Tais, Anatole France

[Thaïs]. Publicada en 1890, esta no­vela de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924) ha quedado como una de las más famosas y características de su obra.

En la lejana Tebaida del siglo IV, que brilla por los admirables ejemplos de San Antonio y de tantas figuras pintorescas de eremitas, vive en la más rígida abstinencia el monje Pafnucio (v.), joven todavía pero que goza de gran fama de santidad, rodeado de un grupito de admirados discípulos. Él se ha retirado al desierto después de una existencia lujosa y viciosa, perdida en los elegantes sofismas de la filosofía escéptica y en los placeres de la prestigiosa metró­poli, en la cual parecía haberse refugiado la última flor de la decadente civilización helénica, Alejandría. Allí había conocido a una bellísima actriz y bailarina, Tais; se había enamorado de ella, pero su timidez de muchacho le había privado de acercarse a ella.

Ahora bien, la imagen de Tais se le aparece de nuevo, y Pafnucio siente dentro de sí, imperiosa, la necesidad de correr a su lado para arrancarla del vicio y salvar su alma. Una vez en Alejandría puede acer­carse a Tais, y arroja el anatema sobre todo aquel mundo de corrupción en el cual la bellísima mujer ha vivido hasta ahora con exquisita desenvoltura, y le promete el verdadero gozo y la eterna felicidad a cam­bio de la más absoluta renuncia. Ha llegado en un buen momento, porque Tais, que se ha elevado al colmo de los honores y está saciada de placeres, se siente transformada por la ardiente palabra del monje. Después de un banquete en casa del prefecto de la flota romana, Aurelio Cota, donde la cultura y la gracia ática se mezclan con la más sacrílega frivolidad, Tais, ya vencida, sigue al monje, y él la confía a la noble Albina, santa mujer que dirige una especie de mo­nasterio. Pafnucio vuelve así triunfante entre sus eremitas.

Pero desde aquel mo­mento ya no recupera la paz de su alma: la imagen de Tais lo persigue; y el desven­turado advierte, al fin, que está siendo ten­tado por la belleza de ella, y la ama con un corazón que ya se ha tornado impuro y pecaminoso. En vano se somete a las más terribles pruebas, a las más crueles maceraciones: se siente presa del demonio. Cuando por fin se entera de que Tais, después de haber edificado a sus compañeras con la pura sinceridad de su penitencia, está a punto de morir, parte para volverla a ver, y su demoníaco furor se manifiesta en atroz contraste con la santa muerte de aquella mujer. Varias son las «fuentes» de esta fá­bula: desde unas líneas de las Vidas de los Santos Padres del desierto al volumen sobre los Escépticos griegos de Brochard, y sobre todo a uno de los Dramas de Rosvita (v.). Pero su derivación más clara, en el estilo como en las ideas, está en la obra de Flaubert La tentación de San Antonio (v.).

El libro de France se presenta, pues, en ex­tremo erudito, nutrido de curiosa cultura y de espíritu amablemente escéptico, incli­nado a los sutiles deleites de irónicas con­troversias y discusiones casuísticas acerca de la vida moral. La amable facilidad de sus discursos y la refinada evocación de la civi­lización helénica aseguraron al libro vastí­simo éxito. En comparación con las demás obras de France, Tais revela sin embargo algo gratuito y diletantesco; y sólo se puede considerar, por el alejandrino esplendor de su estilo, sencillamente como una genial diversión. [Trad. española de Roberto Robert, con el título La cortesana de Alejan­dría (Tais) (Valencia, s. a.) France es Pre­mio Nobel 1921.]

M. Bonfantini

Aquí todos los rostros de la Verdad y del Error sonríen juntos divinamente. (D’Annunzio)

A veces, cuando hay un favorable con­nubio de tema y fábula, un libro de France tiene la bella línea y la simetría de una demostración geométrica. Así sucede en Tais. (J. W. Beach)

*  De la novela de Anatole France, Louis Gallet sacó un libreto para una comedia lírica en tres actos y siete cuadros, musicada por Jules Massenet (1842-1912) y estre­nada en París en 1894. El libreto, contra­riamente al tipo del «grand’opera» todavía en uso por aquel tiempo, está escrito en prosa rítmica o, mejor dicho, en «versos blancos». Esta idea se originó durante unas discusiones entre Gallet y el musicólogo Gevaert sobre el arte poético de Wagner.

En un largo artículo Gallet explicaba después su idea de palabras para música, definiendo como «poesía mélica» a su prosa rítmica: la palabra encontraba una solución más adecuada a la música, sin convertirse en el acostumbrado pretexto para el canto, y con­servando de este modo su real valor lógico y poético. Esta afirmación tuvo su valor des­de el punto de vista polémico, pero la obra de Gallet resultó bastante retórica. El argu­mento, entre lo místico y lo psicológico, mostró además escasa teatralidad; con todo, Massenet si no escribió para esta obra una música estilísticamente acabada como para Manon (v.) y para Werther (v.), alcanzó en algunos pasajes momentos de inspiración. La página más bella de esta obra sigue sien­do aún hoy el intermedio sinfónico conocido con el nombre de «meditación»: una frase de vasto aliento melódico sostenida por las arpas.

También se recuerdan la in­vocación de Atanael: «Voilà donc la terrible cité…», el breve dueto entre Nicias y Tais: «Nous nous sommes aimés una longue se­maine» y el aria «L’amour est une vertu rare…». Después se hizo una segunda versión de la ópera con la añadidura de un ballet al final del segundo acto, y del acto suplementario del oasis, en que Tais y Ata­nael reposan bajo las palmeras, durante su camino hacia el monasterio. La obra no ob­tuvo gran éxito, y hoy está casi totalmente olvidada.

L. Rognoni

No es en realidad sino género Gounod, pero condensado, refinado y cristalizado. (Saint-Saëns)

Massenet ha realizado plenamente sus in­tenciones, y quien ha creído vengarse acu­sándolo, en voz baja, de ser el mejor dis­cípulo de Paul Delmet, sólo ha conseguido hacer un chiste de pésimo gusto. Ha sido realmente muy imitado, ésta es la verdad, tanto en el extranjero como en su patria… (Debussy)

Massenet ha ejercido sobre su época, con todos sus defectos y todas sus cualidades, una influencia que no se ha agotado todavía. (Combarieu)