Rimas extravagantes de Petrarca

[Rime extravaganti]. Se designan así, o también Rimas dispersas o varias aquellas poesías atribuidas a Francesco Petrarca (1304-1374) por cualquier manuscrito o conservadas autógrafas que no se incluyen en lo que posteriormente se denominó el Can­cionero (v.).

Entre estas rimas figuran es­bozos de composiciones del Cancionero, una introducción diferente y una despedida dis­tinta de la canción «Che debb’io fare?» [«¿Qué debo hacer?»], un primer intento de la canción Claras, frescas (v.), una redac­ción fragmentaria de la canción «En aquel lugar» y sonetos cuyos motivos o rimas vuelven a abordarse en otros de la colección definitiva; se incluyen también composi­ciones a las que el autor no logró dar la perfección deseada y que han quedado en estado de borrador; rimas que aluden a otros amores, como aquella vaga balada, primero incluida y luego excluida del Can­cionero, que tiene por tema el contraste en­tre un nuevo amor y el amor viejo y cons­tante por Laura («Una mujer surge con fre­cuencia en mi mente, / Otra está incesante­mente; / Con lo cual temo que mi ardiente corazón se desconcierte»); finalmente, hay también rimas compuestas sin gran aliento, para satisfacer las exigencias de cualquier juglar o la invitación de alguna dama no­ble, señores y amigos, entre las cuales fi­guran, asimismo, los sonetos de contesta­ción a otros sonetos ajenos que el poeta, siguiendo la moda, no podría dejar de re­dactar y que él juzgó indignos, a diferen­cia de alguno que fue recogido en el Can­cionero, incluyéndolos entre las rimas por él reconocidas y aprobadas.

No obstante, no todas las rimas que aparecen bajo su nombre pueden considerarse como auténti­cas: así, faltando todavía una edición críti­ca de estas rimas dispersas, es muy difícil discriminar, entre las numerosas composi­ciones que se recogen bajo el título de «ex­travagantes», cuáles pertenecen verdadera­mente a Petrarca y, por ende, emitir un juicio sobre lo que representa esta poesía menor en relación con la del Cancionero. Pero, a pesar de la incertidumbre presente, cabe reconocer (con seguridad, en unos ca­sos, y con cierto grado de probabilidad en otros) el acento petrarquesco de más de una de tales composiciones y obtener, de la comparación con otras del Cancionero, una idea más precisa sobre el modo de trabajar de este artífice refinado y exigen­te. Y si entre estas rimas no se descubren obras maestras, más de una vez se hallan, sin embargo, imágenes frescas y vivas, al­guna frase poética, en ocasiones más espon­tánea que en la redacción más madura del mismo asunto.

Entre las Rimas extravagan­tes destaca la canción «Quel ch’a nostra natura in sé piü degno» [«Lo más digno que tiene nuestra naturaleza en sí»], de cuya autenticidad erróneamente se ha du­dado; compuesta en 1341 con motivo de la conquista de Parma por Azzo di Correggio, amigo del poeta, y sus tres hermanos, fue excluida del Cancionero por estar ins­pirada en una de aquellas luchas entre los príncipes italianos de las que se lamentó en la canción a Italia (v. Italia mía); por tal motivo no fue, como las otras, objeto de la atenta revisión del poeta, por lo que deja más de una vez esfumarse su elocuen­cia en soluciones razonadoras; pero no por ello es indigna de. figurar junto a las más notables canciones políticas, por la inspi­ración sincera que la anima y que resuena bien en la despedida: «lejos de los libros, nacida entre las armas: / canción de los cuatro mejores que conozco / por doquier irás hablando…». El poeta humanista, al entrar en Parma junto a su amigo vencedor, se siente dominado por el entusiasmo que sentía a su alrededor, por la alegría del pueblo que había recobrado a su príncipe, y da a su sentimiento un aliento, que en su verso más inspirado se remonta sobre las contingencias, para expresar una peren­ne aspiración de todos los hombres: «Liber­tad, dulce y deseado bien, / mal conocido por quien alguna vez no lo pierde. / ¡Cuán­to agrada al buen mundo ser dioses! / Gra­cias a ti la vida florece y reverdece; / gracias a ti persiste la alegría / que me hace sentir semejante a los demás dioses».

M. Fubini

Petrarca fue el primero en sentir y rea­lizar lo que los poetas antiguos no logra­ron hacer, lo que el cristianismo no per­mitía sino con fines de ascética mortifica­ción; esto es, sentir que todo espíritu indi­vidual puede tener una historia como la sociedad humana, que en cada hora de la vida puede desarrollarse un poema, que un pequeño e íntimo acontecimiento, si halla eco en el corazón, puede asimismo tenerlo en la lírica. (Carducci)

Lo más serio que anima en su espíritu es el sentimiento del arte junto con el amor hacia la Antigüedad y la erudición. Es, en esbozo, la imagen anticipada de los siglos siguientes, de los que fue ídolo. (De Sanctis)

Aun en las llamadas «rimas dispersas», morales y políticas, que le fueron inspira­das por graves pensamientos y tristes cui­dados, el estilo aparece sencillo, la composi­ción más unitaria, si bien, por la naturaleza de aquellas rimas, él aparezca en primer término y con esplendidez, como «vir bonus dicendi peritus» y, de modo secunda­rio, en su intimidad de poeta, que también se hace sentir en ellas. (B. Croce)