Las poesías de Domenico di Giovanni llamado Burchiello (1404-1449), compiladas con otras muchas apócrifas en Sonetti del Burchiello, del Bellinciani, e d’altri poeti fiorentini alia burchiellesca (Londres, pero en realidad Lucca, 1757), no son únicamente un objeto de curiosidad erudita ni una agradable lectura para quien sea aficionado a las bromas, sino que ofrecen interés más vasto, ya como documento de un gusto literario que no se extinguió con la época del autor; ya por lo que hay en ellas de verdaderamente poético.
Una vena de auténtica poesía existía, en efecto, en aquel barbero florentino que conoció sinsabores, vicios y miserias, y cuya tienda fue un círculo de literatos, semiliteratos, despreocupados y una forja de burlas y críticas mordaces. No siempre bromeaba, sino que además sabía amar y acariciar sus imágenes, aquel hombre que bosquejaba la escena de la «questione» entre la poesía y la navaja de afeitar, las cuales se disputan el favor del barbero poeta, alabándose la segunda, no sin elegancia de elocución, de procurarle el sustento, o narraba la pequeña fábula de la hormiga que descubre una calavera de caballo muy lisa y pulida y la tiene por «un palacio real con bellas paredes», y la recorre admirada; pero después se ve obligada a abandonar aquella mansión porque no halla en ella nada que comer; o describía, imitando su habla dialectal, un grupo de campesinos reunidos para comer habas y sorprendidos por la presencia del forastero; o habla de sí mismo, de las reprimendas que se gaña por parte de sus familiares cuando quiere velar junto a la lumbre componiendo versos; del estado lastimoso a que lo ha reducido la enfermedad; de las maledicencias aienas y de la máscara de indiferencia que él les opone, y no cesando a pesar de aquellas habladurías de «fabricar», mientras sigue su camino, «sonetti per gli amici».
Burchiello posee el vivo sentido del pormenor pintoresco y singular y el arte de embellecerlo y encerrarlo en versos cincelados; y estas dotes suyas se encuentran también en muchos de aquellos ciento y pico de sonetos que constituyen su «manera oscura», manera, si no inventada por él, por él cultivada con particular cuidado y predilección y después de él designada con su nombre. Se ha supuesto que aquellos versos a los cuales es difícil, o mejor dicho, imposible, hallar un significado, fueron escritos en jerigonza para velar alusiones a hechos y hombres de la vida pública y privada; por el contrario, parece ser cierto que, si en ellos hay alusiones y frases en jerga, en su conjunto no se proponen tener un sentido determinado. Burchiello, enamorado de las rimas, de los ritmos y de las palabras que le suenan en los oídos y se mezclan y recomponen en nuevos modos, renuncia a buscar un contenido ficticio que ofrezca un sostén o un pretexto a su complacencia en imágenes y sonidos, y ofrece a sus lectores sonidos e imágenes, solemnes nombres históricos, mitológicos, científicos y sabrosos vocablos plebeyos, bellas rimas y bellos ritmos sin preocuparse por su significado, pero no sin sonreír ante lo que parece trabajo y es juego. «Il freddo Scorpio con la tosca coda / Sotto il notturno Solé umido e infermo / Rompe a Natura ogni fatato schermo / Cerchiando d’influenza ogni sua proda…» [«El frío escorpión con la ruda cola / Bajo el nocturno sol húmedo y enfermo / Rompe toda defensa por la naturaleza / Rodeando con su influencia su contorno»]: así comienza uno de estos sonetos, y el lector puede gustar esta refundición burchiellesca de los temas tradicionales dantescos y trecentistas, tan solemnemente entonada, como si el autor anunciase alguna importante verdad.
Por este camino se puede llegar a la parodia; pero, más que parodia, la suya es una actitud desenvuelta y despreocupada frente a la literatura docta, la de los grandes trecentistas y la que repetía los temas de éstos, fatigosamente, acumulando una falsa erudición. Su mero jugueteo puede, sin embargo, elevarse hasta la poesía y, entremezclado con la fantasmagoría de objetos y nombres inconexos, hacer saltar alguna imagen grotesca, pero graciosa, como ésta con que el poeta contempla el velo de humedad que se extiende por un recipiente de agua fría: «Ma che rigoglio é quel d’una guastada, / Ch’avendo pieno il corpo d’acqua fresca / Vuole una sopravesta di rugiada?» [«¿Qué orgullo aquel de una garrafa / que teniendo el cuerpo lleno de agua / Quiere un poco de rocío?»]. «Burchius est nihil et cantu tamen allicit omnes» [«Burchiello es nada y sin embargo a todos deleita»], decía un cuatrocentista, y pronto el genial barbero tuvo, en Toscana y fuera de ella, imitadores, y se fue formando una tradición burchiellesca, a la que no desdeñó ofrecer homenaje el propio Miguel Ángel.
Todavía Carlo Gozzi, a mediados del siglo XVIII, desahogaba su malhumor y su aversión por Goldoni en el almanaque burchiellesco El barco de los influjos (v.). Pero el verdadero seguidor de Burchiello es el autor del Morgante (v.), Luigi Pulci, cuyo poema se puede comprender mejor si se atiende al gusto burchiellesco, elemento no despreciable de la educación artística del autor: baste pensar en las singulares citas dantescas y escritúrales diseminadas en su poema, el derroche de nombres propios, mitológicos e históricos, en las intencionadas deformaciones de palabras y en el franco juego verbal que contiene su obra. En el Morgante la tradición burchiellesca se renovaba por obra de un poeta genial y se convertía en materia de nueva poesía. M. Fubini
Desquiciado y sin remos. (L. B. Alberti)
Afín a la poesía popular es la burlesca, que en aquel tiempo se contiene sobre todo en Burchiello y en los burchiellescos, cuyas rimas, aunque sean por lo común meros scherzos, tal vez inteligibles para sus contemporáneos conciudadanos y convecinos, y para nosotros ininteligibles o casi ininteligibles, adquieren a veces forma de cómicas pinturas. (B. Croce)
Podríamos tenerlo por un «surrealista» que se complace en analogías lejanísimas y puesto que aquel placer, si fuese manifestado en serio, parecería locura, no sé qué pudor le sugiere un revestimiento de comicidad. (F. Flora)

