Rimas de los Argensola

Tanto Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613) como su hermano Bartolomé Leonardo, rector de Villahermosa (1561-1631), desdeñaron impri­mir sus poesías. A vencer su resistencia no valieron ni siquiera las solicitudes de sus amigos y Grandes de España. Lupercio quemó sus obras algunas horas antes de morir, según cuenta su hermano. Sin em­bargo, se salvaron cerca de un centenar de poesías, suficientes para formar un breve volumen de enorme interés. Bartolomé Leo­nardo publicó solamente cuatro composi­ciones (una de ellas bajo el pseudónimo de Luis de Escatrón), sobre trescientas y más que hemos logrado estudiar. Debemos a Gabriel Leonardo, hijo de Lupercio, una edición de las Rimas, impresa en Zaragoza, en 1634; investigadores como Gallardo, el conde de la Viñaza, Foulché-Delbosc, Pfandl y Otis H. Green recuperaron otros muchos poemas. Ambos hermanos consideraban que su actividad de secretarios e historiógrafos era mucho más elevada que el culto de la poesía.

Bartolomé Leonardo — cuando sus amigos le incitaban a publicar sus versos — solía decir que eran «delieta juventutis» y que no habían estado sometidos a la menor labor de lima. Ambos hermanos permane­cieron estrechamente unidos durante su vida y siempre han sido estudiados, juzgados y publicados con el mismo criterio. Sin em­bargo, aunque con un fondo común — como veremos —•, su poesía se diferencia por va­rios matices. Tienen en común la rígida formación clásica, el decoro y la elegancia en el decir, la actitud moralista, horaciana, etc. Pero aparte tales coincidencias, revelan importantes notas personales que en general escapan a una rápida lectura. En la edición de Gabriel Leonardo figuran 94 poesías de Lupercio, agrupadas — aunque el editor no lo indique — en cinco series, división que también nosotros podemos aceptar: a) poesías amorosas; b) satíricas; c) religiosas y morales; d) de circunstan­cias, y e) traducciones de Horacio. Inves­tigaciones sucesivas han descubierto cua­renta poesías más, que no modifican el valor de la obra publicada en 1634. La ma­yor parte de las poesías amorosas de Lu­percio Leonardo está constituida por so­netos; pero no encontramos en ellos au­téntica pasión ni podemos considerarlos co­mo expresiones de un estado afectivo. Sin embargo, poseen una evidente originalidad, que deriva sin duda del hecho de haber evitado la influencia de Petrarca. En casi toda la obra se evidencia el antisensualismo, cuya mejor expresión pudiera ser el soneto que empieza: «No es lo mismo el amor que el apetito».

Quizá por la misma razón gran número de sonetos tienen un aspecto moralizador, clásico y horaciano que difícil­mente se encontraría en otros poetas de la época; así los que empiezan: «Dentro quiero vivir de mi fortuna», «Imagen espantosa de la muerte», «Muros, ya muros no, sino trasunto». En algunos casos aparece el tema de la metafísica amorosa a lo Bembo, como en el delicioso soneto: «No fueron tus di­vinos ojos, Ana, / los que al yugo amoroso me han rendido», mientras en otras partes es evidente la influencia de Horacio. Al grupo de las poesías satíricas pertenecen las composiciones más extensas de Luper­cio Leonardo, como la carta a don Juan de Albión, escrita en 1582, los tercetos leídos en la Academia de Madrid y cerca de quince sonetos. En la carta a don Juan de Albión, poema juvenil, el mayor de los Argensola revela la extraordinaria facilidad con que escribía en tercetos, aunque al principio parezca lamentarse de su incapacidad poé­tica. Pese a la austeridad clásica, satiriza las costumbres de la época de Felipe II, fustigando los vicios, desde el de la gula al de la adulación, atacando a los corte­sanos simoníacos y ávidos, sin perdonar siquiera a los viejos que se tiñen el pelo. Más interesante es la composición dirigida a Flora, cortesana, una carta de 182 sone­tos. Allí no se trata de atacar a la socie­dad contemporánea, sino solamente de re­tratar un tipo preciso. Aunque algún crí­tico haya encontrado la sátira demasiado larga y poco variada, todos están de acuer­do en reconocer su profunda agudeza de ingenio, el pulcro decoro y la elegancia del estilo. El mayor de los Argensola con­sigue, con poquísimos versos, dibujar es­cenas de farsa y extraordinarios aguafuer­tes de gran eficacia realista.

En más de un caso, como observa el crítico O. H. Green, el poeta sugiere bastante más de lo que dice. Según Menéndez Pelayo, el espíritu de la obra es horaciano, aunque se advierta también la presencia del Arte ama­toria (v.) de Ovidio. Pero — como la carta antes citada — las influencias clásicas aca­ban desapareciendo, diluidas en la obser­vación elegante e implacable de una rea­lidad social. Los sonetos ofrecen una temá­tica más restringida que los de su hermano. En uno se alude a Felipe III; dos se re­fieren al tema de las pelucas, derivado de Marcial, y son los mejores del grupo, junto con otro — lleno de fuerza satírica — dirigi­do a una rufiana. También es graciosísimo el que empieza: «¿Quién casamiento ha vis­to sin engaños?», burla de las bodas con engaño. La poesía satírica de Lupercio Leonardo Argensola es más dulce y mode­rada que la de su hermano y tiene una te­mática más restringida. Una suprema ele­gancia le impide caer en alusiones persona­les, y más que las influencias de Persio y Juvenal — que tanta huella dejaron en el ánimo de Bartolomé — predomina la de Ho­racio y Marcial, sobre todo del primero. Las poesías religiosas,.— escasas — carecen de sentimiento poético.

En general son frías, correctas, algunas veces prosaicas. Son poe­sías de circunstancia, enviadas a certámenes poéticos, en honor de Santa Eufrasia, San Lorenzo y San Raimundo. Hay que desta­car, sin embargo, la particular belleza de la canción a la Asunción de la Virgen, llena de fantasía y delicadeza. De mayor inte­rés son las poesías de contenido moral y filosófico, pues el secretario del conde de Lemos afirmaba la unión de la poesía con la filosofía moral. Su gravedad natural en­contraba ahí la «vena congénita; por ello las composiciones de este grupo han sido las más elogiadas, junto con las satíricas. Precisamente por su falta de imaginación, Lupercio Leonardo acertó con un género de poesía claramente entroncado con la concepción horaciana, elogiando la «aurea mediocritas», como en la hermosa canción «Aplácase muy presto» y en los sonetos «Tras importunas lluvias amanece», «Vuel­ve del campo el labrador cansado», y en el más célebre de todos, el que empieza «Lle­vó tras sí los pámpanos otubre», con un final amoroso de neta inspiración clásica. En otros se pueden observar también remi­niscencias de Séneca, como en «Los que ignoran las causas de las cosas», resuelto con impecable dignidad. Las poesías de circunstancia tienen un valor muy desigual. Carecen de interés los elogios tributados a escritores amigos, aunque no sea lícito ca­llar los elegantes tercetos en alabanza a fray Valerio Ximénez de Embún y los todavía mejores dirigidos a fray Juan de Tolosa por su libro Aranjuez del alma, sobre todo porque no se trata de simples elogios, sino, como en este último caso, de magníficas descripciones del palacio y de los jardines de Aranjuez.

Esta poesía es un claro ejemplo del profundo encanto que sabía alcanzar Lupercio Leonardo, pese a su rígido intelectualismo, que siempre le impidió captar la fascinación de los colo­res, las formas y los sonidos. En estas poe­sías de circunstancias, así como en la briosa canción a Felipe II, es visible la influencia clásica; por algo Lupercio Leonardo es uno de los mejores traductores españoles de Horacio, de todos los tiempos. Contraria­mente a su hermano, Bartolomé Leonardo nos dejó su doctrina literaria en dos cartas — dirigidas a Fernando de Soria y a un joven estudiante de Derecho —, en las que no se halla la menor referencia a las polémicas suscitadas por las Soledades (v.) y el Polifemo (v.) de Góngora. El rector de Villahermosa recomendaba siempre el es­tudio de los clásicos, pero no aconsejaba seguirlos servilmente, ni aun tratándose de los preceptos de Horacio. Hace de manera que su respeto por las reglas no degenere en superstición. Se declara en favor de un estilo fácil y claro, «que el vulgo llama llano», y desdeña el culteranismo y los fáciles juegos de palabras. Aconsejaba aban­donar la poesía popular y no seguir la dra­mática de Lope. El drama ha de estar al servicio de la moral. Recomienda además no publicar los versos, sino conservarlos y revisarlos durante el tiempo necesario, se­gún el ejemplo de Horacio, de cuya Arte poética (v.) deriva casi toda la doctrina. Por tal razón su poesía contrasta con la de Lope, Góngora y Quevedo, y se ha querido presentar como una reacción frente al ba­rroco, pues Bartolomé Leonardo se mantuvo fiel a su doctrina. Entre su obra poética y su teoría existe una correspondencia per­fecta, sin el menor fallo.

La edición de Ga­briel Leonardo contiene cerca de 190 poe­sías, agrupadas, como las de su. hermano, en cinco partes. Teniendo en cuenta que Bar­tolomé sólo había dado a la prensa cuatro poesías, la obra de su sobrino resulta ex­traordinariamente meritoria, pues la edición es perfectamente correcta y en su mayor parte hecha sobre manuscritos del autor. Las poesías amorosas, aunque carezcan de auténtica expresión afectiva, presentan, sin embargo, notables diferencias con las de su hermano. En lugar del antisensualismo y el moralismo de Lupercio, las poesías del rector están llenas de sensualismo, conte­nido con mucha cordura y lleno de pro­funda delicadeza. Bartolomé Leonardo fue también mucho más sensible que Lupercio a las gracias femeninas. Mientras este úl­timo raramente se dedica a describir el color de los cabellos de su dama, el pri­mero se complace entreteniéndose en la belleza de Cintia o Laura, sin la menor preocupación moralista ni filosófica, como en los sonetos «¿Quién me dará jazmines y violetas?», «Bien sé yo, Cintia, el culto que se debe», o en la hermosa sanción «Fi­lis, Naturaleza», una de las composiciones más elegantes del poeta que no se dejó seducir por la poesía italianizante, aunque en algunas expresiones pague su tributo a la moda de la época.

De mucho mayor in­terés son los poemas satíricos, pues Barto­lomé Leonardo, «grave por lo aragonés» según expresión de Gracián, se sintió in­clinado a dicho género literario desde su juventud. Sus contemporáneos lo conside­raron como uno de los grandes censores de las costumbres de la época, y el mismo poe­ta redactó un memorial para corregir los vicios de los cortesanos, demostrando su profunda preocupación por este problema. En una carta en prosa dirigida al conde de Lémos, invoca para la sátira la dignidad de Horacio, de Juvenal, de Persio y de Marcial, sus modelos directos. El señorío de Horacio, el brío de Juvenal, la elegancia de Persio, la mordacidad punzante de Mar­cial, aparecen más de una vez en las lar­gas cartas satíricas dirigidas a don Ñuño de Mendoza, a don Fernando Borja, a don Francisco de Eraso y al marqués de Cerralbo, a las que hay que añadir la célebre sá­tira del «Incógnito» («Déjame en paz, oh bella Citerea»), llena de brío y de alusio­nes personales y que Gabriel Leonardo no se atrevió a imprimir. Aunque en estas car­tas falten la graciosa ligereza y la despre­ocupación que caracterizan a los modelos horacianos, aunque los dardos equivoquen alguna vez el camino — como advertía Menéndez Pelayo — y se pueda sin daño su­primir más de un pasaje, aunque los ar­gumentos se repitan con cierta insistencia y sin abandonar nunca el tono sentencioso, ciertamente nadie ha sabido igualarle en el arte de decir con elegancia y pureza de idioma lo que se proponía. Estas sátiras no tienen ni el nervio ni la agudeza de las de Quevedo (v. Parnaso español), pero las su­peran en elegancia, belleza y decoro, aproximándose, más que las de ningún con­temporáneo, a las Sátiras (v.) horacianas. También abundan en ellas encantadoras descripciones realistas, infinitamente alejadas de las puestas de moda por los gongoristas.

Los sonetos — más burlescos que sa­tíricos — tienen una amplitud temática que falta a los de Lupercio. Algunos se refieren a procuradores y abogados, a las «toilettes» masculinas y femeninas, al mal aliento de Erminia, etc. En más de un caso las alu­siones políticas son tan claras, que Gabriel Leonardo no consideró oportuno incluirlas en la edición, como una contra Felipe IV y sus íntimos, que también se distingue, como las sátiras, por su corrección y ele­gancia. Los ataques personales no se dife­rencian de muchos de su época. También en las poesías morales presenta diferencias con su hermano. Reaparecen los temas ho­racianos; pero no son tan abundantes, mien­tras que van surgiendo temas nuevos, de tipo barroco, que no se dan en la poesía de Lupercio Leonardo. Junto al elogio de la «aurea mediocritas», aparece el tema de la caducidad de la belleza femenina, que es sólo una «breve tiranía», el de la rosa y el de la calavera. Se encuentra también el de la lucha de la razón con los sentidos en una hermosa canción alegórica, a la que podemos referir los sonetos contra la astro- logia y los presagios, algunos de ellos de gran belleza, como el dirigido al hermano que tiene la costumbre de hacerse leer la mano. La perla de este grupo, una de las más encantadoras poesías de toda la lírica española, es el soneto dirigido a dos jóve­nes que crecieron juntos, para ponerlos en guardia contra los peligros que pueden amenazar su amistad, y que empieza: «Firmio, en tu edad ningún peligro es leve». El soneto está lleno de gracia poética y de delicadeza. Del mismo modo, las poesías re­ligiosas presentan más interés que las de su hermano. Bartolomé Leonardo tuvo es­pecial capacidad para sentir la poesía re­ligiosa y consigue comunicar a su obra agudas notas íntimas, que en vano se bus­carían en la poesía de Lupercio. Tradujo también con suma elegancia algunos him­nos, como el «Quam delecta tabernacula» o el «Super ilumina Babilonis».

En las can­ciones «A la Asunción», «A María Magda­lena» y «San Miguel» destaca el vuelo vivo de su fantasía, junto con la gravedad y el vigor de la expresión que se echan de menos en la poesía sagrada de su hermano mayor. Algún asunto — así, el que empieza «¿Qué estratagema hacéis, guerrero mío?» — no tiene nada que envidiar a los mejores de Lope. Entre los poemas de circunstancias hay algunos de indudable interés, como las cartas dirigidas a Fernando de Soria Gavarro y al joven estudiante de Derecho, en las que expone sus doctrinas literarias, estrechamente ligadas, como se ha visto, a la poética de Horacio. También en las ele­gías — especialmente en la dedicada a la muerte de don Fernando de Castro, herma­no del conde de Lemas — se encuentran fragmentos de auténtica belleza. Hay que recordar asimismo la finura y delicadeza de algunos sonetos, como los dedicados a la duquesa de Villahermosa, a don Carlos de Borja o al conde de Lemos, gran amigo y protector de ambos hermanos. Lo mismo que su hermano, que tradujo elegantemente seis odas de Horacio, Bartolomé Leonardo experimentó la fascinación, de la poesía del Venusino, pero más de las Sátiras que de las Odas. La traducción que nos da el menor de los Argensola de la sátira «Ibam forte via», aunque atenúe la concisión horaciana, no le quita casi nada de su origi­nal gracia y viveza. También las demás traducciones de las odas son perfectas, así como las versiones de cuatro epigramas de Marcial y de la primera oda de Píndaro.

La poesía de los Argensola no puede considerarse en función antigongorina, pues desde el principio los hermanos siguieron fielmen­te una tendencia clasicista académica que los llevó a despreciar la poesía tradicional — romances y letrillas — ya encaminarse a una poesía de contenido moralista. Sus sá­tiras tienen mucho de sermón, y en éste la razón domina siempre sobre el sentimiento, como por lo demás en casi toda la obra. Ambos fueron maestros en el arte de en­cerrar una idea en los versos, en el arte de escribir con elegancia impecable en una época que se dirigía rápidamente a las contorsiones barrocas. En sus poemas son raros los neologismos, la sintaxis no sufre violencias y nunca se entregan al juego de palabras. Del mismo modo, no abusan de comparaciones, y la escasez de similitudes y metáforas constituye una de las caracte­rísticas notables de su estilo. La adjetiva­ción tiene una función lógica, y, sobre todo, Lupercio es extremadamente sobrio en el uso de adjetivos de tipo sensual, más utilizados por su hermano. Mientras Gón­gora seduce por su belleza deslumbrante y sensual, y Lope por su pasión, los Argen­sola agradan por su suprema elegancia, por su arte de forjar versos, buscando siempre — la expresión más correcta y eficaz, y por su clasicismo.

J. M. Blecua

Todos los sonetos de Bartolomé Leonardo están llenos de profundidad y enseñanza. Filosofaba en el verso este grave y pro­fundo ingenio. Tiene muchos muy acerta­dos; pero en las epístolas estuvo su mayor eminencia, como en los tercetos. (Gracián)

Las Rimas del secretario Lupercio Leo­nardo de Argensola y del doctor Bartolomé su hermano… tienen tanta aprobación en la noticia de sus nombres y en la fama de sus escritos que más piden alabanza que censura. Fue discreto acuerdo imprimirlos juntos porque pudiesen competir, aunque hermanos, pues no hallarán quien se opusiera a tanta erudición, gravedad y dulzura; antes parece que vinieron de Ara­gón a reformar en nuestros poetas la len­gua castellana, que padece por novedad frasis horribles, con que más se confunde que se ilustra.(Lope de Vega)