Sonata para piano, op. 57, en «fa menor», de Beethoven

Compuesta en 1803- 1804, y conocida también con el nombre de Appassionata, corona, junto con la Sinfo­nía N.° 5 (v.), el período más tempestuoso de la madurez espiritual de Beethoven, el de «la lucha contra el destino». Beethoven ha llegado a un punto tal de su grandeza, que se ve impulsado irresistiblemente a confrontarse como antagonista, y a veces a confundirse con el todo; con la oscura po­tencia que él se complacía efectivamente en sintetizar en una palabra: el destino. Si­guiendo esta dirección, Romain Rolland ha dado de la Sonata una interpretación suges­tiva y algo caprichosa, pero que tiene el mérito de concordar con la realidad musi­cal: podemos admitirla, pero con cierta cautela. El primer tema del «Allegro assai» consta de dos miembros de naturaleza con­trastante «Dos en uno. Dos caras opuestas del yo. El yo-fuerza salvaje. El yo-debilidad que tiem­bla». En efecto, Beethoven no tarda en se­parar los dos miembros, o con una furiosa progresión ascendente de acordes que sigue a la sombría amenaza, o respondiendo a la imploración con unas inexorables terceras que están estrechamente emparentadas con la célebre iniciación de la Quinta Sinfonía. Un breve episodio agitado y anhelante, en cuyas síncopas le parece a Rolland ver «les mains crispées et les contractions du cceur», conduce al segundo tema.

Este segundo elemento se presenta un mo­mento en primer plano, en el episodio cen­tral sincopado. Después se reanuda el bullicio infatigable, se desencadenan los elementos destructo­res, en los cuales se personifica el genio tempestuoso de Beethoven. El hombre que­da olvidado. «El creador se ha identificado con las leyes de la Naturaleza, las poten­cias elementales». La forma y la insistencia monotemática son todavía las del viejo y juguetón rondó; pero es extraordinaria la radical transformación expresiva. Poco an­tes del final se llega a un colmo de des­enfrenada violencia, acelerándose el tiem­po en un «Presto»; dos acordes largos y fortísimos abren en él como una granizada rebotante, de extremado vigor dinámico, después de la cual se reanudan velocísimas las ráfagas iniciales, salpicadas de toques sonoros y victoriosos, como de trompetas.

M. Mila

Tal vez ninguna otra sonata presenta tanta afinidad rítmica y melódica entre los dos temas: de aquí la formidable coherencia lógica de este tiempo. Pero su significado es muy diverso: el noble canto desplegado, extraído con poca deformación del impe­tuoso tema de la fuerza bruta, es una afir­mación de consciente humanidad, «palabra viril, que estoicamente acepta y quiere es­perar». Con todo, pronto se despedaza y se trastorna y es dominado por una impetuosa oleada de violencia. Terminada la exposi­ción, el ímpetu de la inspiración beetho­veniana suprime el tradicional «ritornello» y pasa sin más al poderoso desarrollo, aco­sadora contienda entre fragmentos de am­bos temas, durante la cual las expresiones implorantes, interrogativas, inquietas, son arrolladas por la ciega tempestad de las fuerzas desencadenadas. En esta densa con­cepción se insinúa, tal vez, algo enfático, un cierto exceso de análisis, descomposición y amplificación temática, algo que justi­fica, aunque sea en mínima parte, la im­presión del sensibilísimo Busoni acerca de las «cumbres de la oratoria», en las cuales parece tal vez perderse y agotarse la ins­piración de la Appassionata. La conclusión es breve, potentísima: el canto de la digni­dad humana, robustecido, resonante, abru­mado por un inhumano frenesí de violen­cia, hasta que la amenaza del primer tema se aleja con un susurro tenebroso. La bru­talidad salvaje se ha humanizado un poco, la humanidad se ha afirmado consciente de sí en una fuerte y viril aceptación del des­tino. «El vencido — concluye Rolland — ha ganado una primera victoria del espíritu: el ‘Amor Fati’». Y, en efecto, un carácter de intensa y recogida religiosidad da ca­rácter a todo el «Andante con moto», tema con tres variaciones (dos de ellas brevísi­mas) y vuelta al tema al final. Sin inte­rrupción se abre el «Allegro non troppo» con trece acordes furiosos de séptima dis­minuida, que abren el dique por donde irrumpen las oleadas de incontenible vio­lencia. Una ráfaga alegre e impetuosa se regenera continuamente por sí misma, sal­picada de reanudados suspiros del alma.

Una música así purifica y transforma to­dos los fermentos de dolor y de alegría con los que se alimenta… Si es una trage­dia, se parece a las de Sófocles, patéticas y serenas al mismo tiempo, construidas co­mo templos griegos con un sentimiento di­vino de la armonía. (Combarieu)

Appassionata es la denominación más apropiada y significativa que pudiera escogerse. En el primer y tercer movimien­tos es una música nocturna, la pintura de un complejo violento y angustioso, ilumi­nado por el interludio; el movimiento cen­tral es una ideal evasión a regiones más felices. (E. von Elterlein)