Roman de la Rosa, Guillaume de Lorris

[Román de la Rose]. Poema de Guillaume de Lorris (pri­mera parte, 4.669 versos, compuesta alre­dedor de 1230) y de Jean Clopinel de Meung-sur-Loire (12509-1305?, segunda par­te, compuesta alrededor de 1277, 18.000 ver­sos aproximadamente). A pesar de la con­tinuidad de la narración, el Román de la Rosa está formado de dos obras muy dis­tintas, con características propias y con­trastantes.

Pertenece al género de poesía didáctica y amorosa que en el siglo XIII, con la penetración de la literatura clásica en la popular, se inserta entre la poesía lírica y la narrativa para contraponer el pensamiento filosófico a los caprichos del sentimiento y de la fantasía, introducien­do la alegoría, el símbolo y el sueño. Y con la narración de un sueño comienza el román; un día, mientras el autor pa­sea, se encuentra ante una alta muralla custodiada por tétricas figuras: Odio (Haine), Codicia (Convoitise), Avaricia (Avarice), Tristeza (Tristesse), Vejez (Vieillesse), Pobreza (Pauvreté), y entra en un jardín donde Belleza (Beauté), Riqueza (Richesse), Cortesía (Courtoisie) y Juventud (Jeunesse) traban conversación. Ve una ad­mirable Rosa y súbitamente queda enamo­rado de ella. Querría acercársele y cogerla, ayudado por Buena Acogida (Bel-Accueil), pero acude el guardián del rosal, Peligro (Danger), que se identifica con el Pudor (Pudeur), que les echa. Desolado el aman­te, sin escuchar a Razón (Raison) intenta hacer las paces con Peligro, ayudado por Piedad (Pitié) y Lealtad (Franchise), y esta vez, por intervención de Venus (Vénus), el poeta consigue besar la Rosa, pero Mala- lengua (Malebouche) los ve y difunde la noticia, despertando a Celos (Jalousie), quien aprisiona a Buena Acogida, mientras Peligro, Vergüenza (Honte), Miedo (Peur) y Malalengua montan la guardia junto al rosal.

Al infeliz Guillermo no le queda otro remedio sino llorar su triste desven­tura. Así termina la primera parte del poe­ma que, según la intención de Guillaume de Lorris, representaba, más que una narra­ción, un código del amor cortés y un arte de amar a la manera de Ovidio, escritos para mostrar a la mujer amada, a la luz de la alegoría, las pruebas de amor padeci­das por ella, y dedicados exclusivamente a la sociedad aristocrática y refinada que suspiraba con las poesías de Thibaut de Champagne o se sumergía en el mundo imaginario e irreal de Chrétien de Troyes. El arte no demasiado exquisito, pero a veces delicado y vivo, y el conocimiento del co­razón humano, del fenómeno psicológico, constituyen el valor de esta obra, que, con muy diferente espíritu, fue continuada por Jean de Meung, que se sirve del marco que le ofrecía Guillaume de Lorris, reanuda libremente su ficción y la continúa prolija y desordenadamente para expresar en ella un pensamiento propio y totalmente distin­to. Ante el amante desesperado vuelve a presentarse Razón, con la cual tiene él un largo coloquio. Al fin Amor decide asediar la torre en que está encerrada Buena Aco­gida.

Se dividen y se asignan a los diversos personajes alegóricos los papeles para la lucha que está totalmente formada por in­trigas alegóricas, y en la que los personajes son los ya conocidos, junto con otros poco nuevos (Natura, Genio, Venus); hasta que puestos en fuga los terribles guardianes (Peligro, Miedo, Vergüenza, etc.) el amante coge la Rosa. Lo que caracteriza y alarga toda la obra de Jean de Meung son las vastísimas disertaciones sobre el amor, la caridad, la justicia, acerca de la naturaleza y del arte, por lo que la> acción alegórica de Guillaume se transforma en una verda­dera enciclopedia de conocimientos y de las ideas más inconexas entre sí. Jean de Meung escribe para una sociedad muy di­versa, entonces en formación: la gran bur­guesía del comercio y de la industria, ene­miga de los prejuicios aristocráticos, del amor cortés y de la ficción, poniendo al servicio de aquella sociedad una filosofía materialista y realista, superior a la de los «fabliaux» por su robusta fuerza espiritual. Por vez primera en la Edad Media, el autor ensalza la naturaleza sobre todas las cosas: el amor no es el uso cortés y refinado de Guillaume de Lorris, sino la fuerza gene­radora por lo que se perpetúa la vida (aquí se piensa en Lucrecio, aunque, según pa­rece, Jean de Meung no lo conocía): para la naturaleza, todos los hombres son iguales y la nobleza sólo estriba en la virtud. La naturaleza indica las normas de la vida y condena toda ficción e hipocresía, especial­mente la de las órdenes mendicantes.

Así este burgués del siglo XIII parece apuntar a Rabelais y a Voltaire: sin duda es la afir­mación más libre o consciente del natu­ralismo en la Edad Media, expresado con sabrosa libertad, perteneciente a la mejor tradición «gauloise». Pero este rico y fér­vido espíritu carece del sentido del arte y de la medida. Su obra fue a veces comba­tida, especialmente por sus severísimos jui­cios sobre la mujer, por Gerson y Christine de Pizan, pero en todo tiempo fue reconocida su importancia. El Román de la Rosa, que Villon cita y que Marot pu­blicó a comienzos del siglo XVI, obtuvo pronto gran éxito y ejerció enorme in­fluencia en la literatura francesa desde el siglo XIII hasta el XV; se tradujo al flamen­co y al inglés (por Chaucer) y fue muy imi­tado en Italia, especialmente en Toscana, por la literatura y por la poesía alegórico- didácticas. Son importantes, además de sus evidentes reminiscencias en el Tesoro (v.) de Brunetto Latini, verdaderas # reduccio­nes como La flor (v.), atribuida a ser Durante, de fines del siglo XIII, y el Dicho de Amor (v.) de un anónimo de la misma época.

A. M. Speckel

A pesar de ciertos pormenores enérgicos o graciosos de esta obra singular, su éxito señala una desviación, un camino falso y, por desgracia, definitivo en la historia de la imaginación poética. (Sainte-Beuve)

…Alegorías o, mejor todavía, mitologías creídas a medias. Pero, ¿dónde está el lí­mite entre estas representaciones y los sá­tiros, las ninfas y los genios resucitados a nueva vida por el Renacimiento? Están to­mados de otra esfera, pero su valor sim­bólico es idéntico y el modo como las fi­guras de la Rosa van ataviadas recuerda a menudo las figuras fantásticamente or­nadas de flores de Botticelli. (Huizinga)