Rudin, Turguenev

Novela de Turguenev (Ivan Sergeevic Turgenev, 1818-1883), publicada en 1856, primera obra de este autor y artís­ticamente aún insegura, pero en su cons­trucción ya claramente «turgueneviana» (un problema que se personifica en un héroe y la reacción de la sociedad ante ese pro­blema en la teoría y en la vida).

La acción es muy sencilla, privada de verdaderos ele­mentos dramáticos. Un joven, Dimitrij Rudin (v.), llega, acompañado de un amigo, a la casa de campo de una «elegante» de la ciudad, Daria Michailovna Lasunskaia, y con su elocuencia conquista allí a todos: a la dueña de la casa, a su hija Natacha y a los tres huéspedes. La riqueza de su lenguaje poético, la variedad de sus temas, el misterio en que él mismo se envuelve al tratar estos temas, pasando de la belleza a los problemas sociales, hacen brillantísima su «entrada» en casa de la Lasunskaia, has­ta el punto de que habiendo ido allí a pa­sar una velada, se queda como huésped para varios meses. El hechizo que ejerce adquiere para la jovencita Natacha un co­lorido particular; por lo demás, con ella usa otra forma de elocuencia inspirada por la evidente actitud de la muchacha: la elocuencia del amor. Pero se trata sólo de’ palabras; por eso cuando la joven, a la cual su madre ha negado el consenti­miento, pues ha comprendido la poca con­sistencia del carácter de Rudin, acude a éste, lo único que sabe decirle es que debe someterse a la voluntad materna. Actitud análoga, aunque diversa, es la de Eugenio (v.) con Tatiana (v.) en Eugenio Onieguin (v.) de Pushkin.

A Rudin naturalmente no le queda más remedio que dejar al fin la casa en la que ha sido huésped tanto tiem­po. En un epílogo que fue añadido más tarde por Turguenev, el joven muere en las barricadas de París durante la revolu­ción de 1848. Salta a la vista ante todo el carácter alegórico del héroe, dada su escasa acción que se desarrolla casi toda en fun­ción de los discursos de Rudin y de la his­toria de él, contada sobre todo, y por va­rios motivos en tono nada favorable, por su amigo Leznev. Por otra parte, este per­sonaje no es lo bastante consistente, tal vez por motivos secundarios. En Rudin, Tur­guenev quiere representar la generación idealista de 1830 y 40, exageradamente filo­sófica y poco apta para la acción. Al prin­cipio hubo en el autor una intención satíri­ca (y se ha dicho que en Rudin quería representar desfavorablemente a Bakunin, que entonces se hallaba en los comienzos de su predicación anarquista); pero después, en cambio, el recuerdo nostálgico de los años pasados en el ambiente de los idea­listas de aquellos dos característicos dece­nios rusos atenuó el propósito del escritor y Rudin adquirió más humanidad (en parte también en su remordimiento por el mal causado a Natacha, por más que este epi­sodio de amor no sea el más logrado en el conjunto de la novela).

El epílogo, añadido más tarde, en el cual justamente se hace la apología del héroe, fue una consecuencia del estado de ánimo del escritor, que había cambiado durante la composición de la no­vela. Con todo, Rudin ha quedado como uno de los representantes más evidentes de los llamados «hombres superfluos» («lisnie ljudi»), que ya habían sido tratados por el mismo Turguenev en varias narraciones (El Hamlet del distrito scigrov, Jakov Pasinkov, El diario de un hombre superfluo) y continuaron estando representados en la literatura rusa durante largo tiempo todavía. [Trad. de «La España Moderna» con el tí­tulo Demetrio Rudin (Madrid, s. a.)].

E. Lo Gatto