Silvia, Gérard de Nerval

[Sylvie]. Breve escrito, compues­to alrededor de 1850 y publicado en 1854, situado entre la novela autobiográfica y el diario íntimo, sin duda la obra más per­fecta de Gérard de Nerval (Gérard Labrunie, 1808-1855). El autor, después de haber empezado a narrar un extraño amor suyo por una actriz, mejor dicho por la imagen de una actriz, Aurelia, se ve por la noche ^ asaltado por lejanos recuerdos de su ju­ventud, pasada en el campo, en la feliz tierra de Valois («Recuerdos del Valois» es el subtítulo del libro). Una escena revive con particular intensidad: vuelve . a ver un antiguo castillo rojizo que domina un gran espacio verde rodeado de olmos y de tilos; es la hora suave del crepúsculo, las muchachas danzan cantando bajo la mirada del muchacho.

De repente, con las prime­ras sombras de la noche, aparece inespe­radamente una jovencita, Adriana, muy ru­bia, que ha salido del castillo. Su canto es tan suave que Gérard corre hacia los lau­reles plantados en grandes macetas ante el castillo, trenza una corona y se la ofrece a Adriana. Cuando más tarde se dirige a la otra muchacha que había ido con él a jugar, la morena Silvia, compañera de vagabundeos de su infancia, la encuentra llorando. Así, pues, desde la infancia se vio dividido entre dos amores; pero tan estrechamente unidos, que podía pensarse que se trataba de un solo ideal, cuyas dos partes vivían en dos. personas distintas. Ahora la imagen de la rubia actriz, al recordarle la de Adriana, le lleva hacia Sil­via. Vuelve a buscarla y la halla en el país de su infancia, hecha una hermosísima joven. Varias veces, presa de un sueño de plácida felicidad, trata de reanudar con Silvia el hilo de aquel lejano amor juve­nil. Pero cada vez un misterioso obstáculo parece retenerlo; la demasiado real Silvia le recuerda a la fantástica e irreal Adriana, misteriosamente desaparecida de su vida, perdida para siempre.

Y la misma Silvia lo advierte. Por otra parte, está prometida al «grand frisé», hermano de leche del mismo Gérard, que lo ha recibido con afecto. Se marcha, pues, resignado. Sigue, con vagas insinuaciones, la historia de su amor con la actriz; pero también esta vez se persua­de de que, para él, el verdadero amor no es de este mundo. Volverá sin embargo a los lugares amados donde tuvo, por pri­mera vez, revelación de aquellos profun­dos sentimientos; volverá a ver a Silvia, joven madre, irá recorriendo con sus niños y su marido los bosques y lagos de Loisy y de Ermenonville, donde todavía alienta la sombra de Rousseau; e irá como en una peregrinación, en busca de la realidad más auténtica, la del sueño. Silvia, en sus breves páginas, ofrece el núcleo central de la vida sentimental de Gérard de Nerval. Es casi una Vida nueva (v.) que (como dice él mismo) consta de dos fases: en el primer episodio, el de la realidad, está ya implí­cito el segundo. Es el mismo motivo que aparece en otro escrito (destinado a formar con Silvia y otros cuentos el librito de las Hijas del fuego [Filies du feu]: Octavia o la ilusión [Octavie, ou Villusion]. Se narra en éste una aventura de viaje, una visita a Posillipo, en compañía de una joven in­glesa.

Muy pronto el relato toma la forma de una carta a Aurelia y adquiere tonos absolutamente fantásticos; una vez más la mujer real le ha recordado la mujer ideal, la inalcanzable Beatriz. Estas visiones, don­de fantasía y realidad se mezclan con ab­soluta naturalidad, están expresadas en una prosa que sabe alcanzar un ritmo y una armonía musical excepcionalmente su­gestivos; un estilo de línea purísima, de incomparable precisión, que da a cada com­pás la impresión de un canto. Puede decirse que quizá nunca en la literatura francesa, exceptuadas algunas páginas de Rousseau y los Pequeños poemas en prosa <v.) de Baudelaire, la prosa llegó a alcanzar tan cum­plidamente todos los dones y las cualida­des peculiares de la más elevada poesía. [Trad. castellana de Juan Chabás y Martí (Madrid, 1923)].

M. Bonfantini

Cuando los bosques empiezan a perder sus hojas y cuando las campanas resuenan a través de las brumas otoñales, los cam­pos de Chantilly, de Compiégne y de Er­menonville exhalan una melancolía tierna y cantarína, la misma que recogió Gérard de Nerval en su divina Silvia. (Barrés)

Gérard de Nerval es ciertamente uno de los que más constantemente se mantuvie­ron en el «estado de poesía». (E. Jaloux)

Cada palabra de Nerval endereza al es­píritu hacia algo que, de otro modo, resul­taría inaferrable y que sólo un idioma mu­sical consigue captar. (A. Béguin)