Tamerlan, Edgar Allan Poe

Una imagen del todo nueva y poética del conquistador aparece en el poemita Tamer­lán [Tamerlane] del poeta norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), publicado en 1827 en el volumen Tamerlán y otras poe­sías [Tamerlane and Other Poems].

Próximo al fin de su vida, el conquistador Tamerlán siente la necesidad de confesarse, no porque espere redimir así sus pecados, sino para encontrar alivio contando sus experiencias, revelando el secreto de un espíritu «postrado por su salvaje orgullo en el deshonor». Cuenta, pues, cómo nació entre montes, cómo las nieblas nocturnas del Taglay esparcieron sus rocíos sobre su cabeza; el profundo rugido del trueno, sonoro como una trompa, le habló de -las guerras huma­nas, y la lluvia murmuró a su oído como el estallido de imperios; hasta que sus pasiones usurparon una tiranía que los hom­bres creyeron innata en su naturaleza.

Cuen­ta cómo amó a una joven con un amor que los mismos ángeles hubieran podido envi­diar; era ambicioso, pero sus sueños de gran­deza se habrían quizá desvanecido como tantos otros si no se hubiesen fundido con el amor; quiere ofrendar a la mujer amada un imperio, le parece sentir palpitar en ella la misma ambición, decide marchar, aban­donarla para luego volver a ofrecerle el trono soñado. Combatió, venció, llegó a ser Timur, el soberano de Samarcanda, el «pros­crito ceñido de diadema» que los pueblos atónitos vieron caminar a través de impe­rios. Pero cuando, llegado el apogeo del poder, volvió a su país, la joven amada había muerto, acaso de dolor y de aban­dono.

Su vida fue, pues, destruida por la ambición que «rió y bailó en las trenzas de la cabellera del amor». Poe — el más grande y el menos retórico de los poetas america­nos — no ha sabido, en esta su obra juvenil, librarse de una cierta retórica ampulosa y de una evidente influencia byroniana; Ta­merlán no es un ser vivo, sino un simple símbolo y una actitud; no obstante algunos toques, en la descripción de los amores ju­veniles del conquistador, nos hacen presen­tir la admirable sencillez poética de Anna­bel Lee (v.).

A. P. Marchesini

Poe ha recibido grandes elogios por su estilo, que a mí en cambio me parece más bien falso… Su estilo es mecánico como el ritmo de su poesía. Jamás ve la verdadera vida, sino siempre y sólo gestos, joyas, már­moles, etc., o bien fuerzas en sentido cien­tífico. Sus cadencias son mecánicas, y es jus­tamente esto lo que se dice «un estilo». (D. H. Lawrence)