Casi una treintena de códices y, especialmente, uno del siglo XV, que era propiedad de Redi, atribuyen a Nicoló Soldanieri (m. en 1385) un centenar de composiciones líricas, entre canciones morales, sonetos, baladas, «cantos de caza» y madrigales.
Para ser más exactos, se trata de dieciocho canciones (además de las cuatro que incluye Sercambi en su Crónica y que se le podrían atribuir), de otros tantos sonetos, 49 baladas (admitiendo que sea suya una que le atribuye Trucchi en una vieja colección), tres canciones de caza y catorce madrigales. Como fácilmente puede apreciarse, es un pequeño y variado cancionero a la manera de aquellos que componía todo el que se creyese versificador de mediados (o de la segunda mitad) del siglo XIV; asimismo, uno de los más ricos después de los de Sachetti y Vanozza. Pasando de un género a otro, aparentemente se advierte la misma diferencia de tono que resalta en composiciones contemporáneas similares de los «poetas cortesanos»; también es manifiestamente distinta la entonación elocuente de las largas canciones morales, la gracia ligera y caprichosa de los breves madrigales popularizantes, a veces en la insistencia de las «voces» o en el desarrollo de ciertos motivos; o en la «loica» más o menos obligada de las baladas amorosas en las que él, poeta se presenta casi siempre, como de costumbre, en una situación de desarmonía y de angustia sentimental.
Los sonetos son (y es comprensible) más ocasionales y más fácilmente referibles a hechos reales; y las «canciones de caza», por el contrario, especialmente «Por un bosquecillo entre espinas punzantes», todo vivacidad de representación. Algunos de sus versos fueron cantados por músicos que actuaban en Florencia, y es en particular digno de mención el madrigal «L’aguglia bella ñera pellegrina», que músico Gherardello (m. en 1368). A la llegada de Carlos de Luxemburgo (año 1368, más bien que 1355) se refiere la canción «Oh potencia de Dios que gobierna», que aparece como anónima en las Crónicas (v.) de Sercambi, y que se le puede atribuir. Igualmente la regularidad de los madrigales y aquel indudable cromatismo vocálico que en él es frecuente, pueden considerarse elementos que nos trasladan al primer período del «arte nuevo» italiano*^ hay en todo ello una evidente y estudiada vivacidad naturalista que alterna con el moralismo proverbial y corriente en estas composiciones. La balada, de tipo mediano, es decir, distinto de las largas formadas por heptasílabos (entremezclados con pentasílabos) del siglo XIII y de aquellas otras breves, intensamente líricas del siglo XV, denotan que fueron escritas entre los años 1360 y 1370. En cuanto a las «canciones de caza», Carducci, que las recogió, nos hace saber que Soldanieri fue el primero o por lo menos uno de los primeros creadores de esta forma poética, cuyo mayor desarrollo tuvo lugar en aquellos veinte años (del 60 al 80). Algunos indicios nos las muestran, ciertamente, como no muy anteriores a las de Sacchetti, que suponemos algo más joven que Soldanieri.
No son escasos, en efecto, los puntos de contacto entre los motivos tratados por los dos escritores, si bien ni Sacchetti ni Pucci citan nunca a Soldanieri en sus versos. Las canciones morales, menos aptas para adaptarse al tono medio o «burgués», que suele dominar en las poesías de Soldanieri, gozan de menos fama. El examen de estas canciones, tan uniformes por los motivos que se proponen (una versa sobre la amistad, otra sobre las inclinaciones de la mujer, otra sobre la fortuna, y así, sobre la gula, la avaricia, sobre las consecuencias del miedo, la lujuria, sobre el poder triunfante de la muerte, etc.), motivos que se intercalan en todas las mismas canciones y aparecen tanto en las baladas como en los madrigales, vienen a persuadirnos de que el poeta canta la inconstancia de los bienes mundanos y la necesidad de la firmeza y de la virtud (como antídoto de las desventuras), la pobreza y la oportunidad de contentarse con poco (en una canción, la pobreza se convierte en un verdadero personaje) y sobre todo la vanidad de las riquezas que los hombres apetecen ardientemente y sin las cuales no logran fama, todo ello con una insistencia tan sincera y sentida que no cabe pensar tan sólo en la repetición de un motivo que de los primeros realistas hasta los últimos cuatrocentistas se mantiene constante en este género de poesía. A veces son tan realistas las imágenes y tan ardientes las digresiones de la conversación familiar (que recuerdan el sutil madrigalista) que permiten fijar con bastante aproximación el carácter de su inspiración: la de un locuaz y sencillo escritor «burgués» que en los últimos años de su vida se sirvió de la pluma para vivir.
E. Li Gotti

