Novela de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), publicada en 1908. Crecido en una vida vagabunda y aventurera, entre «espadas» retirados y gente equívoca que frecuenta los ambientes taurinos sevillanos, Juan Gallardo se convierte en uno de los más famosos matadores de las plazas españolas, en las que provoca verdaderos delirios de entusiasmo por su maestría y elegancia toreras.
Rico y aclamado, se casa con Carmen, una joven buena y hermosa, pero su amor no queda bien cimentado ni aun con el nacimiento del hijo esperado; así que cuando en su camino se cruza doña Sol, noble dama acostumbrada a satisfacer todos sus deseos, Juan se separa fácilmente de su joven esposa. Pronto, sin embargo, doña Sol se cansa del torero y se aleja, mientras él, herido gravemente en una corrida, se ve obligado a renunciar por cierto tiempo a la vida del toreo. El abandono y la distancia no atenúan el amor de Juan, que quiere reconquistar a doña Sol y mostrarle una vez más su fuerza y valor. Pero al volver a la arena no obtiene ya los éxitos de antes: ha perdido la agilidad y el desprecio del peligro que le hacían adorar por la multitud; el temor y el espanto le asaltan frente al toro y le hacen retroceder.
El orgullo ofendido reacciona en él y una vez que sobre la gradería ve fija en él la fría mirada de doña Sol, en tanto que la multitud lo azuza, se lanza con furia inconsciente contra el toro y logra matarlo con su antigua maestría. Es la última corrida de Juan, que herido de una cornada cae en la arena junto al toro. Obra de gran popularidad, pero de escaso valor artístico, Sangre y arena da testimonio del fuerte temperamento realista del escritor español que también en ella, como en sus demás obras, logra desviar su instintiva intuición psicológica hacia lo exterior de la ideología y en contrastes que derrochan un «pathos» esencialmente descriptivo.
M. L. Bonelli
Libre de prejuicios estéticos, Blasco no conoce más que la alegría elemental, desmesurada, casi inmoral de abandonarse a su naturaleza de pintor para el que todo es forma, color y movimiento, y a la de dejar florecer en todas sus formas aquella existencia que un dios ingenuo y extravagante, como todos los dioses orientales, le ha señalado. (J. Cassou)

