devolver Pélope, su parte inmortal, a los dioses, para poder des­pués, de su propia intimidad, evocar otro ser igual a sí mismo y otro mundo autó­nomo.

Decidido a robar la ambrosía de la inmortalidad para entregarla a los hombres, asiste al festín de los dioses llevando con­sigo a Pélope como don que Neptuno y Júpiter se disputan entre temoestades y te­rremotos. Tántalo, aprovechándose de la lucha entre ambos rivales, toma de la mano del hijo el cáliz de ambrosía que Hebe le había entregado por deseo de Júpiter y desciende con él a la tierra, invitando a los hombres a la libación. Pero — siendo la inmortalidad «el juicio del fuego que existe en nosotros» — nadie esa acercarse al terrible festín. Tan sólo se presentan otros dos titanes, amigos y cómplices de Tántalo: Sísifo e Ixión, que con él beben. La sagrada linfa los juzga, revelando su verdadera esencia. Mientras Ixión se infla­ma con una baja pasión hacia Juno, y Sí­sifo se precipita para arrancar el rayo a Júpiter, Tántalo, de acuerdo con su propia voluntad íntima («el mundo es mi repre­sentación, mi sueño»), cae embriagado en un sueño de visiones: del gran esplendor que irradia ve nacer innumerables esferas solares y las llama: «oh hijas, oh luces».

Pero los hijos no oyen al padre; Broteas, el yo inferior y sombrío de Tántalo, no osando libar la ambrosía, rompe el cáliz y muere fulminado. El divino licor se despa­rrama a modo de perlas, las ninfas del coro convertidas en palomas lo llevan al Olimpo, los dioses devuelven a Pélope a la tierra de los mortales, y el Tártaro engulle a los tres titanes. Aparece Tántalo suspendido en el abismo tenebroso; con las manos sostiene la propia esfera suspendida que amenaza aplastarlo cayendo sobre su cabeza. El gesto del Tántalo homérico, que trata incesantemente de coger los frutos próximos e inac­cesibles se interpreta aquí como índole y voluntad esencial del titán mismo. Tán­talo no acierta a coger los frutos, y en esta negación se muestra la dignidad del hombre (voluntad de autonomía) y su pecado (rebe­lión contra los dioses). La tragedia revela aquella trágica antinomia de la humanidad que la conciencia de los antiguos no supo resolver.

O. S. Resnevich